El sol bajo tu piel Capítulo 11
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Capítulo 11

Verónica Silva sube las escaleras que conducen a su habitación con el corazón dándole unos vuelcos de lo más extraños en el pecho y una sonrisa que es totalmente incapaz de borrar de la cara.

El desayuno con Francesca terminó hace apenas media hora, pero la conversación continúa resonando en su cabeza de manera irritante.

«Siempre soñé con ampliar los jardines».

Cuando le confesó ese sueño, con los ojos empañados en nostalgia, sintió que sus palabras se le quedaron clavadas en lo más hondo del alma; detrás de esa coraza de mujer de negocios, ha vislumbrado a una mujer increíble que nadie en su vida ha sabido valorar ni escuchar de verdad.

Deja el ordenador portátil sobre el escritorio soltando un suspiro y se acerca de inmediato a la ventana.

Desde aquí arriba, puede contemplar el hotel como si fuera una maqueta.

Los empleados se mueven con una tranquilidad de lo más envidiable, los huéspedes pasean sin prisa entre los limoneros con una taza de café en la mano y un poco más allá, una pareja de enamorados se hace fotografías junto a la gran fuente central mientras un niño pequeño intenta convencer a un gato callejero para que juegue con él.

Es alucinante. Todo funciona y no lo hace con la precisión fría de un gran complejo hotelero, no.

Funciona de otra manera mucho más orgánica.

Como una casa enorme y acogedora donde todos parecen conocerse y quererse.

Tal como le dijo a Francesca, el hotel funciona así porque su alma está impregnada en cada rincón.

Está en la forma en que los camareros recuerdan los gustos de los clientes sin mirar una pantalla.

En las flores frescas que aparecen cada mañana en las mesitas.

En el aroma a limón y lavanda que impregna los pasillos.

En el respeto y el cariño con el que los empleados pronuncian su apellido.

De repente, la alarma de su teléfono la devuelve de golpe a la realidad. Había olvidado que tiene agendada una reunión a las doce. Fantástico. Hora de volver al aburrido y gris mundo empresarial.

Verónica respira hondo, toma asiento en un sillón que hay junto a una mesilla de café y se coloca bien el cuello de la camisa esperando que la reunión comience.

No le lleva más de unos segundos observar cómo aparecen tres ventanas cuadradas inmediatamente en la pantalla, rompiendo la magia italiana.

Richard, el vicepresidente de expansión para Europa; Helena, la directora financiera; y David, el responsable jurídico.

Los tres llevan la misma expresión de siempre: la de unos ejecutivos agresivos que consideran que el tiempo es dinero y las emociones una molesta pérdida de tiempo.

—Buenos días, Verónica —saluda Richard, tan seco y estirado como siempre.

—Buenos días a todos —responde ella, forzando su sonrisa más profesional.

Richard no pierde ni diez minutos, va directo a lo que le interesa como a él le gusta.

—¿Cómo van los preparativos para la absorción del hotel?

Ahí lo tienen. Ni un «¿cómo estás?», ni un «¿qué tal han ido estos días?». Nada. Verónica cruza las manos sobre la mesa, se inclina un poco hacia la webcam y sostiene su mirada a través de la pantalla sin pestañear.

—He terminado una primera evaluación del funcionamiento interno del establecimiento.

—¿Y qué tenemos? —interviene Helena, levantando una ceja.

—El hotel está muchísimo mejor gestionado de lo que esperábamos —les suelta Verónica con seguridad, apoyando los codos—.

El personal se muestra increíblemente comprometido con la marca y los índices de satisfacción de los clientes rozan la perfección a pesar de los problemas para la ocupación completa.

Que, para mí, es bastante buena visto lo visto.

Helena frunce el ceño, deteniendo sus dedos sobre la pantalla.

—Eso no figuraba en los informes preliminares que nos envió el señor Matteo Mancini. Nos pidió encarecidamente que nos ocupáramos de esto con la seriedad que requiere y ya no piensa intervenir. Así que eres tú quien debe dar la talla.

Verónica siente que se le hiela la sangre al escuchar el nombre del marido de Francesca. Es la primera noticia que tiene, y está segurísima de que la mujer no tiene ni idea de que él movió ficha.

—Quizá eso no figuraba porque los informes no cuentan toda la historia, Helena —replica Verónica con una calma que ni ella misma sabe de dónde saca—. Hay detalles de valor que solo se aprecian cuando estás pisando el terreno.

Richard entrelaza las manos delante de su barbilla, clavando sus ojos grises en los suyos. Conoce ese gesto al dedillo. Lo hace siempre que piensa que alguien se está desviando del guion establecido para ponerse romántico.

—Verónica, nuestra prioridad absoluta aquí no es analizar la filosofía del establecimiento ni hacer antropología. Necesitamos saber con exactitud cuánto tardará la propietaria en firmar y aceptar nuestra oferta para empezar a trabajar.

Verónica aprieta con fuerza. Siente cómo la tensión de la llamada se le instala en los hombros.

—No creo que vaya a ser un proceso rápido ni sencillo, Richard.

Francesca Moretti no es una mujer que se deje intimidar ni que tome decisiones a la ligera.

