El sol bajo tu piel Capítulo 7 #2
28%

Capítulo 7 #2

—Gracias por el paseo, Verónica —dice Francesca, rompiendo la tranquilidad con un tono aterciopelado.

Verónica la mira de reojo, disfrutando de su perfil bajo la luz de la luna.

—¿Gracias por qué? ¿Por invitarte a un limoncello ?

Francesca niega.

—No, tonta. Gracias por acercarte a mi mesa. No era necesario que lo hicieras, pero… la verdad es que lo agradezco muchísimo.

—Bueno, es que no parecías estar pasando la mejor noche de tu vida —admite Verónica.

Francesca suspira profundamente, soltando el aire, y después, se detiene un momento en el sendero para acariciar con mimo una hoja de jazmín.

—Hay noches que… es mejor dejarlas pasar y olvidarlas cuanto antes. Matteo… es un hombre complicado. Siempre lo ha sido.

Verónica no pregunta más para no parecer una cotilla. Si quiere desahogarse con ella, ya lo hará. Los nervios provocan que tenga ganas de encenderse un cigarrillo. Pero en cuanto siguen caminando, se olvida por completo de ello.

Poco después, llegan a un pequeño mirador de piedra desde el que puede verse toda la costa Amalfitana iluminada como un árbol de Navidad. El mar parece un inmenso espejo negro y brillante salpicado por las luces lejanas de los barcos pesqueros.

—Dios mío, esto es precioso —murmura Verónica embobada, apoyándose en la barandilla de piedra.

Francesca apoya los antebrazos, imitando su postura y quedándose muy cerca de ella.

—Llevo viviendo aquí toda la vida y te prometo que nunca me acostumbro a estas vistas. Cada vez que vengo a este mirador, siento que el mundo se detiene y que mis problemas desaparecen.

Verónica la observa de reojo, embelesada con ella. La brisa marina le mueve juguetona algunos mechones de su pelo suelto. La rigidez y la tensión que siempre lleva instalada en los hombros parecen haberse disipado durante su paseo. Está más relajada y, maldita sea, mil veces más hermosa.

—Oye... ¿has visitado ya el famoso Sendero de los Dioses? —le pregunta Francesca, girando la cabeza hacia ella.

—Pues todavía no he tenido el placer, la verdad.

—Deberías hacerlo sin falta —le recomienda Francesca—. Desde ahí arriba, entenderás perfectamente por qué esta costa enamora a cualquiera que la pisa. Las vistas te dejan sin aliento, te lo aseguro.

Verónica sonríe, girándose por completo hacia ella para clavarle la mirada.

—A ver… ¿eso me lo estás diciendo en calidad de dueña de un hotel o con ganas de perderme de vista?

Francesca suelta una carcajada con ganas, un sonido claro y tan sumamente contagioso, que le calienta el pecho enseguida.

—Te lo digo como alguien que necesita caminar por la naturaleza cuando tiene la cabeza llena de grillos. Y últimamente, por tu culpa, no paran de sonar.

Sus palabras y la forma en que la mira carga el ambiente de un significado eléctrico y una tensión sexual que se puede acariciar con los dedos. O al menos, es así cómo lo siente Verónica.

—Pues tendremos que hacer esa ruta juntas —propone sin dudarlo un solo segundo, lanzándose a la piscina de cabeza.

—¿Tendremos?

—Bueno… piénsalo: tú te conoces el camino al dedillo y yo tengo un sentido de la orientación tan lamentable que me pierdo hasta en un pasillo recto —bromea Verónica—. Además, ya lo has dicho. Necesitas disfrutar de un día de montaña…

Francesca niega con la cabeza divertida, soltando una risita.

—Oye, pues visto así, si te pierdes por el monte sería un descanso para mí, la verdad —bromea.

—Lo sabía, eres malvada. Solo me soportas y eres amable conmigo porque estás tanteando el terreno para ver qué parte del trato puedo cambiar.

—No, no es exactamente por eso —responde Francesca.

Verónica arquea una ceja, intrigada.

—¿Ah, no? ¿Y por qué es entonces, si se puede saber?

La sonrisa de Francesca aparece despacio en sus labios. Una sonrisa luminosa, sincera y, sin duda, la más bonita que le ha visto en la cara desde que pisó el bendito hotel.

—Porque empiezo a creer que pasar tiempo contigo, es mucho más agradable de lo que pensaba al principio.

Verónica no sabe por qué esa simple frase consigue que su corazón se ponga a mil revoluciones por minuto.

Quizá sea porque ella también piensa exactamente lo mismo y porque, por primera vez en muchísimo tiempo en su estresante vida, siente que puede dar a descubrir a la Verónica que hay más allá de su puesto de trabajo.

Se quedan unos segundos paradas en el mirador, contemplando el mar en un silencio compartido que echa chispas.

—Pasado mañana tengo el día libre —comenta Francesca.

—¿Eso significa lo que creo?

—Significa que podemos ir a hacer esa ruta juntas. Si estás segura de querer aguantarme cuatro horas por el monte, claro.

Verónica siente una satisfacción y una alegría completamente infantiles que no se molesta lo más mínimo en ocultar, mostrando su mejor sonrisa.

—Perfecto. Te aseguro que no me perderé esa excursión por nada del mundo.

—Pero ojo, voy a poner una condición innegociable —añade Francesca sobre la marcha, levantando un dedo índice con un gesto de lo más juguetón y autoritario.

—A ver, dispara. Soy todo oídos.

—Nada de hablar de trabajo durante el tiempo que dure la ruta. ¿Trato hecho? No vas a llevarme a tu terreno tan fácilmente.

Verónica finge pensárselo, mordiéndose el labio inferior.

—Me estás pidiendo un sacrificio enorme para una adicta al trabajo como yo, pero venga… estoy dispuesta a pasar por el aro solo por ti.

Francesca le da un ligero, cariñoso y cómplice golpe con el hombro, riendo con ganas.

—Quién sabe, igual hasta descubres que disfrutas de la vida real sin tener un montón de informes delante.

—Quien sabe…