Capítulo 7
—Si lo llego a saber, me llevo una sombrilla —se dice Verónica a sí misma mientras se mira todo el cuerpo—. Madre mía, qué cuadro.
El sol de la Costa Amalfitana la ha acariciado durante horas y, convencida de poder caminar sin prisa por las callejuelas empedradas, perderse entre geranios de colores y detenerse cada pocos metros para contemplar un rincón distinto del mar…
ha conseguido que se olvide por completo de cuidarse un poco la piel.
Abre el grifo a tope, llenando sus manos, y se humedece la nuca con ganas.
El alivio es tan inmediato que se le escapa un gemido de placer; recorre con los dedos la piel enrojecida, notando cómo el frescor desciende por toda su espalda.
Siendo completamente sincera, hoy ha sido un día del todo improductivo desde el punto de vista de los intereses de la empresa, eso lo tiene muy claro.
Pero Verónica considera que sí ha sido útil para ella.
Porque ha aprendido una lección vital: que Amalfi no se visita con una guía turística en la mano.
Ha estado recorriendo su pintoresco puerto, ha probado un helado de limón gigante que probablemente arruine para siempre cualquier otro helado que vuelva a meterse en la boca, y se ha sentado durante casi una hora en las escalinatas de la catedral, como una lagartija, observando a la gente pasar.
Nadie, absolutamente nadie, parecía tener prisa por nada.
Y ahí es cuando le ha entrado el bajón y se ha preguntado: ¿cuánto tiempo hace que dejó de caminar por la calle sin mirar el dichoso reloj cada dos minutos? «Quizá demasiado tiempo».
Cuando por fin abandona la habitación para bajar a cenar, el perfume embriagador de los jazmines asciende con fuerza desde los jardines y el rumor del mar llega hasta los pasillos abiertos del hotel.
Verónica empieza a entender muy bien por qué tantos huéspedes repiten en este paraíso cada bendito verano.
Hay lugares mágicos que consiguen convencerte de que la vida real puede ser muchísimo más sencilla y que somos nosotros los que nos empeñamos en complicarla a base de agendas interminables, reuniones por Zoom y expectativas absurdas.
El restaurante al aire libre luce distinto a como se ve al mediodía.
De hecho, es un escenario de película. Sobre cada mantel blanco descansa una vela encendida que oscila suavemente, jugando con la brisa nocturna.
Un violinista de lo más inspirado interpreta melodías italianas tradicionales cerca de la terraza y ese sonido se mezcla con el murmullo de las conversaciones.
Verónica busca una mesa libre para una solitaria como ella mientras un camarero jovencito la saluda con una sonrisa de oreja a oreja.
Todavía le sorprende que todo el personal de este sitio recuerde quién es.
Está a punto de sentarse cuando, de repente ve que Francesca está cenando en una mesa apartada junto al jardín iluminado.
Y delante de ella; gracias a las fotos del dossier que le preparó la empresa antes de viajar, reconoce a Matteo, su marido.
«No pegan nada», piensa.
El tipo es elegante, no lo va a negar, va vestido con un traje que huele a dinero y destila esa seguridad propia de los hombres que están acostumbrados a que el mundo les dé la razón sin cuestionarles.
No tarda mucho en descubrir que es una cena de negocios y que los otros dos hombres que los acompañan, deben estar ahí por expresa petición de Matteo.
Francesca no se mueve en su posición; sostiene una copa de vino tinto entre las manos con una delicadeza exquisita, como si buscara un escudo, limitándose a asentir con la cabeza de vez en cuando con cara de circunstancias. «Se nota que no lo está disfrutando nada».
El camarero aparece de repente junto a su mesa y la saca de un plumazo de sus intensos pensamientos.
—¿Desea pedir la cena ya, signora? —le pregunta con una sonrisa.
Verónica aparta la mirada de Francesca con esfuerzo y respira hondo.
—Sí, por favor, gracias.
Mientras cena, intenta con todas sus fuerzas concentrarse en el risotto que tiene delante, que está cremoso, espectacular y perfumado con hierbas frescas.
Es una delicia, las cosas como son, pero su atención sigue escapándose hacia la misma mesa como si allí hubiera un imán.
En un momento dado, Matteo consulta su reloj con gesto impaciente y bastante maleducado, y da por finalizada la velada.
Los hombres se levantan. Él le dice algo breve y cortante a su mujer; que asiente sin mediar palabra, y se despide de ella dándole un beso frío en la mejilla.
No ve ni un gramo de ternura en ese gesto, ni siquiera esa clase de pequeños detalles tontos que suelen escaparse sin querer cuando dos personas se quieren de verdad y se mueren por estar juntas.
—Menudo panorama —murmura para sí misma. Y cuando ve que Francesca se queda sola, pide dos copas de limoncello bien frío y se acerca a su mesa con una sonrisa de lo más pícara en los labios.
—¿Se puede? —pregunta con descaro, deteniéndose justo al lado de su mesa.
Francesca levanta la cabeza, sobresaltada. La sorpresa y el desconcierto duran apenas un instante en sus imponentes ojos verdes. Después, para el absoluto deleite de Verónica, aparece en su rostro una expresión muchísimo más relajada y casi aliviada.