Este lugar significa para ella muchísimo más de lo que cualquiera de nosotros pudimos imaginar.

Es más. Si su marido no os habló de ello, es porque estoy segura de que era consciente de que su mujer no iba a ceder tan fácilmente —les explica—.

Francesca no quiere que este lugar pierda su esencia, y creo que deberíamos de escuchar lo que tiene que decir. Al menos, tener en cuenta su opinión.

Richard se deja caer en su sillón de piel y suspira con una impaciencia que traspasa la pantalla.

—No te hemos enviado a Italia con los gastos pagados para hacer turismo, Verónica. Queremos y necesitamos esa expansión.

—Lo sé perfectamente, Richard —contesta Verónica, clavando los dedos en la mesa—. Pero un paso en falso por nuestra parte en este momento podría tener justamente el efecto contrario.

—Entonces presiónala con inteligencia y usa tus armas.

Ya sabes de lo que hablo —insiste él, implacable—.

Hazla entender que una propiedad independiente no tiene ninguna alternativa real de supervivencia frente a los grandes gigantes hoteleros que se están levantando allí. Seguro que al final, lo entenderá.

Helena interviene de nuevo, aportando su toque práctico y frío.

—La cadena está dispuesta a mejorar ligeramente la oferta económica final si eso sirve para acelerar la firma antes de que acabe el mes.

Richard asiente con la cabeza, dando el visto bueno.

—Pero queremos resultados reales, Verónica. No queremos hacer amigos en Italia.

Durante unos segundos observa sus rostros perfectamente iluminados por las luces artificiales de sus despachos. De repente le parecen personas terriblemente lejanas. Muy grises. Muy aburridas.

—Necesito algo más de tiempo —afirma Verónica.

David interviene por primera vez, ajustándose las gafas con el dedo.

—¿Se puede saber para qué necesitas más tiempo?

La respuesta le sale de las entrañas antes de que su cerebro pueda filtrarla o detenerla.

—Para entender qué demonios estamos intentando hacer con este lugar.

Los tres se quedan mudos, mirándose entre ellos en sus respectivas pantallas. Richard termina apoyándose del todo en el respaldo de su silla, mirándola como si se hubiera vuelto loca de remate.

—No le des más vueltas, Verónica. Así son las absorciones de un negocio.

Verónica niega con la cabeza, manteniendo su postura.

—No, Richard. Estamos tirando por tierra una historia familiar. Una forma totalmente distinta y maravillosa de hacer las cosas. Y eso, creedme, no se mide únicamente con vuestros balances de pérdidas y ganancias. Tenemos la oportunidad de hacer algo grande sin dejar que este lugar se muera.

Helena deja escapar una sonrisa totalmente incrédula, casi burlona.

—Vaya, vaya… Parece que estamos hablando con otra persona, Verónica. ¿Dónde está nuestra tiburón de las adquisiciones?

Pues mira, ella tampoco sabe muy bien si lo parece.

Porque la Verónica fría y calculadora de hace semanas habría dicho exactamente lo mismo que ellos.

Habría preparado un informe técnico impecable, habría diseñado una estrategia de negociación agresiva y habría convencido a Francesca de firmar los papeles antes de terminar el primer fin de semana.

Sin pestañear ni sentir remordimientos. Pero ahora…

ahora solo puede recordar la pasión con la que ella habla de su abuelo.

La ilusión que aparece en sus ojos al describir el jardín de sus sueños y la tristeza infinita que intentó esconder tras su coraza mientras confesaba que hacía mucho tiempo que nadie le preguntaba cuáles eran sus verdaderos sueños.

Richard rompe el silencio.

—Está bien, te daré una oportunidad de ver qué ofreces. Pero quiero un avance sustancial sobre la mesa antes del viernes, Verónica. No pienso permitir que vuelvas a retrasar esta operación por sentimentalismos. ¿Te ha quedado claro?

Lo mira fijamente a los ojos a través de la webcam, tensando cada músculo de su cuerpo.

—Perfectamente claro, Richard.

La maldita reunión termina pocos segundos después con un cruce de despedidas falsas. La pantalla se queda en negro y el silencio de su habitación resulta infinitamente más agradable, limpio y puro que los últimos veinte minutos de conversación. Cierra el portátil.

—Qué ganas de mandaros a todos a tomar por saco —murmura para sí misma, tirándose el pelo hacia atrás con frustración.

Necesita salir de aquí. Urgentemente. Si se queda un minuto más entre estas cuatro paredes, acabará respondiendo algún correo electrónico interno de mala manera.

Coge sus gafas de sol del escritorio, se mira al espejo para comprobar que no se le nota la cara de desquiciada y abandona la habitación.

Mientras baja las escaleras hacia el vestíbulo, intenta convencerse a sí misma con argumentos absurdos de que sigue aquí únicamente por motivos de trabajo.

Que todo esto forma parte de una evaluación.

Que su misión continúa siendo exactamente la misma que el primer día.

Pero su propia cabeza empieza a llevarle la contraria de una manera salvaje.

Porque, por primera vez en toda su carrera para la cadena hotelera, se descubre deseando con todas sus fuerzas que esta negociación no salga como estaba prevista. Deseando que Francesca gane la batalla.