El sol bajo tu piel Capítulo 6
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Capítulo 6

—No he venido aquí a destruir nada —afirma Verónica y después abre los brazos para señalar todo el entorno—. He venido a ver si hay alguna forma de que este paraíso perdure en el tiempo y crezca con fuerza sin perder ni un ápice de lo que lo hace único en el mundo.

—Pero sí has venido a cambiarlo —replica Francesca, reacia a dar su brazo a torcer.

—Cambiar no siempre significa perder. A veces, significa evolucionar y hacerse más fuerte para proteger precisamente lo que más amas en esta vida.

—¿Y quién demonios decide qué es lo que merece cambiar y qué no? ¿Tú? ¿O los tiburones que te han enviado?

Sus miradas se encuentran. Ninguna de las dos la aparta ni un milímetro. La brisa marina mueve traviesa una servilleta entre las carpetas olvidadas y el murmullo del restaurante se desvanece, como si las hubieran metido en una burbuja.

Entonces, cuando Francesca cree que van a saltar las chispas, sucede algo completamente inesperado que la deja sin respiración. Verónica suspira, cierra el informe y dice con tranquilidad:

—Hay algo que jamás conseguiríamos mejorar por mucho que mi empresa tome el control de este sitio.

Francesca frunce el ceño, completamente intrigada.

—¿El qué?

Verónica la mira fijamente, con una intensidad salvaje. Pero esta vez no mira a su alrededor, ni a las terrazas, ni al paisaje. La mira directamente a ella, a los ojos, y después baja la vista un segundo a sus labios.

—La manera tan mágica en que haces sentir a la gente en cuanto cruza la puerta. Esa calidez humana que no se puede fabricar con dinero. Lo tengo muy claro. Y por eso me convenciste de darte un tiempo para renegociar.

Francesca no dice nada. Es que, sencillamente, no puede.

—He visitado y evaluado hoteles infinitamente más grandes que este, con instalaciones de lujo y presupuestos desorbitados que te dejarían con la boca abierta. Pero te prometo que ninguno, absolutamente ninguno, ha conseguido que sienta lo que he sentido aquí.

Francesca traga saliva, sintiendo un nudo en la garganta y un calorcillo instalándose en su pecho.

—¿Y… qué es eso exactamente?

Verónica le sonríe, con una ternura infinita y tan bonita en los labios que la deja todavía más sin poder hablar.

—Que la gente deja de comportarse como simples clientes anodinos —le aclara, esbozando una sonrisa—. Sentirte como si formaras parte de una gran familia y es algo muy especial. Algo que tú creas, Francesca. Ni siquiera lo hace este paisaje idílico. Eres tú con tu esencia.

Francesca baja la vista al plato, conmovida y con el corazón dándole vuelcos de alegría muy a su pesar. «Dios mío, no esperaba escuchar un piropo tan hermoso en mi vida. Y mucho menos viniendo de quien se supone que es mi enemiga», le dice su conciencia.

—Vaya…

—Eso es lo más valioso de este lugar —responde Verónica, y jura que hay un brillo extraño, tierno y muy profundo en sus ojos—. Tú eres, sin duda, el mayor activo de este hotel.

Francesca levanta la cabeza de golpe.

—No… no digas eso, por favor.

—¿Por qué no puedo decirlo?

—Porque diciendo esta clase de cosas, consigues que me lo crea y que baje las defensas —admite Francesca, sosteniéndole la mirada con valentía—. Y sigo pensando lo mismo que cuando me dijiste quién eras.

—Solo estoy siendo honesta, Francesca. Creo que de eso no hay que convencerte a estas alturas —le dice Verónica.

En mitad del silencio, Francesca busca refugio en los documentos, extendiendo la mano hacia la mesa para romper el hechizo.

—Anda, sigamos con esto y dejémonos de charlas.

Verónica alarga la carpeta de los documentos para dársela y entonces, ocurre el desastre.

Sus dedos se rozan y el mundo se transforma en una película.

Una descarga eléctrica les recorre el cuerpo, desde la yema de los dedos hasta la nuca, erizándoles la piel.

Las dos mujeres levantan la mirada en el mismo momento.

Es una locura, pero ni siquiera son conscientes de que ambas siguen sujetando con fuerza la misma maldita carpeta, atrapadas en la mirada de la otra.

Hasta que, afortunadamente, un camarero aparece a su lado.

—Perdonen la interrupción…

Las dos sueltan el maldito documento con tanta rapidez y torpeza que la carpeta termina estampada contra el suelo de la terraza.

—¡Lo siento! —exclaman a la vez, con las mejillas encendidas como tomates.

Se miran, completamente azoradas, y vuelven a hablar exactamente al mismo tiempo en un coro ridículo.

—Tú primero…

—Habla tú…

La situación es tan rematadamente absurda y de comedia que, al final, acaban estallando en carcajadas. El pobre camarero deja la botella de agua sobre la mesa intentando disimular como puede.

Cuando por fin se aleja, ninguna de las dos sabe muy bien dónde mirar para no acabar ardiendo.

Francesca fija la vista en el informe, aunque las cifras bailan ante sus ojos.

Verónica, por su parte, juega distraídamente con el borde de su copa de vino, igual de nerviosa.

Pero es totalmente incapaz de concentrarse en el trabajo.

Todavía nota el calor abrasador que ha sentido en su piel, como una marca a fuego.

Carraspea y vuelve a hablar:

—Bueno… creo que… deberíamos seguir revisando los presupuestos si no queremos que se nos haga de noche. Aunque, si te soy completamente sincera, preferiría mil veces seguir hablando de pasta y de cómo consigues que este paraíso se sienta como un hogar para cualquiera.

Francesca asiente rápido, como un muñeco de feria articulado.

—Pues ya somos dos… —responde—. Pero no puedo permitirme perder más el tiempo.

Francesca se da cuenta de que las cifras que tienen delante, son infinitamente más sencillas de gestionar que intentar comprender por qué un simple contacto físico ha conseguido acelerar su corazón de una manera que hacía años que no experimentaba.

La imponente mujer sentada frente a ella sigue siendo la mayor amenaza para el futuro y la supervivencia de Il Fiore d'Amalfi tal y cómo lo ha conocido.

Pero por primera vez desde que pisó este hotel, empieza a sospechar que Verónica Silva está aquí para despertar emociones distintas en su marchito corazón.