El sol bajo tu piel Capítulo 14
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Capítulo 14

Cuando la lancha atraca de nuevo junto al embarcadero de madera del hotel, Francesca Moretti tiene la extraña y abrumadora sensación de que la mujer que pone el pie en el muelle no es, ni de lejos, la misma que salió de allí unas horas antes.

El sol empieza a descender lentamente sobre el horizonte, tiñendo los imponentes acantilados de un color dorado y rojizo que convierte todo el paisaje en una pintura viva, vibrante y salvaje.

Camina por el sendero junto a Verónica, intentando mantener una distancia prudencial y sin atreverse a mirarla demasiado.

Si lo hace, sabe perfectamente lo que va a pasar: volverá a sentir el calor abrasador de sus labios, el sabor a sal de su piel y la forma tan magistral en que consiguió derribar, con una paciencia infinita y mucha picardía, los muros de hormigón que ella llevaba años levantando alrededor de su corazón.

Ninguna de las dos dice nada mientras suben, y el silencio que las rodea se llena de cosas.

De sonrisas tontas que se les escapan de los labios.

De pequeños roces de manos que duran apenas un segundo.

De miradas de reojo que terminan encontrándose a mitad de camino para apartarse enseguida, como dos adolescentes torpes descubriendo el amor por primera vez en el patio del instituto.

«A estas alturas. Menuda estás hecha.»

Francesca recuerda en ese mismo instante, lo que sintió por Pamela cuando la vio por primera vez, y de repente, nota un peso doloroso en su pecho, como si el corazón quisiera decirle cuánto se equivocó al elegir a Matteo.

—¿Se puede saber en qué piensa ahora mismo la dueña de este paraíso? —pregunta Verónica y rompe de golpe sus pensamientos.

Francesca sonríe sin mirarla, clavando la vista en el camino empedrado que asciende serpenteando hacia el edificio principal del hotel.

—¿Qué en que pienso? En que eres un peligro. Un auténtico peligro.

Verónica se echa a reír, soltando ese sonido ronco, cálido y tan sumamente sexy que provoca en Francesca un escalofrío que le recorre toda la espalda.

—Oye, eso no responde a mi pregunta.

—Es mejor que no te dé detalles —responde la dueña del hotel, dándole un sutil empujón con el hombro mientras nota cómo un rubor caliente le tiñe las mejillas.

Verónica abre la boca, dispuesta a soltarle una de sus réplicas rápidas y descaradas, cuando una figura vestida de blanco aparece corriendo como alma que lleva el diablo desde la zona de recepción.

—¡Signora Francesca! ¡Signora Francesca, menos mal que llega!

Es Luca, el jefe de cocina. Lleva la chaquetilla blanca desabrochada, la frente empapada de sudor y la respiración tan agitada que parece que acaba de atravesar todo el complejo a la velocidad de un Fórmula 1.

—Luca, por Dios, frena. ¿Qué ha pasado? —inquiere Francesca, deteniéndose en seco en mitad del camino y cruzándose de brazos.

—La cámara frigorífica principal… se ha roto hace unos minutos —explica el pobre hombre, llevándose las manos a la cabeza con desesperación—.

El motor ha hecho un ruido espantoso y no conseguimos que vuelva a arrancar de ninguna manera.

¡Tenemos toda la carne, el pescado fresco y las verduras para el servicio del fin de semana ahí dentro!

Si no hacemos algo ahora mismo, se va a echar a perder todo el género. ¡Es una catástrofe!

Aunque parezca algo simple de arreglar, a Francesca le entra el pánico por las venas y echa a correr sendero arriba hacia la cocina central, olvidándose de todo lo que ha vivido lejos de aquí.

Verónica reacciona al milisegundo y se mueve a su lado, emparejando su zancada con la suya sin soltar una sola palabra.

Atraviesan el vestíbulo de recepción y al cruzar las puertas batientes de la cocina, le golpea de frente una mezcla caótica de aire cálido, voces nerviosas que se pisan unas a otras y puertas metálicas abiertas de par en par.

Los cocineros trasladan cajas de plástico de un lado a otro en un intento desesperado por salvar lo que se pueda, poniéndolo en hielo y en alguno de los frigoríficos para bebidas.

Francesca nota cómo el pánico amenaza con instalarse en su estómago y bloquearla.

En otra época, habría dejado que el miedo le ganara la partida.

Se habría quedado paralizada, pero hoy… Joder, hoy algo ha cambiado en lo más profundo de su ser.

Hoy ha recordado quién es y por qué merece la pena luchar cada día por ese lugar.

Aún lleva el pelo empapado y mojado, el bañador y las sandalias de playa, pero nada de eso importa ya. Respira hondo, se sube a un taburete bajo y alza la voz hacia todo el personal que está moviéndose en cocinas.

—¡Escuchadme un segundo! ¡Silencio!

Las conversaciones y los gritos cesan de golpe, como por arte de magia. Más de diez personas entre el equipo de cocina y sala se giran hacia ella.

—Quiero que separéis inmediatamente todo el género que pueda conservarse en los frigoríficos de las bebidas y las cámaras de pastelería.

