Capítulo 8
El despertador suena a las siete en punto, pero Francesca Moretti ya lleva horas dando vueltas en la cama.
No recuerda la última vez que se sintió tan nerviosa y ansiosa por hacer algo.
Pero desde que invitó a Verónica a hacer esa ruta por la montaña, su mente parece un avispero.
Ella suele ser una mujer más calmada, aunque bien es cierto que en su día a día apenas se toma un segundo de descanso. Hoy es el primero desde hace meses.
Se gira entre las sábanas y pone atención en el hueco que hubiese ocupado Matteo de haber pasado la noche en casa. Ni siquiera le mandó un mensaje para avisarla, pero así son las cosas; han pasado a ser dos desconocidos que solo conviven, se reprochan y ocupan un espacio en común.
—Vamos allá… —resopla, mientras aparta las sábanas y se pone en pie con toda la energía del mundo—. No puedes quedarte aquí todo el día por miedo.
Bueno, más que miedo, es tensión. Verónica es una mujer inteligente, rápida y con una labia que atrapa, pero el problema no es ese, el problema es que disfruta de su compañía.
Disfruta de su forma de hablar, de cómo sus ojos se iluminan cuando algo le apasiona y de ese peligroso magnetismo que envuelve cada uno de sus movimientos.
Y sabe que eso no debería pasarle, sobre todo con la ejecutiva que ha venido a Amalfi a convencerla de que otras personas tomen el control de lo que considera su hogar y modo de vida.
Se apoya en el borde del lavabo mientras el agua fría del grifo resbala por sus manos y se observa fijamente en el espejo, como si con ese simple movimiento pudiera espantar esos pensamientos que se empeñan en quedarse a vivir en su mente.
—No deberías comportarte así y lo sabes —se reprocha a sí misma en un susurro.
Pero es obvio que por más que ella se lo pida, en sus ojos ve reflejada la misma duda implacable que la acompaña desde anoche, cuando su risa se quedó resonando en su cabeza mucho después de que se despidieran con ese sabor a limoncello aún en los labios.
Cuando llega al comedor del hotel, Verónica ya está allí.
Está sentada en la terraza exterior, con unas gafas de sol apoyadas sobre la cabeza sujetándole el pelo y una taza de café humeante entre las manos.
Lleva una blusa blanca remangada hasta los codos y unos pantalones de lino cortos color arena que le hacen tragar saliva.
El sol de primera hora de la mañana acaricia su piel, otorgándole un brillo cálido, jugoso e hipnótico.
De pronto levanta la vista del café y, al verla aparecer, esboza una sonrisa.
Hay personas en este mundo cuya sonrisa parece ensayada y calculada para impresionar al personal. La suya no. La suya empieza despacio, de forma traviesa, como si primero le sonrieran los ojos y después el resto del rostro decidiera acompañarlos.
—Buenos días, Francesca —dice Verónica, apartando su atención del café para clavarla en ella—. Créeme cuando te digo que pensaba que me ibas a dar plantón —añade ella, inclinando la cabeza hacia un lado sin dejar de escanearla con la mirada.
Francesca se sienta frente a ella, cruza las piernas y apoya los codos sobre la mesa, sosteniendo su mirada desafiante.
—¿Y por qué iba a arrepentirme?
—Mujer, básicamente por invitarme a pasar todo el santo día contigo. Sé perfectamente que tienes mil cosas que hacer.
—Si es una excusa para ocultar que te da miedo, todavía estamos a tiempo de cancelar la excursión —replica con ironía
—¡No! ¡Por favor! Dijiste que no puedo perdérmelo y no creo que sea capaz de sobrevivir yo sola por la montaña sin la mejor guía turística posible a mi lado.
En ese momento, Verónica se lleva una mano al pecho con una teatralidad exagerada, fingiendo un gesto de absoluto horror que a Francesca le arranca una risa espontánea.
—Qué exagerada eres…
—Te prometo que no exagero un pelo —insiste Verónica, inclinándose un poco hacia delante—. A mí me das un mapa con indicaciones, y soy capaz de caminar al revés. Además, no quiero desperdiciar la oportunidad de pasar este día contigo por nada en el mundo.
Francesca arquea una ceja, nerviosa por la tensión e intensidad que adquieren sus palabras.
—¿Eso lo dices porque quieres que sea benevolente contigo?
—Pues la verdad es que no vas muy mal encaminada —admite Verónica, soltando una risa ligera y traviesa—. Pero, para qué te voy a engañar, forma parte de mi estrategia personal ¿Ha funcionado o tengo que esforzarme más?
—Un poco sí que ha funcionado, no te lo voy a negar —concede Francesca de buen humor, sintiendo cómo el calor de su mirada clavada en la suya se le cuela bajo la piel.
