Capítulo 12
El vestíbulo principal del hotel está muchísimo más animado, ruidoso y lleno de vida que a primera hora de la mañana.
Dos familias de turistas acaban de llegar cargadas hasta arriba con maletas gigantescas, una pareja discute amistosamente con un mapa en la mano sobre qué excursión en barco hacer por la tarde y Chiara atiende el teléfono mientras entrega unas llaves con una sonrisa tan enorme que parece cosida a su cara.
A Verónica Silva siempre le ha llamado la atención la capacidad que tienen algunos hoteles pequeños para contagiar el estado de ánimo de quienes trabajan en ellos.
Aquí nadie sonríe por obligación. Verónica se apoya unos segundos en una de las imponentes columnas de piedra de la entrada mientras observa el divertido ir y venir de empleados y huéspedes.
Es curioso. Lleva apenas unos días metida aquí y ya es perfectamente capaz de reconocer los pequeños rituales diarios de cada uno.
Sin embargo, su atención se desvía a Francesca, que de un momento a otro aparece por el pasillo que comunica con las oficinas privadas.
Camina a toda velocidad, como siempre, saludando a todo el mundo por su nombre de pila y con una sonrisa en el rostro.
Aun así, tiene la sensación de que le pasa algo.
Chiara la descubre in fraganti y le dedica una sonrisa pícara. Entonces, Verónica decide acercarse a la recepción y apoyarse sin mucha discreción en el mostrador.
—Creo que la signora necesita unas vacaciones urgentes —le comenta la recepcionista en un susurro, inclinándose sobre el mostrador al verla acercarse.
—Yo diría que necesita una desconexión total.
Las dos se ríen con una complicidad maravillosa.
Francesca levanta la cabeza de sus papeles al escuchar sus risas en mitad del vestíbulo.
Cuando sus ojos se encuentran, percibe un clarísimo instante de vacilación en su rostro.
Es apenas un segundo de duda, pero más que suficiente para que a las dos se les pase por la mente el recuerdo del beso, el silencio posterior y la intensa conversación de su desayuno.
Después, recompone el tipo y recupera la serenidad.
—¿Se puede saber de qué os reís tanto? ¿Ha pasado algo que deba saber? —pregunta Francesca arqueando una ceja.
—Eso mismo intento averiguar yo.
Verónica frunce ligeramente el ceño.
—¿Perdón?
—Se te nota el cansancio, Francesca. Un día de estos te va a dar algo.
Ella baja la vista hacia la carpeta que sostiene con fuerza contra su pecho.
—Supongo que el exceso de responsabilidad es una enfermedad crónica.
—Pues te informo de que tiene tratamiento inmediato —asegura Verónica regalándole una sonrisa cargada de intenciones.
—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber cuál es el remedio según tú?
—Es algo muy sencillo. Se llama dejar de trabajar y tomarse un descanso.
Chiara carraspea discretamente a su lado, bajando la cabeza para esconder una sonrisa.
Francesca le dedica una mirada de fingida resignación, cruzándose de brazos.
—¿Siempre eres así de pesada?
—A ver, ¿qué planes tienes para esta tarde? —le lanza la mujer a bocajarro.
Francesca le responde de inmediato y sin pararse a pensar un segundo.
—Trabajar.
—Respuesta incorrecta.
—¿Cómo que incorrecta?
—Te estás condenando a ti solita…
Chiara termina soltando una carcajada que resuena en la recepción y Francesca la fulmina con la mirada.
—Chiara, tú juegas en mi equipo, no deberías ponerte de su parte —la regaña.
—Lo siento, pero esta vez tengo que hacerlo —replica Chiara con mucho descaro y frescura—. Y, si me permites el atrevimiento, necesitas que alguien te saque un poco de aquí. ¿Verdad? —añade, esta vez mirando a Verónica.
Las tres terminan riéndose. A Verónica le encanta comprobar cómo Francesca baja la guardia y olvida su papel cuando se siente cómoda y en confianza.
De repente, le viene un flash a la memoria. Una fotografía preciosa. Una playa paradisíaca y escondida de un artículo que leyó semanas antes de viajar a Italia. La idea aparece en su cabeza con tanta claridad y fuerza que ni siquiera le da tiempo a valorar si lo que va a proponer es una locura.