Lo demás… —Hace una pausa, clavando la vista en las enormes bandejas de acero perfectamente preparadas por los chicos: los kilos de carne, el pescado que brilla bajo los focos y las verduras de la huerta que les han traído esta misma mañana—. No lo vamos a tirar, no…

Entonces, como un chispazo divino, aparece una idea en su cabeza. Una idea loca, completamente descabellada, arriesgada y absolutamente maravillosa. Una sonrisa enorme y gamberra empieza a abrirse paso en su rostro.

Luca la observa desde abajo, completamente desconcertado.

—¿Signora? ¿Qué tiene pensado hacer?

—Luca, amigo mío... ¿cuántas barbacoas tenemos guardadas en el almacén? —pregunta Francesca con una energía desbordante.

El chef parpadea un par de veces, descolocado por la pregunta.

—Tres… tres de las industriales.

—Genial… ¿y las parrillas auxiliares que usábamos en los eventos privados…?

—Diría que dos, creo… —responde él.

Francesca asiente con una decisión que deja al personal en completo silencio.

—Perfecto. Escuchadme bien: esta noche se cancela el menú que teníamos preparado para el restaurante. No habrá servicio formal en el comedor. A cambio… ¡vamos a montar una fiesta por todo lo alto!

Los cocineros y los camareros se miran entre sí, murmurando con una mezcla de incredulidad y alivio.

—¿Cómo dice? —pregunta Giulia, la ayudante de sala.

—Lo que oís. Vamos a preparar una barbacoa monumental para todos los huéspedes del hotel.

En los jardines principales, bajo los árboles.

Todo lo que está en esa cámara frigorífica se tiene que cocinar y disfrutar hoy.

Así que, señores, ¡lo vamos a convertir en la mejor, más salvaje y más divertida cena de todo el verano!

El silencio en la cocina dura apenas dos segundos exactos, el tiempo que tardan en procesar la locura que acaba de proponerles su jefa. Después, las sonrisas empiezan a contagiarse como la pólvora. Luca es el primero en soltar una carcajada y entender la jugada.

—¡Venga, todo el mundo a moverse! —exclama el chef, dando una palmada enérgica en el aire que resuena en todo el recinto—. ¡A sacar las parrillas al jardín! ¡Encended el carbón! ¡Preparad los cuchillos, que nos vamos a marcar el festín improvisado más glorioso de la historia de Amalfi!

De repente, la cocina deja de parecer un velatorio deprimente. Ahora es un hormiguero desatado de vida, risas y entusiasmo. Cada persona sabe exactamente qué posición ocupar. Y ella, por supuesto, también.

—Giulia, corre a recepción. Habla con las chicas e informad habitación por habitación con el mayor entusiasmo que tengáis.

Decidles a los huéspedes que el Il Fiore d'Amalfi les invita a una velada especial al aire libre, una sorpresa exclusiva del hotel —le indica Francesca, dándole una palmadita motivadora en la espalda—.

Enzo, te quiero buscando todas las guirnaldas de luces que tengamos en el almacén y montando la iluminación en el jardín antes de una hora.

Tiene que quedar mágico, de cuento de hadas.

Marco, tú y los tuyos a montar las mesas largas bajo los limoneros.

Que nadie cene dentro esta noche, ¿estamos?

Mientras reparte las indicaciones, Francesca nota una mirada clavada en su nuca.

Verónica sigue apoyada contra el marco de la puerta de salida.

No ha intervenido en ningún momento, no ha dado una sola orden ni ha intentado imponer su criterio.

Simplemente la observa y le sonríe, como si ahora mismo estuviera de lo más orgullosa de ella.

Cuando Francesca termina de organizar todo y la gente se dispersa, Verónica se acerca a ella.

—Bueno, bueno, bueno… Menudo genio y figura tiene la directora de este hotel —le dice en un tono entre dulce y divertido, deteniéndose a un palmo de ella—. ¿Necesitas que esta humilde servidora te eche una mano?

Francesca niega con la cabeza, aunque el corazón le late a mil por hora, y no precisamente por lo que ha pasado en la cocina.

—No, gracias. Solo necesito que sigas haciendo exactamente lo mismo que estabas haciendo.

Verónica frunce el ceño, intrigada y arqueando una ceja con coquetería.

—¿El qué? Si no he movido un dedo.

—Mirarme de esa manera. Mirarme como si confiaras en mí por encima de todas las cosas —responde Francesca.

La expresión de Verónica se suaviza al instante. Sus ojos brillan con una ternura infinita y da un paso más, rompiendo la distancia.

—Es que confío en ti, Francesca. Muchísimo.

Mucho más de lo que tú misma imaginas, por mucho que no empezáramos con buen pie —le asegura Verónica, con seriedad absoluta.

Después, echa un vistazo a su alrededor y sonríe—.

Desde el primer maldito segundo en que te vi, supe que eras una mujer capaz de cualquier cosa.

—¿Aunque eso sea un dolor de cabeza para tus jefes?

Verónica vuelve a sonreír y afirma con la cabeza.

—¿Y aunque dentro de unas horas esté llorando porque no sé de dónde voy a sacar el dinero para arreglar este desastre?

Entonces, Verónica se echa a reír.

—Sí, claro que sí.