El sol bajo tu piel Capítulo 10
38%

Capítulo 10

Con Matteo lejos de casa, Francesca Moretti se permite cerrar los ojos de nuevo nada más despertar y percibir en el ambiente el aroma a lavanda que, por costumbre —también herencia— coloca dentro de los armarios en verano.

Desconectar del hotel, de los problemas económicos, de la propuesta de cambio…

de todo. Simplemente se dedica a respirar.

Desde hace un tiempo, estar lejos de Matteo no le causa esa sensación de vacío que cualquier otra mujer sentiría en su condición.

Se incorpora sobre el colchón y apoya los pies descalzos en el suelo.

Hoy la casa le parece más grande, más luminosa.

Incluso el aire fresco que entra por la ventana abierta parece circular por los pasillos con una mayor libertad.

—Venga, hazte hoy el favor de no pensar demasiado… —se murmura mientras se recoge el pelo a toda prisa en un moño alto.

Sacude la cabeza con energía para espantar los fantasmas. Necesita un café cargado para sacarse de encima la sensación de sueño que arrastra después de haberse pasado toda la noche rememorando en bucle el beso que le dio Verónica.

La realidad es que no sabe qué hacer con eso, aunque es mejor no pensarlo.

Verónica está aquí para convencerla de que es importante dejar atrás el hotel tal y cómo lo conoce, así que seguramente esté usando todas sus armas para engatusarla y arrastrarla hasta ese contrato.

«¿Aunque le encante este lugar?», pregunta su propia conciencia.

Después de darse una ducha y vestirse, sale al exterior y recorre el sendero de piedra que une su casa con el edificio principal del hotel.

Los jardines todavía conservan pequeñas gotas de rocío brillando sobre las hojas verdes y el aroma embriagador de los limoneros se mezcla en el aire con el de la tierra húmeda.

Al verla pasar, uno de sus jardineros levanta la mano del suelo con una sonrisa de oreja a oreja.

—Buongiorno , signora Francesca.

—Buenos días, Enzo. Buen trabajo.

Él sonríe orgulloso de su labor mientras poda con mimo uno de los setos de la entrada.

Francesca cruza el elegante vestíbulo a paso rápido, saludando con la cabeza a varios empleados que ya andan de un lado para otro preparando las mesas del desayuno. Chiara, la asalta al vuelo para preguntarle si necesita algo, pero niega con una sonrisa cansada.

—No te preocupes. De momento solo necesito un café gigante —bromea Francesca.

—Eso está más que hecho, jefa —le responde ella.

Cuando por fin sale a la espectacular terraza del restaurante, el sol acaba de asomar con fuerza por encima de los imponentes acantilados.

El mar parece hoy una inmensa e infinita lámina de cristal azulado.

A estas horas hay muy pocas mesas ocupadas en el exterior.

Una pareja desayuna en absoluto silencio mientras leen el periódico del día.

Un poco más allá, una familia de lo más ruidosa intenta convencer a un niño pequeño de que se coma la fruta antes de pedir un croissant de chocolate.

Busca con la mirada su rincón favorito, una mesa apartada justo al lado de la barandilla de piedra.

Y la maravillosa imagen de Verónica sentada en una de las mesas de primera línea, le ponen una sonrisa en la cara.

Está con su ordenador portátil cerrado a un lado y una libreta abierta al otro, mientras sostiene una taza de café humeante entre las manos, cerrando los ojos como si acabara de descubrir algo maravilloso.

De repente, levanta la cabeza y sus miradas se encuentran.

Aunque es la primera en apartar la mirada, no tarda en escuchar la voz de Verónica mientras la saluda.

—¿En serio vas a ignorarme?

—Pues no te lo voy a negar, todavía me lo estoy planteando —bromea Francesca mientras se acerca a la mesa.

Verónica se lleva una mano al pecho, fingiendo un dolor tremendo.