Desayunan juntas y sin pizca de prisa, algo que, para una mujer como Francesca, es algo casi revolucionario.
Por primera vez en muchísimos años no mira el dichoso reloj de reojo cada cinco minutos ni tiene la mente ocupada en los problemas económicos del hotel.
Hablan de cosas pequeñas, detalles tontos que, en su boca y con su acento, adquieren un encanto especial.
Durante la charla descubre que Verónica gesticula muchísimo cuando se entusiasma contando una anécdota, moviendo las manos con una gracia y una soltura que la atrapan.
También se fija en que levanta una ceja cuando sospecha que le está exagerando algún dato.
Y lo que más le fascina: que cuando se ríe de verdad, de corazón, inclina ligeramente la cabeza hacia atrás soltando una carcajada refrescante que le encanta.
No parece estar interpretando ningún papel; simplemente es ella misma, con todas sus luces, sus verdades y sus maravillosos matices.
—Oye, cuéntame más de tu abuela —le pide, apoyando la barbilla en la mano, interesada de verdad en su mundo.
Verónica sonríe al instante y sus ojos se tiñen de una hermosa nostalgia.
—Era una mujer de armas tomar, formidable.
Siempre decía que el secreto de una buena limonada no estaba en la receta, sino en el cariño y la paciencia con el que se hacía.
La buena mujer siempre me obligaba a ayudarla en la cocina a exprimir limones, aunque yo protestaba como una loca porque prefería quedarme leyendo en mi habitación.
Quién me iba a decir a mí que ahora daría cualquier cosa por volver a esos momentos con ella.
—Te entiendo perfectamente, no sabes cuánto. Mi abuelo era exactamente igual. El hotel era su vida entera, su pasión, pero jamás permitió que el trabajo le robara los pequeños placeres del día a día o el tiempo con los suyos.
Horas después, el Sendero de los Dioses les da en la cara.
Literalmente. El acantilado corta en vertical hacia un Mediterráneo insultantemente azul.
Abajo, las casas blancas cuelgan de las rocas como si desafiaran la gravedad, y las barcas van dejando hilos blancos sobre el agua abrasada por el sol.
Verónica se detiene continuamente a lo largo del camino, pero lo curioso es que no lo hace para sacar la típica fotografía con el móvil, sino simplemente para mirar, para absorber cada rincón del paisaje. Y ese pequeño matiz en ella, le gusta muchísimo.
—Madre mía… ahora entiendo por qué insistías tanto en que viniera —comenta Verónica jadeando un poco, deteniéndose una vez más para contemplar la inmensidad del paisaje.
—Este camino ha servido muchas veces para recordarme lo pequeños e insignificantes que somos ante la grandeza de la madre naturaleza.
Verónica contempla el horizonte infinito durante unos segundos en silencio, mientras el viento juguetón le mueve algunos mechones alrededor de la cara.
—Y también sirve para recordar la inmensa suerte que tenemos de estar vivas para poder verlo y sentirlo en la piel. De verdad, gracias por compartir este rincón del mundo conmigo. Es increíble.
Siguen caminando montaña arriba, y las conversaciones entre las dos empiezan a ser mucho menos superficiales.
Francesca le habla de esos veranos interminables corriendo por los pasillos del hotel donde aprendió a base de golpes el verdadero valor del esfuerzo, del negocio familiar y de la hospitalidad italiana.
Le cuenta sobre las tardes calurosas con su abuela preparando limoncello y a su abuelo saludando a todos y cada uno de los huéspedes para hacerles sentir como en casa.
Lo mejor de todo es que Verónica escucha con los cinco sentidos puestos en ella.
Sin interrumpirla para soltar una gracia, sin mirar el dichoso teléfono ni aparentar un interés falso por quedar bien.
Simplemente la escucha con esos ojos atentos clavados en ella, dispuestos a guardar a buen recaudo cada palabra que sale de su boca.
—¿Y qué pasa contigo? —le pregunta Francesca cuando termina su monólogo—. Cuéntame algo de tus viajes. De esos hoteles espectaculares de los que tanto me hablas.
Verónica suelta un hondo suspiro y desvía la mirada hacia el horizonte azul antes de decidirse a responder.
—He visitado lugares que te dejarían con la boca abierta.
Hoteles de un lujo insultante en Dubái, resorts de ensueño en mitad de las Maldivas, palacios antiguos convertidos en alojamientos de cuento…
Pero ¿sabes qué es lo más triste y lo peor de todo?
Que llevo un montón de años saltando de un aeropuerto a otro sin parar.
—Pues la verdad es que suena a libertad, Verónica —dice Francesca.
