El sol bajo tu piel Capítulo 13 #2
50%

Capítulo 13 #2

Una oleada de emoción salvaje le atraviesa el cuerpo con una fuerza arrolladora.

Porque tiene toda la santa razón. Y porque nadie, absolutamente nadie en su vida, había sido capaz de calarla y ver a la Francesca real de esa manera.

Sin pensarlo dos veces, Francesca acorta la escasa distancia que las separa en el mar.

Sus rostros quedan a tan solo unos milímetros.

Puede sentir su respiración acelerada mezclándose con la suya.

Durante un largo e intenso instante, ninguna de las dos se mueve, saboreando la anticipación.

—Es que contigo me siento libre, Verónica —confiesa, mirándole fijamente los labios—. Contigo es como si por fin pudiera respirar después de ahogarme durante años.

—Si me pides que me aparte ahora mismo, lo hago...

—No te atrevas —le ordena Francesca, antes de que termine la frase.

Verónica sonríe muy despacio, con una mezcla de triunfo y deseo puro. Y entonces, por fin, sus labios encuentran los suyos.

El beso se va profundizando poco a poco, ganando intensidad en mitad del agua.

Sus labios son increíblemente suaves, cálidos, y saben a una mezcla adictiva de sal marina y sol de verano.

Las manos de Francesca, cobrando vida propia, se posan en sus hombros mojados, hundiéndose en su piel y atrayéndola más hacia ella mientras flotan en la cala.

Verónica responde rodeando su cintura con un brazo firme, pegándola por completo contra su cuerpo caliente.

La lancha flota a pocos metros de ellas, mecida con suavidad por las olas de su propio paraíso privado.

—Volvamos a la lancha —murmura Verónica contra sus labios, mordisqueando su labio inferior con una picardía que la hace gemir—. Quiero tenerte como es debido y aquí nos vamos a ahogar del gusto —bromea.

Francesca asiente con la cabeza, siendo incapaz de articular una sola palabra coherente.

Nadan de regreso a la embarcación a toda velocidad y suben la escalerilla entre risas nerviosas, sofocadas y besos robados que se dan antes de estar arriba.

Una vez a bordo, con el agua chorreando por sus cuerpos, Verónica la ayuda a sentarse en el amplio asiento de la popa.

El sol de la tarde las envuelve como una manta dorada y el agua transparente de la cala refleja destellos de luz brillantes en su piel húmeda.

—Déjame mirarte bien —pide Verónica con una voz ronca y sexy que le pone la piel de gallina, mientras desliza con lentitud exasperante los dedos por los tirantes de su correcto bañador azul. En sus ojos hay un fuego devorador—. Eres tan hermosa que me duele mirarte, joder.

Francesca se sonroja al instante, pero esta vez no hace el más mínimo ademán de cubrirse ni de esconderse.

Al revés. Por primera vez en muchísimo tiempo, se permite el lujo de sentirse una mujer intensamente deseada, viva y sexy.

Verónica se arrodilla en la cubierta de madera frente a ella, tomándose su tiempo.

Empieza a besar su cuello con una lentitud de infarto, bajando por su clavícula mientras sus manos expertas exploran sus curvas.

Suelta un gemido suave que se le escapa de los labios cuando su boca cálida rodea uno de sus pezones por encima de la tela húmeda del bañador, pellizcándolo con delicadeza.

El contraste del aire tibio y su boca caliente la hace temblar.

—Verónica... por Dios... —susurra Francesca, enredando desesperadamente los dedos en su pelo.

—Dime qué quieres, Francesca —responde ella, levantando la mirada un segundo para clavarla en la suya, con las pupilas completamente dilatadas por la pasión—. Quiero oírte decírtelo. Quiero saber exactamente qué te hago sentir.

—Quiero sentir tus manos y tu boca en todo mi cuerpo —confiesa Francesca, temblando por el deseo—. Quítame esto y no pares, por lo que más quieras.

Verónica le dedica una sonrisa cargada de picardía y, con una deliberada lentitud, empieza a bajar los tirantes de su bañador, desnudándola el torso y besando cada centímetro de piel que va quedando al descubierto.