—Eso ha dolido un poco, ¿eh? —Francesca no puede evitar sonreír. Verónica da unos golpecitos con los dedos sobre la silla vacía—. Venga, siéntate conmigo. Te prometo por lo más sagrado hablar única y exclusivamente de negocios y del hotel. Al menos, durante cinco minutos.

Francesca entrecierra los ojos con fingida desconfianza.

—¿Y qué pasará después de esos cinco minutos?

—Bueno, ya improvisaremos sobre la marcha —responde Verónica—. Lo importante es buscar y encontrar algo que nos haga felices. ¿No?

La frase deja a Francesca totalmente descolocada. «¿Cómo coño…?». Un camarero de la terraza aparece para interrumpir sus pensamientos.

—¿Le sirvo lo de siempre, signora Moretti?

—Sí, por favor, Ismael —asiente con la cabeza—. Y ponme un café doble bien cargado, lo necesito.

Verónica espera pacientemente a que el camarero se aleje antes de apoyar los codos sobre la mesa.

—¿Cómo llevas el tobillo, intrépida montañera? —le pregunta a Verónica.

Tiene que desviar sus pensamientos como sea.

—Yo creía que la intrépida eras tú —se burla Verónica, arrugando la nariz de una forma que le parece adorable—. Sigo diciendo que esa maldita piedra apareció de la nada para joderme la mañana. Pero en general, va muy bien. El hielo funcionó.

—Me alegro mucho —responde Francesca.

Las dos se observan durante un instante en silencio.

A Francesca le sorprende y asusta a partes iguales descubrir lo fácil que le es hablar con ella cuando ninguna de las dos está intentando convencer a la otra de cambiar o no el hotel.

En ese momento, el camarero deja su desayuno completo sobre la mesa.

El aroma del café recién hecho asciende inmediatamente hasta su nariz, haciéndole la boca agua.

—Esto sí que es la felicidad… —susurra Francesca, saboreándolo.

Verónica la contempla con una calidez en la mirada que le acelera el pulso.

—Fíjate qué cosas. Yo hasta hace poco pensaba que eso de la felicidad estaba muy sobrevalorado.

Francesca abre un sobre de azúcar con deliberada lentitud para mantener sus manos ocupadas.

—¿Y qué pasa? ¿Ya no lo piensas?

Verónica la observa por encima del borde de su taza de café, sin pestañear, antes de responder:

—Empiezo a sospechar que la felicidad depende mucho de con qué persona decidas compartir el café por las mañanas.

Francesca niega con la cabeza, haciendo un gesto con la mano para frenarla.

—No vayas por ahí, por favor —le pide—. Ni se te ocurra intentarlo.

—¿Intentar el qué? —pregunta Verónica.

—Halagarme así para que baje la guardia.

Verónica se ríe entre dientes, echando la cabeza hacia atrás.

—Te prometo que esta vez solo estaba diciendo la verdad.

Francesca aparta rápidamente la mirada hacia las flores del jardín para esconder la sonrisa tonta que amenaza con aparecer en sus labios. Es desesperante. Verónica consigue que las cosas que salgan de sus labios la pongan tan nerviosa como para que le tiemblen las manos.

—Mejor cambiemos de tema. ¿Has seguido revisando los informes?

—Sí, un buen rato antes de que tú aparecieras por aquí. — Verónica abre el portátil y gira la pantalla hacia su posición—. He estado estudiando a fondo la evolución de vuestras reservas durante los últimos cinco años y hay… bastantes datos interesantes.

Verónica señala con el dedo una gráfica de barras en la pantalla.

—Mira esto, hay algo muy curioso —le muestra—. La ocupación de las habitaciones aumenta notablemente cada temporada, pero los beneficios netos del hotel apenas crecen en la misma proporción. Hay un desfase.

—A mí no me sorprende lo más mínimo —le responde Francesca—. Es porque reinvertimos muchísimo dinero en el negocio. No me gusta que Il Fiore d'Amalfi envejezca o parezca rancio. Cada invierno renovamos habitaciones, restauramos el mobiliario o recuperamos los jardines exteriores.

