El sol bajo tu piel Capítulo 13
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Capítulo 13

El motor de la lancha se apaga de golpe y, de pronto, el mundo entero se queda en silencio.

Solo se escucha el rumor juguetón del agua acariciando el casco de madera del barco y el canto lejano de unas cuantas gaviotas que sobrevuelan los imponentes acantilados.

Frente a ellas, como un regalo de los dioses, se abre una serie de grutas en la piedra; un lugar de piedra blanca en contraste con el azul imposible, casi mágico y transparente del mar.

Desde donde se encuentra, Francesca puede ver las piedras redondeadas del fondo marino a varios metros de profundidad. Es un auténtico espectáculo.

—Dios mío… —murmura Verónica, quitándose las gafas de sol, sin poder apartar la vista de semejante paraíso.

—No sé por qué, pero sabía que te quedarías con la boca abierta en cuanto la vieras —le dice Francesca, dándole un codazo amistoso.

Verónica la mira de reojo y Francesca le dedica una nueva sonrisa. Hace años que no pasaba por aquí, y cuando dice años, son AÑOS. La última vez no era más que una jovencita descubriendo el mundo con su abuelo.

—Lo que vi en ese blog de viajes, no tiene comparación con esto. Es… brutal.

—No hay nada como ver las cosas con los propios ojos —comenta Francesca, apoyando las manos en el casco de la lancha—. Yo no recordaba este lugar tan inmenso, si te soy sincera. Quizá porque cuando vine la última vez, medía la mitad de lo que ahora soy.

—Dora la exploradora —responde Verónica, y Francesca no puede evitar soltar una risa—. Aunque seguramente tú no eras tan cargante.

Francesca sacude la cabeza, divertida y notablemente más relajada, mientras observa todo lo que las rodea y disfruta de como se mece la lancha sobre las aguas cristalinas.

El sol de la tarde lo baña todo con una luz dorada, cálida y envolvente, y una brisa tibia le alborota los mechones del pelo y mueve el bajo de su vestido.

Durante unos segundos permanece inmóvil, contemplando ese rincón escondido del mundo.

Uno de esos lugares mágicos que existen únicamente para quienes deciden mandarlo todo a la porra y perderse de verdad.

—¿En qué piensas? —pregunta Verónica, rompiendo el silencio mientras se acerca un poco más a ella, invadiendo el estrecho espacio de la embarcación con su magnetismo habitual.

—En mi abuelo —confiesa Francesca mirándola a los ojos—. A él le encantaba el mar. Tanto o más que los limones —añade soltando una risotada grave—. Este era uno de sus rincones favoritos, también el mío.

—Bueno, a partir de hoy… también será nuestro.

Verónica le regala una de esas miradas intensas antes de tomar la iniciativa, quitarse la ropa y dejarle ver su increíble cuerpo bajo un bikini de lo más atractivo.

Francesca tiene que hacer un sobreesfuerzo para no fijarse en cómo se le ciñe al culo, y como le abomba el pecho.

Qué envidia le da, por Dios. Ella tarda un poco más en quitarse el vestido; lleva un bañador azul marino elegante, discreto y clásico…

Demasiado aburrido, sí. Francesca se cruza de brazos casi sin darse cuenta, intentando taparse.

Siente un pellizco de inseguridad tremendo.

Hace años que no se mira con un mínimo de cariño ante el espejo.

Hace años que dejó de sentirse una mujer bonita o deseable.

Matteo nunca fue cruel con ella, pero bastaba con que ni siquiera hiciese un comentario cuando se arreglaba.

Con el tiempo, terminó convenciéndose a sí misma de que su cuerpo simplemente había cambiado con la edad y había dejado de ser digno de deseo para cualquiera.

—Francesca... —la llama de pronto Verónica con una voz que suena como una caricia.

La mujer levanta la cabeza de golpe y jura que el aire se detiene por completo. La mira con tanta intensidad que la obliga a bajar la vista, completamente azorada, sintiendo cómo las mejillas le arden.

—Estás increíble…  —dice con una convicción que la atraviesa.

Su corazón tropieza con fuerza dentro del pecho, dando un vuelco salvaje.

—Por favor, Verónica, no hace falta que me digas esas cosas por compromiso…

—No es compromiso, es lo que siento —la interrumpe Verónica, dando un paso al frente y obligándola a mirarla—.

Es más… Tengo la extraña impresión de que nadie te ha dicho que eres increíblemente atractiva mirándote a los ojos.

Y yo quiero decírtelo. Quiero que me dejes decírtelo todos los días hasta que te lo creas de una puñetera vez.

Francesca se queda muda, incapaz de encontrar ninguna respuesta inteligente. Solo consigue apretar con más fuerza el vestido que lleva entre las manos, como si fuera su balsa de salvamento. Verónica se acerca a ella despacio, balanceándose al ritmo del movimiento de la lancha sobre las olas.

—¿Quieres saber qué es lo que veo yo cuando te miro? —le pregunta Verónica, y su tono de voz se vuelve de repente muchísimo más íntimo, cálido y peligroso.

