El sol bajo tu piel Capítulo 9
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Capítulo 9

El trayecto en coche hasta la entrada del hotel dura poco más de media hora, pero a Francesca, que va con los nervios a flor de piel, le parece una eternidad.

Su estado no es fruto del esguince de Verónica —que por suerte solo ha sido un mal gesto y el bloque de hielo que le han encasquetado en recepción parece haber evitado que la inflamación vaya a más—, sino porque es incapaz de apartar de su mente el maldito instante en el que Verónica la besó.

Como tampoco su propia respuesta, antes de apartarse al ser consciente de que era una locura.

Francesca se apoya un instante en la verja que separa el recinto del hotel de su casa privada.

Su abuelo repetía que un buen propietario debía vivir lo bastante cerca de su negocio como para escuchar las risas de los huéspedes desde la ventana de su propio dormitorio, y esa cercanía, esa conexión constante con el alma viva del lugar, ha sido su auténtico refugio durante años.

Pero esta tarde, esas risas parecen burlarse de la tremenda tormenta que se agita en su interior.

Respira hondo, llenando sus pulmones. El perfume de los limoneros debería tranquilizarla, pero no lo consigue en absoluto.

Solo cuando introduce la llave en la cerradura se da cuenta del silencio sepulcral que reina al otro lado de la puerta; un silencio pesado, denso y tangible.

Empuja con cuidado y lo primero que encuentra son las dos maletas negras de Matteo junto al recibidor.

—Vaya, ya era hora de que aparecieras.

—Buenas tardes a ti también, Matteo —responde Francesca nada más dejar las llaves en el mueble recibidor.

Él aparece por el pasillo sujetando el teléfono móvil entre la oreja y el hombro, mientras termina de teclear un correo electrónico en la tableta.

Ni se molesta en levantar la vista para mirarla a la cara.

Qué triste es recordar esos días en los que corría a abrazarla en cuanto ella volvía.

Ahora parece estar más pendiente de una maldita presentación de Powerpoint que de comprobar cómo está ella.

Cuando por fin se digna a mirarla, su expresión es totalmente neutra, fría y profesional, como si ella fuera una socia pesada en una de sus aburridas reuniones.

—¿Has estado fuera toda la mañana? —pregunta Matteo arrugando el entrecejo, sin un ápice de interés.

—Sí —se limita a contestar Francesca, cruzándose de brazos. No añade nada más a la frase. No siente la menor necesidad de justificarse ante él, ni muchísimo menos de compartir los jugosos detalles de un día de montaña que ha cambiado algo dentro de ella de forma irreversible.

Él tampoco insiste. Pulsa un par de veces la pantalla del teléfono con el pulgar y lo deja sobre la mesa de centro.

—Tengo que marcharme hoy mismo —anuncia su marido.

Francesca mira las maletas del recibidor y luego a él.

—Ya. Lo he imaginado al ver el panorama.

—Me ha surgido un proyecto importantísimo de última hora en Milán. Estaré allí dos semanas, probablemente algo más si todo sale según lo previsto. Ya sabes cómo son estas cosas…

Francesca asiente con una tranquilidad pasmosa, aunque por dentro, para su absoluta sorpresa, lo único que siente es un alivio tan grande que le dan ganas de saltar de alegría.

—Pues nada, enhorabuena. Espero de corazón que el proyecto sea un éxito.

Matteo se queda mirándola un segundo, visiblemente desconcertado por su reacción tan serena y pasota. Tal vez, el muy engreído esperaba preguntas insistentes, reproches dramáticos o un atisbo de preocupación en sus ojos.

—¿No me vas a preguntar con quién voy, cuándo vuelvo o en qué hotel me alojaré? —insiste él, como si quisiera provocar en Francesca una respuesta mucho más emocional y posesiva.

Pero la realidad es que hace ya muchísimo tiempo que dejó de hacer esas preguntas estúpidas. La respuesta de sus labios nunca cambiaba y, siendo sincera, hace meses que dejó de importarle lo más mínimo lo que Matteo haga con su vida fuera de esas cuatro paredes.

—Sabes perfectamente que no lo haré, así que ahórrate el numerito, Matteo.

Él se cruza de brazos y la observa en silencio.

—Pues vaya… yo esperaba que no te diera tan igual.

—¿Y qué quieres que te diga, Matteo? —le pregunta Francesca—. ¿Quieres que te mienta y te diga que te echaré de menos? ¿Que la casa estará vacía y triste sin ti? Mira, los dos sabemos perfectamente que eso ya no es verdad.

—No sé, Francesca… Solo esperaba algo. Cualquier cosa que me demuestre que aún te importa lo nuestro.

Una sonrisa amarga y sumamente cansada se escapa de los labios de la mujer.

—Espero de verdad que el proyecto te salga bien. Te lo digo en serio. Y ojalá encuentres allí lo que sea que estás buscando ahora mismo en tu vida y que aquí ya no tienes.

Durante unos segundos que se congelan en el salón, ninguno de los dos dice una sola palabra.

Pero lo mejor de todo es que el silencio ya no le parece incómodo ni doloroso.

Al revés, solo sirve para confirmar una verdad que llevan demasiado tiempo intentando evitar.

Su matrimonio solo está “vivo”, por mera y aburrida costumbre.

Por la inercia de dos personas que un buen día compartieron los mismos sueños de juventud y que, sin darse cuenta, acabaron caminando en direcciones totalmente opuestas, convirtiéndose en dos extraños que comparten techo.