Verónica la escucha con atención, sin perder detalle.

—Ya… pero la mayoría de grandes cadenas hoteleras intentarían recortar esos gastos para aumentar el margen de beneficio.

—Es que la mayoría de esas cadenas frías no son mi hotel, Verónica. Por eso me niego a que lo hagáis aquí.

Sus labios dibujan una sonrisa discreta y sumamente atractiva.

—Bueno, en eso tengo que darte toda la razón. Y cuando les dé el enfoque, mis jefes también estarán de acuerdo.

Juntas, revisan varios documentos y tablas Excel durante unos minutos. Para su sorpresa, la conversación fluye entre las dos con una naturalidad inesperada. Francesca no puede evitar apoyar la barbilla en la mano y observarla en silencio.

—Dime una cosa… ¿tú nunca desconectas del trabajo? —le pregunta a Verónica.

La mujer arquea una ceja.

—¿A qué viene eso ahora?

—Porque deberías estar disfrutando de la playa, no de esto.

La sonrisa de Verónica se vuelve de golpe de lo más traviesa y pícara.

—¿Y me lo dices tú? Habla la mujer que, estoy completamente segura, revisa el estado de las reservas antes incluso de tomarse el primer sorbo de café.

Francesca se queda callada, sin saber qué responder mientras Verónica suelta una risa.

—¡Lo sabía! Te he cazado.

—Oye, que eso no vale. Sabes que es importante.

—Puede ser. —Verónica la observa en silencio unos segundos antes de continuar hablando—: Pero tengo la sensación de que llevas mucho tiempo sosteniendo este peso tú sola.

—Exageras —protesta Francesca.

—¿Eso crees?

—Aquí todos los empleados y yo somos una familia. No llevo ningún mundo sobre mis hombros. —Verónica se queda en silencio, observándola—. Bueno… a ver… quizá algunos días tontos sí que me pesa un poco.

Verónica le sonríe con dulzura.

—¿Ves? Eso ya suena mucho más creíble.

Francesca se sorprende a sí misma soltando una risa, negando con la cabeza.

—Es que eres insoportable y desesperante —le replica Francesca.

—Ya, me lo dicen muy a menudo, no eres la primera.

En ese instante, una camarera se acerca para retirar sus platos vacíos y deja una jarrita de porcelana con más café caliente sobre la mesa.

Verónica, en un gesto de lo más atento, coge la jarra y llena primero la taza de Francesca y después la suya.

Es un detalle tonto, pequeño y educado, pero la realidad es que hace muchísimo tiempo que nadie en su vida se preocupa por servirle el café a ella antes que el propio.

Y, maldita sea, Francesca está empezando a acostumbrarse.

*

—¿Puedo hacerte una pregunta un poco más personal? —le dice Verónica.

Francesca levanta la vista de su plato, poniéndose a la defensiva.

—Depende de lo que vayas a preguntar…

Verónica carraspea y entrelaza sus dedos sobre la mesa.

—Si mañana por la mañana te despertaras en tu cama y supieras que nadie en este mundo espera nada de ti… Ni el hotel, ni tu familia, ni el pueblo, ni tu marido, ni nadie. ¿Qué es lo primero que harías?

Francesca parpadea un par de veces, descolocada. No entiende la pregunta. O quizá la triste realidad sea que hace demasiado tiempo que nadie se interesa por ella de esa manera.

—Pues… no tengo ni idea, la verdad. No lo sé.

—Piénsalo bien. No hay prisa, tienes toda la mañana para responder.

Francesca se queda mirando hacia el jardín del hotel. Durante unos segundos intenta buscar una respuesta bonita, pero su cabeza, solo encuentra obligaciones diarias. Nada que tenga que ver con lo que ella quiere de verdad.