Verónica niega con la cabeza, esbozando una sonrisa bastante triste que le encoge el corazón.
—Eso solo dura los primeros meses, créeme.
Después de un tiempo empiezas a olvidar dónde narices está tu sitio en el mundo.
Las habitaciones de lujo se vuelven todas exactamente iguales, las vistas impresionantes terminan por difuminarse en tu mente y te das cuenta, con bastante dureza, de que lo que realmente echas de menos es una rutina sencilla, un hogar, un lugar fijo al que volver, una persona a la que aferrarte y pertenecer.
Francesca no sabe por qué demonios esa confesión tan íntima le provoca una punzada intensa en el pecho. Y tiene la extraña impresión de que no es del todo consciente de hasta qué punto, esa preciosa vulnerabilidad, la hace aún más atractiva ante sus ojos.
De repente, el sendero de montaña se estrecha de mala manera y el terreno se vuelve mucho más irregular, lleno de piedras sueltas.
—Oye, ten muchísimo cuidado por aquí —le advierte Francesca, deteniéndose y extendiendo una mano instintivamente hacia ella para que se sujete—. El terreno en esta zona suele resbalar una barbaridad.
—¿Pero qué ven mis ojos? ¿Acaso dudas de mis extraordinarias, magníficas y ocultas habilidades como montañera? —pregunta Verónica con orgullo fingido mientras levanta la barbilla con chulería.
Francesca la mira conteniendo la risa, divertida a más no poder.
—Muchísimo. Pero no te preocupes, que para tu tranquilidad estoy aquí yo para rescatarte si hace falta.
—Ah, ¿sí? Pues ahora verás. Voy a caminar como una auténtica profesional de la escalada para demostrarte lo sumamente equivocada que estás conmigo.
Verónica da dos pasos hacia delante, pero con el tercero, su pie derecho resbala sobre una piedra suelta y, aunque intenta mantener el equilibrio, termina perdiendo la batalla y se lleva una mano al tobillo con un gesto de dolor de lo más evidente.
—¡Maldita piedra!
Francesca se echa a reír en su cara, aunque inmediatamente se acerca a ella.
—Ni se te ocurra hacer una broma, te lo advierto —le suelta Verónica, anticipándose a su burla mientras aprieta los dientes.
—Te prometo que no diré nada —le asegura, arrodillándose delante de ella—. Pero venga, déjame ver ese tobillo, por favor.
—Que no es nada, de verdad, solo ha sido un pequeño y estúpido tropezón sin importancia —insiste Verónica con cabezonería, pero al intentar apoyar el pie en el suelo, le pega un calambre doloroso—.
Vale… de acuerdo. Admito que ha sido un poco más que un simple tropezón —termina por claudicar, dejándose caer sobre una roca plana del sendero.
Francesca se coloca frente a ella, pone la pierna de Verónica sobre su rodilla y sujeta su tobillo entre las manos. Nota la piel ardiendo y mientras lo palpa, ve que empieza a inflamarse un poco.
—Creo que solo es un esguince leve. No es grave, pero vas a tener que descansar un buen rato antes de moverte.
—Fantástico… —murmura Verónica con ironía—. La prestigiosa ejecutiva internacional derrotada y humillada por una piedra traicionera en mitad del Sendero de los Dioses. Qué vergüenza.
Francesca no puede evitar soltar una carcajada mientras levanta la vista para mirarla. Y ahí es cuando se le corta la respiración. Está observándola fijamente, muy cerca, demasiado cerca.
—Francesca… —murmura Verónica.
En ese instante siente que el corazón le empieza a latir con una fuerza desbocada, cuando no debería hacerlo. Al menos, no de esa manera.
—¿Sí? —consigue articular.
Verónica mueve una mano y con sus dedos, aparta un mechón de pelo de su cara.
Sabe que es una locura. Pero Francesca es incapaz de apartarse ni un solo milímetro. Verónica esboza una brevísima sonrisa. Y entonces, sin romper el contacto visual, acorta la escasa distancia que separa sus rostros y la besa.
Pero entonces, justo cuando se está derritiendo y se ve dispuesta a profundizar el beso, la fría realidad llega de golpe a su cerebro. «Ha venido a destrozar todo tu mundo. ¿Es que lo has olvidado?». Francesca se separa de golpe. Retrocede un paso, casi tropezando, y luego otro más.
Verónica tarda unos interminables segundos en abrir los ojos, saliendo del trance.
—Francesca… —empieza a decir.
Pero esta niega con la cabeza, dando otro paso atrás, intentando con todas sus fuerzas recuperar el aire en los pulmones y, sobre todo, la cordura que parece haber perdido en ese beso.
—No —la corta—. No vuelvas a hacer eso nunca más.