Matteo rompe el mutismo del salón, cambiando el peso de su cuerpo de un pie a otro.

—¿Dónde has estado? —pregunta y levanta una ceja.

«¿A qué viene eso ahora?»

—Pues en la montaña, haciendo una ruta —responde Francesca con total naturalidad, sosteniéndole la mirada.

—¿En la montaña? ¿Tú sola?

«Ya quisieras tú. Como también me hubiera gustado ahorrarme este matrimonio ahora mismo». Cuando Francesca piensa en Verónica, un calor ardiente le sube por el cuello hasta instalarse en su cara.

—He estado enseñándole los alrededores de la zona a una huésped del hotel —le explica a Matteo, moviendo la mano como para quitarle importancia—. Le hacía muchísima ilusión conocer los paisajes de la costa y me he ofrecido como guía.

La verdad le sale un poco incompleta, para qué se va a engañar. Verónica no deja de ser una huésped del hotel, claro, eso es verdad. Solo ha omitido la parte más jugosa, delicada y ardiente de la historia: esa conexión tan brutal que ha nacido entre las dos de manera totalmente inesperada.

Matteo deja escapar una risa irónica y bastante burlona que le revuelve el estómago.

—En fin… —niega Matteo—. Creo que salir a dar paseitos por la montaña no va a hacer que este maldito hotel siga en pie mucho más tiempo si no accedes a que esa empresa tome el control.

Estás perdiendo el tiempo con tonterías mientras el mundo real avanza a pasos agigantados.

Deberías dejarte de una vez de romanticismos baratos y aceptar la oferta que te han puesto sobre la mesa —le reprocha—.

Incluso podríamos reinvertir todo ese dinero en otro hotel, viajar por el mundo y vivir tranquilos mientras otros toman las riendas.

—¿De verdad piensas que todo en esta vida se arregla con eso? —le pregunta Francesca, ahora cruzándose de brazos—. ¿Que con firmar unos papeles y borrar de un plumazo años de historia, de esfuerzo y de recuerdos familiares, se puede ser feliz?

Matteo suelta un suspiro de cansancio, como si le estuviera explicando con paciencia una lección de matemáticas a una niña tonta y obstinada.

—La felicidad se consigue asegurándote un futuro financiero, Francesca. Este hotel ahora mismo es un lastre enorme para nosotros. Por mucho que te empeñes, los números no mienten.

La mujer niega con la cabeza.

—No, Matteo, te equivocas. El futuro se arregla recordando perfectamente por qué empezaste este viaje. Por qué mis abuelos levantaron cada piedra de este paraíso con sus propias manos y con todo su amor.

Matteo hace un gesto de lo más impaciente y despectivo con la mano, restándole importancia.

—Otra vez con tus abuelos. De verdad, Francesca, deberías pasar página de una vez. Sigues aferrada como una loca a un sueño que ya no es viable en el mercado actual.

—No —responde Francesca con convicción, levantando la barbilla con orgullo—. Este hotel, mi historia, no es un sueño. Es lo único que me queda de ellos, de nosotros… de lo que alguna vez fuimos cuando éramos felices. Y pienso luchar con uñas y dientes para que nadie cambie su esencia.

Francesca ni siquiera le ha contado los «nuevos planes» de Verónica ni que la mujer está en el hotel, pero ya no siente necesidad de hacerlo.

Matteo se queda inmóvil frente a ella. Por primera vez en toda la conversación, el gran arquitecto de éxito parece no encontrar una réplica que soltarle. Finalmente, niega con la cabeza, con un deje de lástima.

—En fin, es evidente que nunca nos pondremos de acuerdo en esto. Es perder el tiempo.

Por un segundo, Francesca piensa en responderle, en intentar darle una última explicación para acabar bien, pero se da cuenta enseguida de que tiene toda la razón.

Y no porque uno de los dos esté equivocado.

Sino porque hace muchísimo tiempo que hablan idiomas distintos y viven en realidades paralelas que ya no se tocan ni por asomo.

Lo acompaña en silencio hasta la puerta. Matteo sujeta una de sus maletas negras. Después coge la otra. Pero justo antes de salir al porche, vuelve la cabeza hacia ella regalándole una mirada fría.

—Espero que cuando regrese de Milán hayas reflexionado seriamente sobre esa puta oferta.

Lo observa fijamente durante unos interminables segundos, y ella responde:

—Buen viaje, Matteo.

La puerta principal se cierra tras él. Escucha a través de la madera cómo las ruedas de sus maletas se alejan con rapidez por el camino que conduce al aparcamiento.

Francesca promete que intenta buscar dentro de sí algo de tristeza, un ápice de culpa por el fracaso de su matrimonio o una sensación de vacío en el pecho.

Pero lo único que nota es un alivio tan sumamente intenso que tiene que apoyarse de espaldas en la pared para asimilar que lo que está pasando es real.

«Durante catorce maravillosos días la casa será única y exclusivamente mía. No tendré que esto me importa un poco.»

Los imponentes y traviesos ojos de Verónica se instalan inmediatamente en su memoria. Francesca se lleva dos dedos a la boca, rozándose los labios. Pero enseguida abre los ojos de golpe, respirando hondo.

—Madre mía, Francesca… esto es un desastre —murmura la frase en alto para sí misma en mitad del pasillo vacío—. Un puto desastre.