Qué extraño y qué triste es darse cuenta de esto.

Verónica no dice ni una sola palabra para meterle prisa. Hasta que Francesca sonríe sin darse cuenta, con nostalgia.

—De pequeña… mi gran sueño era estudiar botánica en la universidad.

Mi abuelo siempre decía de broma que de niña hablaba muchísimo más con las plantas que con las propias personas —rememora Francesca y suelta una risa—.

Nos pasábamos horas y horas enteras recorriendo Amalfi.

Él me enseñaba con paciencia el nombre de cada flor, en qué época del año florecía y cómo había que cuidarlas para que no se muriera.

Podía pasarme una mañana entera observando una sola hortensia sin aburrirme lo más mínimo.

Una expresión cálida y tierna ilumina el rostro de Verónica al escucharla.

—Vaya… ahora comprendo de donde sale esa forma tan especial en que miras los jardines cuando paseas por aquí —le dice la mujer, apoyando la barbilla en una de sus manos.

—Creo… que eres la primera persona que se da cuenta de ese detalle.

Verónica se encoge de hombros con naturalidad.

—Bueno, es normal. Al fin y al cabo, mi trabajo es analizar estas cosas.

Francesca tiene que apartar la mirada rápidamente hacia las buganvillas que trepan por la pérgola de madera para recuperar el aire.

—Siempre tuve el gran sueño de ampliar estos jardines —confiesa Francesca, echando un vistazo a su alrededor—.

Me imaginaba laberintos y senderos llenos de lavanda, rosales, camelias, glicinas…

rincones secretos y apartados donde la gente pudiera perderse durante horas para leer un buen libro o simplemente para escuchar el sonido del viento y del mar.

Hasta llegué a dibujar los planos a mano en un cuaderno cuando era joven.

Verónica abre los ojos de par en par, alucinada con la historia.

—¿En serio? ¿Todavía los conservas?

—Sí, supongo que estarán metidos en el fondo de algún cajón de mi despacho. Se los llegué a enseñar a Matteo, mi marido, pero… él solo vio dibujos infantiles y se rio de mí —le comenta Francesca, llevándose un mechón de pelo tras su oreja—. Al final, solo era eso, fantasías.

—Pues qué auténtica pena, de verdad. Me da la sensación de que hace mucho que dejaste de preguntarte qué era lo que querías, para preocuparte por lo que querían los demás. Y eso se refleja en la gestión del hotel.

Esas palabras le caen encima con si fuera un jarro de agua fría. Francesca traga la saliva con dificultad.

—No sé por qué te estoy contando todo esto a ti, la verdad.

—Pues muy sencillo, porque hace tanto que no hablabas con alguien de verdad, que te ha salido del alma contármelo. —Verónica le guiña un ojo.

Francesca se queda callada durante un buen rato, removiendo el café con la cucharilla.

—Es curioso y bastante triste, la verdad —murmura Francesca, soltando un suspiro.

Verónica inclina la cabeza hacia un lado, mirándola con interés.

—¿Y tú qué opinas?

—Pues que esa estúpida frase suya sirvió para enterrar bajo tierra todo lo que realmente quería hacer. Y… no me había dado cuenta de lo sometida que me tenía hasta este momento.

Verónica extiende su mano sobre la mesa, y aunque no llega a tocar la suya, la cercanía es tan brutal y magnética que casi puede sentir el calor de su piel.

—Escúchame bien, Francesca. Los sueños no desaparecen solo porque decidas ignorarlos o esconderlos en un cajón. Se quedan ahí agazapados, esperando su momento. Aún estás a tiempo. Y yo puedo ayudarte. Podemos ayudarte.

Francesca esboza una sonrisa teñida de nostalgia y levanta la mirada para encontrarse de lleno con sus imponentes ojos.

—Gracias… —responde Francesca mientras aparta la mirada y se centra en su taza de café—. Pero lo mejor será terminar el desayuno y empezar a trabajar.