—Claro que puedes… Siéntate, por favor —le pide, señalando la silla vacía que acaba de dejar el soso de su marido.
Verónica deja una de las copitas frente a ella, mirándola a los ojos.
—He pensado que después de una cena… intensa, nunca viene mal un poco de ayuda.
Francesca observa el licor con una ceja arqueada y luego clava sus ojos verdes en los de la mujer, divertida.
—¿Estás intentando emborracharme para que firme el contrato tal y como tú me lo has presentado?
Verónica sonríe con un brillo travieso en los ojos y después, se lleva las manos a su pecho.
—¿De verdad crees que te haría esa jugarreta? ¿Por quién me tomas? —Verónica niega con la cabeza—. Te hice una promesa. Además, si fuera un soborno, habría traído chocolate negro, unas fresas y un delicioso champán.
«Dios… ¿pero qué coño te pasa?», se recrimina al darse cuenta de lo suelta que tiene la lengua.
El efecto Francesa Moretti, supone.
Una pequeña risa escapa de los labios de Francesca. Muy pequeña, sí, pero auténtica, y la verdad es que ese sonido le produce un cosquilleo inesperado por todo el cuerpo que le encanta.
—Oye, eso habría sido jugar muy sucio y con cierta… ventaja —se queja cruzándose de brazos.
—Lo sé. Por eso me he contenido y he optado por el plan B —asegura Verónica. Alza su copa de cristal con lentitud, desafiándola con la mirada—. ¿Dejamos el dichoso contrato a un lado por esta noche?
Francesca duda unos segundos, mordiéndose el labio y estudiándola con esa intensidad que la pone nerviosa. Finalmente, cede, sujeta su copa y la choca con la de Verónica.
—Tregua concedida.
Beben a la salud de la tregua. El limoncello frío deja un agradable, intenso y dulce calor en sus gargantas mientras el sabor fresco y puro del limón permanece largo rato en la boca.
—Madre mía, esto está delicioso —comenta Verónica, saboreándolo con un gemido de satisfacción.
Francesca asiente con orgullo y deja la copa vacía sobre el mantel.
—Lo prepara una familia del pueblo desde hace generaciones. Todo aquí parece llevar siglos existiendo, como si el tiempo se hubiera detenido a propósito para no estropearlo.
—Quizá por eso enamora a la gente —secunda Verónica—. Este lugar tiene una magia que se nota hasta en cada pequeño detalle.
Francesca la observa con curiosidad, ladeando la cabeza.
—¿Sabes qué pensé de ti cuando te vi en recepción?
—A ver, sorpréndeme —responde Francesca, inclinándose un poco sobre la mesa.
—Pensé que este hotel era demasiado bonito —dice Verónica en voz alta, «pero que aún lo era más su dueña», piensa para sí misma mientras mira a su alrededor y regresa a sus ojos—.
Y que el problema que tiene es que hace que el resto del mundo sea gris y aburrido cuando caminas por sus pasillos o te sientas a cenar justo aquí, rodeada de estos preciosos limoneros.
Durante unos largos segundos Francesca guarda silencio, mirándola como si sus palabras le hubieran tocado una fibra muy sensible y profunda. Después, un poco azorada, baja la vista hacia su copa vacía, jugando con el tallo.
—Mi abuelo siempre decía algo muy parecido a eso. Él repetía que los lugares con alma como este existen para recordarnos lo que importa en la vida y que siempre olvidamos.
La voz de Francesca cambia cuando pronuncia las palabras de su abuelo. A Verónica le encantaría interrogarla más sobre él y que le contara mil historias, pero decide ser prudente y no presionar el acelerador.
—Oye… ¿te apetece que demos un paseo? —propone de golpe, dejando que las palabras salgan disparadas de su boca antes de que su lado racional las pueda filtrar.
Francesca levanta una ceja con un gesto de lo más divertido y picante.
—¿A estas horas de la noche? ¿Es una propuesta indecente?
—Precisamente a estas horas es cuando mejor se está. —Verónica le sigue el juego con un guiño descarado—. Piénsalo: no hay trabajo, solo un jardín precioso e iluminado que merece ser disfrutado en buena compañía.
Francesca se queda pensándolo unos segundos, mordiéndose ligeramente el labio inferior; un gesto que de pronto despierta en Verónica unas ganas locas de besarla. Después deja la copa sobre la mesa con determinación y se levanta.
—De acuerdo. Vamos a dar ese paseo.
*
Caminan despacio, emparejadas, entre los senderos de piedra iluminados por pequeñas y románticas farolas.
La noche ha cubierto el hotel con una calma totalmente distinta, íntima y casi mágica.
Las fuentes de agua reflejan la luz de la luna y el aroma de las buganvillas es todavía más intenso y afrodisíaco que durante el día.
Ninguna de las dos habla durante un buen rato.
Y, curiosamente, ese silencio es extrañamente cómodo.
Como si el propio jardín hiciera el trabajo de cortejo por ellas.