Capítulo 14 #2
Francesca siente un nudo de felicidad en la garganta, pero lo disimula rápido soltando una sonrisa cómplice y agradecida.
—Entonces, estoy a salvo contigo.
*
Dos horas más tarde, el hotel entero es un auténtico espectáculo para los sentidos.
Todo el complejo huele a gloria. Las mesas recorren buena parte de los jardines principales, decoradas de forma rústica y engalanadas con centros de buganvillas y flores silvestres que han cogido sobre la marcha.
Las guirnaldas de bombillas amarillas cuelgan entrelazadas entre las ramas de los árboles, creando una atmósfera cálida y acogedora.
Si alguien entrara ahora mismo al hotel, jamás en la vida diría que toda esta maravillosa locura nació de una avería de última hora.
Chiara se acerca a Francesca entre la multitud esquivando a un camarero, trayendo dos copas de vino blanco bien fresco.
—Toma, jefa, te lo has ganado —le dice, tendiéndole una copa con una sonrisa de oreja a oreja—. Sinceramente, creo que esta ha sido la mejor y más rentable crisis de toda la historia del Il Fiore d'Amalfi. ¡Los huéspedes están encantados!
Francesca acepta la copa y le da un buen sorbo al vino, sintiendo el frescor en la garganta.
—Te prohíbo terminantemente que vuelvas a decir eso en voz alta. El técnico de mantenimiento lleva horas trabajando y no quiero que se pase de listo —le advierte bromeando.
Chiara se ríe con ganas, dándole un leve empujón en el brazo.
—Prometido. Pero hablando en serio, Francesca… Ha sido… joder, ha sido verdaderamente inspirador verte mandar así. Como si de repente fueras esa mujer que conocí.
A unos cuantos metros de donde están ellas, Francesca ve a Verónica conversando animadamente con un grupo de huéspedes.
Habla con ellos gesticulando con las manos, muy suelta, como si llevara veraneando en el hotel toda la vida.
Sintiéndose observada, gira la cabeza y sus miradas vuelven a cruzarse de golpe a través del jardín iluminado.
Francesca siente otra vez ese cosquilleo adictivo, caliente y tan sumamente nuevo recorriéndole cada centímetro del cuerpo.
Verónica levanta la copa que lleva entre manos en su dirección, marcándose un brindis silencioso y cargado de dobles intenciones.
Ella hace exactamente lo mismo con la suya, sonriendo de lado, sabiendo que en ese simple gesto hay una promesa muy ardiente que solo ellas dos entienden.
La noche avanza despacio, envuelta en magia.
El murmullo alegre de las conversaciones de los comensales se mezcla con el canto rítmico de los grillos y el rumor eterno del mar rompiendo contra las rocas al fondo del acantilado.
Está de pie junto a una de las mesas vacías recogiendo unas servilletas caídas cuando nota unos dedos cálidos rozando los suyos con una calma deliberada.
Francesca levanta la vista de golpe, con el corazón dándole un vuelco y Verónica la mira con los ojos brillando como dos ascuas.
—Ven conmigo un segundo —le susurra al oído, rozándole la oreja con los labios y provocándole una descarga eléctrica en la piel.
—¿Ahora mismo? —pregunta Francesca intentando hacerse la dura, aunque las dos saben perfectamente que es incapaz de resistirse a ella.
—Sí, ahora mismo —insiste Verónica con una sonrisa letal, pícara y descarada—. Solo van a ser unos minutos. No se va a hundir el imperio por eso.
Francesca mira rápidamente a su alrededor.
El equipo está disfrutando de la fiesta tanto o más que los propios clientes.
Por primera vez en muchísimos años, siente que puede permitirse el lujo de alejarse cinco minutos de su puesto de trabajo sin que el mundo real se derrumbe pedazo a pedazo.
Así que deja las servilletas en la mesa y la sigue.
Atraviesan los senderos de piedra más apartados e iluminados apenas por las luces tenues hasta llegar al pequeño limonar escondido que hay justo detrás del jardín principal.
Aquí, el ruido de la fiesta apenas llega como un eco lejano.
En este rincón solo existen ellas, el aroma intenso, cítrico y embriagador de los limones y el sonido salvaje del mar de Amalfi golpeando allá abajo.
Francesca se vuelve hacia ella, apoyando la espalda contra el tronco de uno de los árboles, con el corazón latiéndole desbocado contra las costillas.
—¿Se puede saber qué pasa? —pregunta cruzándose de brazos.
Verónica sonríe de esa forma tan devastadora. Da un paso hacia ella. Después otro. Hasta quedar tan sumamente cerca que puede distinguir a la perfección el brillo dorado de sus ojos y oler su perfume.
—Ocurre que llevo tres horas enteras intentando concentrarme en las conversaciones de tus huéspedes y en cualquier otra cosa que no seas tú —confiesa Verónica.
—¿Ah, sí? ¿Y no lo has conseguido? —susurra Francesca, quedándose casi sin aliento al sentirla tan cerca.
—Ni lo más mínimo —responde Verónica. Alza una mano y le acaricia la mejilla, bajando por la mandíbula hasta sostener su mentón—.
Llevo horas muriéndome de ganas de hacer esto…
porque desde que te llené de besos en esa lancha, no he podido pensar en otra puñetera cosa que no sea tu sabor, la forma en que te entregaste a mí y cómo gemiste.
Y sí, necesito volver a besarte ya, o voy a cometer una locura delante de todo el hotel.
A Francesca se le acelera la respiración.
No encuentra ninguna réplica ingeniosa, ninguna broma con la que frenarla.
Porque no quiere frenarla. Así que rompe la última distancia que las separa y se pega a ella.
Sus labios vuelven a encontrarse con una intensidad hambrienta, como si sus cuerpos supieran ya perfectamente a qué lugar del mundo pertenecen.
El beso empieza lento, saboreándose, lleno de sonrisas contra los labios y de ese vértigo que solo aparece cuando dos mujeres deciden mandar al demonio los miedos y dejar de esconder la atracción que hay entre ellas.
Las manos de Verónica se deslizando por el cuerpo de Francesca, apretándola con firmeza contra sus caderas, mientras ella enreda desesperadamente los dedos en su pelo, profundizando el beso.
Cuando se separan apenas unos milímetros para tomar aire, Francesca apoya su frente contra la de ella, compartiendo el aliento cálido en mitad de la oscuridad.
—Como alguien nos vea aquí, van a empezar a sospechar cosas muy rápido, Verónica… —murmura Francesca en voz baja, aunque en el fondo le importa bastante poco lo que piensen.
Ella suelta una risita traviesa, dándole un mordisquito rápido en el labio inferior que la hace estremecer.
—Pues entonces, tendremos que desaparecer —propone la mujer con un brillo salvaje en los ojos—. ¿Qué te parece si nos escapamos a tu despacho o a mi habitación, bien lejos de las miradas? Solo tú y yo.
Francesca no le dice nada, simplemente entrelaza sus dedos y la arrastra consigo.
Protegidas por las sombras cómplices de los limoneros y el rumor lejano de las voces, abandonan el jardín dejando atrás el hotel que, por una noche, parece estar celebrando mucho más que una simple barbacoa improvisada.