Sus dedos le recorren los muslos húmedos, separándolos con una suavidad firme mientras se acomoda de rodillas en el hueco que queda entre sus piernas.

El balanceo suave e intermitente de la lancha añade un ritmo hipnótico, casi erótico, a todos sus movimientos.

Cuando su boca desciende finalmente y llega a su centro, Francesca jadea con fuerza y arquea la espalda hacia atrás, agarrándose a los cojines.

Su lengua es experta, paciente, una delicia que explora cada uno de sus pliegues con una dedicación absoluta que la hace perder el sentido.

—No pares, Verónica... por favor, te lo suplico —le ruega Francesca, moviendo las caderas de forma instintiva, buscando más de su boca.

Verónica introduce entonces un dedo con cuidado en su interior, luego otro, haciéndole ver las estrellas y perder el control de su propio cuerpo.

Sus gemidos se mezclan sin pudor con el rumor del agua y el canto distante de las gaviotas.

El placer crece dentro de Francesca en oleadas gigantescas, intenso, abrumador y, sobre todo, liberador.

Llega al clímax soltando un grito ahogado que retumba en la cala, temblando de arriba abajo entre sus brazos mientras las olas pequeñas golpean el casco.

Es un orgasmo de los que hacen época. Verónica sube de inmediato por su cuerpo para besarla en la boca con pasión, compartiendo y saboreando su propio jugo con los labios.

Las manos de Francesca, ahora ansiosas y muertas de ganas, recorren su espalda esculpida, buscando los nudos del bikini.

Quiere verla perder la cabeza de la misma manera.

Francesca explora su piel con besos hambrientos y caricias firmes, descubriendo cada una de sus curvas y anotando mentalmente cada punto sensible que la hace temblar.

Sus pechos redondos y firmes responden al instante al contacto de su boca y de sus dientes, y sus gemidos bajos, roncos la envalentonan.

Se desliza entre sus piernas sin timidez alguna, imitando a la perfección lo que Verónica acaba de hacer con ella, saboreándola con una devoción casi religiosa.

Verónica se aferra con fuerza a su pelo mojado, arqueando la pelvis y moviendo sus caderas de forma salvaje al ritmo que le impone su lengua.

—Francesca, sí… ¡joder! —jadea, echando la cabeza hacia atrás—. Eres increíble… No tienes ni idea de cuánto te deseo.

Francesca la lleva al borde del abismo una y otra vez, saboreando sus espasmos y prolongando su placer de forma juguetona hasta que, finalmente, Verónica se deshace por completo en un orgasmo, diciendo su nombre a gritos entre suspiros y temblores.

Se abrazan con fuerza justo después, completamente desnudas sobre los cojines de la lancha, sintiendo el calor de la otra mientras el sol de Amalfi comienza a descender lentamente en el horizonte.

—Nunca en toda mi vida había sentido algo tan fuerte y tan real por alguien —confiesa Francesca, trazando círculos perezosos con el dedo en su vientre.

—Ni yo tampoco —responde ella, dándole un tierno beso en la frente y estrechándola más contra su pecho—. Contigo todo es muchísimo más intenso. Y te advierto que quiero más momentos como este. Quiero explorarte entera, todos los días. Y no hablo solo de tu cuerpo...

Hablan durante un largo rato, tumbadas al sol, entre besos perezosos, caricias suaves y confidencias.

Pero el deseo renace pronto entre las dos, ardiente y caprichoso.

Esta vez hacen el amor con una pasión hambrienta, moviéndose al unísono con el vaivén salvaje del mar.

Sus cuerpos se funden en un baile perfecto de pasión, risas pícaras y ternura desatada, culminando juntas en un placer que las deja exhaustas, sudorosas y rematadamente felices.

Cuando el sol termina de teñir el cielo de la Costa Amalfitana de unos tonos anaranjados y rojizos espectaculares, se quedan abrazadas en silencio, escuchando el latido acelerado de sus corazones compenetrados.

Francesca se acurruca en su cuello y con la vista puesta en los colores del atardecer, descubre que quizá la mujer que ella creía haber perdido para siempre solo estaba esperando pacientemente a que alguien la despertara.

Aunque esa persona sea la que está dispuesta a llevarse lo único que le queda suyo en este mundo.