Francesca afirma muy lentamente con la cabeza, hipnotizada por su cercanía.

—Veo a una mujer insultantemente elegante, con una presencia y una clase que llenan cualquier espacio por el que pasa.

Veo a alguien que tiene unos ojos capaces de hacer sentir en casa a cualquiera con solo una mirada.

Y veo a una persona maravillosa que lleva demasiado tiempo mirándose a través de la mirada de otro.

Tus curvas, tus caderas, tu piel... todo en ti es hermoso, Francesca.

No permitas jamás que nadie te vuelva a hacer dudar de ti misma.

Francesca siente un nudo inesperado y enorme en la garganta.

Se le empañan los ojos y tiene que parpadear para no llorar.

No puede recordar la última vez que unas palabras le calaron tan hondo y le hicieron tanto bien.

Necesita escapar de tanta intensidad emocional antes de derrumbarse, así que se gira rápidamente hacia el agua, soltando el vestido.

—¡El mar nos está esperando! —exclama.

Corre prácticamente los dos pasos que la separan del borde de la lancha y se lanza al agua de cabeza con cuidado.

—¡Oye, cobarde! —Francesca escucha reír a Verónica a su espalda.

El agua está fresca, deliciosa, no fría. Lo suficiente como para arrancarle una carcajada limpia al emerger y sentir la libertad del mar. Verónica entra en el agua apenas unos segundos después, lanzándose con energía y salpicando una ola de agua directamente en su dirección.

—¡Eh! ¡Eso es juego sucio! —protesta Francesca limpiándose los ojos.

—Te lo mereces por huir de mí de esa manera —replica Verónica con una sonrisa de lo más pícara, nadando hacia ella con brazadas ágiles.

—Que conste que yo nunca huyo.

—¿Ah, no? ¿Y se puede saber qué ha sido ese salto olímpico de hace un momento? —pregunta Verónica con tono juguetón, acortando las distancias entre las dos en el agua.

—Me he replegado estratégicamente, que es muy diferente.

—Claro, claro. Ya veo. Como los grandes generales de la historia, ¿no?

Las dos terminan riendo a carcajadas, y el eco de sus voces rebota alegremente contra las paredes de roca de los acantilados.

En ese momento, Francesca se da cuenta de que hace años que no juega dentro del mar de esta manera tan tonta.

Hace años que no hace algo tan sumamente absurdo y divertido.

Y, precisamente por eso, resulta la cosa más maravillosa del mundo.

Se alejan nadando unos metros de la embarcación, dejando que el agua las sostenga con una suavidad casi hipnótica.

Se ponen a flotar boca arriba, una al lado de la otra, observando el cielo de Amalfi, limpio de nubes.

—Gracias por esto, Verónica —dice en un susurro, de corazón.

La mujer gira ligeramente la cabeza en el agua para mirarla de lado.

—¿Por qué?

—Por insistir tanto. Si hoy me hubiera quedado encerrada en el hotel, habría sido un día gris, exactamente igual que todos los demás. Pero tú… tú lo has cambiado todo. Y no solo hoy.

Ella sonríe y, nadando un poco, se coloca frente a ella.

—Desde que llegué aquí, ningún día es igual. Contigo todo es diferente, me pasa desde que te vi. Me haces querer descubrir más rincones escondidos como este... y querer más momentos a solas contigo.

Francesca no deja de mirarla a los ojos.

—No. Tienes razón. Ya nada será igual.

Sus cuerpos flotantes se van acercando lentamente, empujados por el suave y cómplice movimiento de la marea.

Y lo mejor de todo es que ninguna de las dos hace nada por evitarlo.

Ni por provocarlo. Simplemente dejan que ocurra.

Cuando vuelve a mirarla de frente, Verónica está ya a escasos centímetros de ella.

Puede distinguir a la perfección las pequeñas gotas de agua resbalando por su cuello, el brillo dorado del sol de la tarde sobre sus hombros y esa forma tan intensa, devoradora y magnética que tiene de observarla fijamente.

—Francesca... —pronuncia su nombre casi como si fuera una caricia prohibida.

Verónica levanta una mano fuera del agua y sus dedos rozan con una delicadeza infinita un mechón de pelo mojado que se le había quedado pegado a la mejilla. Esta vez no se aparta. No hay miedos. No quiere hacerlo por nada del mundo.

—Sigues dándole muchas vueltas a todo —susurra Verónica, acercando su rostro al suyo.

Francesca sonríe apenas, sintiendo su aliento caliente.

—Es uno de mis peores defectos.

—No, no es un defecto. Creo que es una consecuencia de…

—responde Verónica, acortando aún más la distancia—.

De haber pasado demasiado tiempo sintiendo que debías pedirle permiso al mundo entero para ser tú misma.

Pero quiero que sepas que conmigo no necesitas pedir permiso para absolutamente nada.

Conmigo quiero que seas libre, que grites, que disfrutes y que sientas todo lo que te venga en gana.