—Creo que tengo una propuesta irrechazable que hacerte —anuncia Verónica, dando un golpecito con los dedos en el mostrador.
Francesca se vuelve a cruzar de brazos, mirándola de reojo con desconfianza.
—No sé yo…
—Tú solo escúchame —insiste Verónica—. Mientras preparaba el viaje estuve cotilleando varios blogs de turismo sobre la costa de Amalfi.
Y encontré una cala virgen alucinante a la que solo se puede acceder en lancha.
Dicen las malas lenguas que el agua allí es tan transparente que puedes ver el fondo marino incluso desde varios metros de profundidad.
Chiara abre mucho los ojos, entusiasmada con la descripción.
—¿Te refieres a la Grotta del Sorriso?
—¡Esa misma! Creo que ese era el nombre —confirma Verónica.
La recepcionista junta las manos y suspira con romanticismo.
—Es un lugar idílico, precioso. El problema es que los que vivimos aquí nunca encontramos el momento libre para ir a disfrutarlo.
—Pues ya somos dos, Chiara —le responde con una sonrisa cómplice antes de girarse por completo para clavar su mirada en Francesca—. O mejor dicho… tres.
—¿Y se puede saber qué tengo yo que ver?
Verónica sonríe, muy despacio.
—Pues que podríamos ir juntas esta misma tarde.
Francesca parpadea un par de veces.
—¿Perdón?
—Piénsalo. Soy la representante oficial de desarrollo de una cadena internacional.
Mi trabajo aquí consiste en comprender a la perfección por qué la gente elige este destino paradisíaco y no otro de la competencia.
¿Cómo voy a elaborar un informe serio e impecable para mis jefes sin conocer de primera mano los mayores atractivos turísticos de Amalfi?
—Verónica abre las manos hacia los lados con una solemnidad y una cara dura que merecen un premio Óscar a la mejor actriz.
Francesca la mira fijamente durante unos segundos que le ponen la piel de gallina.
Después, niega con la cabeza, aunque una chispa de diversión empieza a brillar en sus ojos.
La comisura de sus labios también tiembla.
Está luchando con todas sus fuerzas contra una sonrisa para mantener el papel.
Y, para su disfrute personal, pierde la batalla y termina sonriendo.
—De verdad, es que no tienes ningún remedio… —le dice a Verónica.
—Solo serán unas pocas horas. El mar para nosotras, el sol de la tarde, un poco de aire fresco en la cara…
Te vendría de perlas desconectar del hotel.
Y a mí… —se da un golpecito en los labios con el índice—.
A mí me ayudaría muchísimo a entender mejor este sitio tan maravilloso que tanto defiendes con uñas y dientes.
Francesca vuelve la vista hacia el ventanal que da al jardín, como si necesitara desesperadamente unos segundos de aire para ordenar el caos que se ha formado en sus pensamientos.
Cuando vuelve a girarse para mirarla de frente, descubre en el fondo de sus ojos algo que no le había visto hasta ahora: la misma ilusión que sentía ella de adolescente antes de cometer una locura.
—¿Y cuándo se supone que saldríamos? —pregunta Francesca con cautela.
Verónica sonríe de oreja a oreja.
—Ahora mismo.
Chiara contiene un pequeño gritito de entusiasmo.
—¡Tienes que ir! Por favor. Hace siglos enteros que no te veo disfrutar de algo así.
—Chiara…
—Lo sé, lo sé. Aquí hay mucho trabajo. Pero repito que te lo mereces. Y nosotros nos podemos ocupar de todo.
Francesca baja la vista hacia sus papeles, y nota cómo un ligero rubor asoma en sus mejillas.
Parece casi avergonzada. Y no porque no se muera de ganas de ir con ella a la cala, sino porque se acaba de dar cuenta de que la recepcionista tiene toda la razón del mundo. Lleva siglos sin disfrutar de algo así.
—De acuerdo… pero solo unas horas —concede Francesca, capitulando con una sonrisa.
Verónica asiente con la cabeza, conteniendo las ganas de dar un salto de alegría.
—Solo unas horas, lo prometo.
Francesca inspira profundamente, llenando los pulmones, como quien está a punto de saltar de cabeza desde un acantilado altísimo sin saber la profundidad. Después, le regala una sonrisa.
—De acuerdo. Prepárate.