El sol bajo tu piel Capítulo 5
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Capítulo 5

Francesca Moretti jamás habría pensado que terminaría compartiendo un almuerzo con la mujer que ha sido enviada por la multinacional hotelera que lleva semanas acosándola para convencerla de vender Il Fiore d'Amalfi, pero aquí está, sentada frente a ella bajo la idílica pérgola de buganvillas de la terraza principal, con el mar extendiéndose a su espalda y una montaña de informes financieros ocupando en la mesa mucho más espacio que los benditos platos.

El aroma embriagador de los limoneros se mezcla de forma deliciosa con la comida que se prepara en la cocina, mientras las buganvillas descienden juguetonas por los pilares de piedra, creando pequeñas manchas de un blanco vibrante que bailan con la brisa marina.

Verónica, concentrada, hojea uno de los dichosos balances y para su desgracia, se da cuenta de que esa visión de la mujer, le parece irritantemente atractiva y sexy.

Tiene el ceño fruncido, ese aire de mujer que sabe lo que hace, y un mechón rebelde que le cae una y otra vez sobre la cara.

Verónica se lo coloca detrás de la oreja con rapidez mientras toma varias notas.

No debería fijarse en esos detalles nimios, lo sabe, pero lleva diez minutos haciéndolo, devorándola con la mirada.

—¿Puedo hacerle una pregunta? —inquiere Verónica de pronto, levantando la mirada de golpe y cazándola in fraganti.

Francesca carraspea e intenta poner su mejor cara.

—Depende. Pero mejor vamos a tutearnos —responde la mujer al instante, entornando los ojos—. Estoy segura que tus preguntas no son gratuitas —replica Francesca, encogiéndose de hombros.

Verónica deja escapar una risa muy sensual que la toma por sorpresa y le eriza la piel de los brazos.

Es una risa natural, sin los artificios ni las caretas del mundo de los negocios.

Durante un bendito instante, Verónica deja de parecer la ejecutiva que llegó dispuesta a arrasar con todo hace un par de días y se convierte, simplemente, en una mujer de carne y hueso disfrutando de una buena conversación bajo el sol radiante de Amalfi.

—Te prometo que no siempre es así —le asegura.

—Pues todavía estoy esperando a que llegue la primera excepción —contesta Francesca, arqueando una ceja con descaro.

Verónica pasa una página del informe, torturándola un poquito, y clava sus ojos en el papel.

—A ver. Lo primero que quiero saber es… ¿por qué mantienes abiertas las tres villas del acantilado durante toda la temporada turística?

Francesca parpadea un par de veces, completamente sorprendida.

—Pues… porque forman parte del hotel y deben estar abiertas —replica sin más añadidos—. Vaya obviedad.

—Pero, según estos datos, apenas alcanzan un mísero cuarenta por ciento de ocupación —replica Verónica.

Francesca cruza los brazos sobre el pecho, adoptando una postura defensiva y sintiendo ese cosquilleo incómodo que siempre aparece cuando alguien de fuera viene a cuestionar decisiones.

—Esas villas son especiales, Verónica. Tienen su propia magia.

—No lo discuto —responde la mujer sin dejar de mirarla—. Pero, ¿por qué no reajustar la estrategia de marketing? ¿No crees que podrías optar alguna campaña que llamase más la atención de los posibles huéspedes?

Francesca siente cómo un nudo se instala en su interior dispuesto a batallar, pero, para su sorpresa, su tono no es agresivo ni prepotente. Parece realmente interesada, como si de verdad quisiera comprender lo que hay más allá de sus decisiones.

—Porque no todo en esta vida consiste en rellenar habitaciones a cualquier precio. Hay huéspedes fijos que reservan con nosotros únicamente porque saben que esas villas existen. Saber que están ahí les atrae y los enamora, aunque después terminen eligiendo un dormitorio más accesible.

Verónica frunce el ceño, pero sus ojos se quedan clavados en los suyos, atentos a cada uno de sus movimientos.

—Que estén ahí vacías, también acarrea gastos innecesarios, Francesca —responde, ahora sí, con más intensidad.

—Todo acarrea gastos —explica la mujer, y tamborilea los dedos sobre la mesa—. Pero esas villas, forman parte de la imagen del hotel. Lo hace idílico, perfecto para aquellos que quieran desaparecer del mundo durante unos días.

—Aunque seas incapaz de aumentar su ocupación…

—le recuerda Verónica sin apartar la mirada de sus ojos—.

Mira. No digo que debas cerrarlas, solo creo que deberías tener otra estrategia de ocupación solo para esas villas.

Llamar la atención de los huéspedes porque, si son tan maravillosas como dices, no sé por qué no están llenas todo el año. Es una pena.

Francesca la mira fijamente, entornando los ojos porque no sabe si está siendo irónica o la está vacilando.

—¿Una pena por qué?  —pregunta.

—Porque esas las cosas auténticas de un lugar, son las que más llaman la atención —responde Verónica con una sonrisa que le provoca un vuelco al corazón—.

Esas villas te harían ganar mucho dinero y tú lo estás desperdiciando porque no les entregas el valor que dices que tienen.

Ni siquiera las promocionas de forma especial.

Francesca la observa con muchísima cautela.

Desde luego, no esperaba una respuesta tan profunda de una mujer como ella.

Ni mucho menos, que se alejara de la estrategia que se supone que debía seguir.

En ese momento de tensión, un camarero se acerca y deja los platos sobre la mesa: un espectacular plato de pasta fresca con albahaca y tomates del propio huerto.

El olor hace que su estómago ruja y recuerde que apenas ha desayunado esta mañana.

Verónica hace a un lado los documentos y se lleva el primer bocado a la boca. Cierra los ojos un instante, saboreándolo con un deleite tan evidente, sensual y pasional que jura que le entran unos calores muy raros.

—Madre mía del amor hermoso… —susurra, soltando un gemido de placer.

Francesca sonríe de oreja a oreja.

—Bueno, imagino que eso quiere decir que te ha gustado —le dice.

Abre los ojos y la mira con una chispa de diversión y picardía bailando en sus pupilas.

—Creo que si como esto todos los días, necesitaré dos tallas más de ropa en cuanto llegue a España.

Francesca no puede evitar soltar una risa franca y con muchas ganas.

—Venga ya, no exageres tanto.

—Te prometo que no exagero nunca cuando hay pasta italiana de por medio —replica Verónica con seriedad fingida, comiéndose el plato con la mirada—. De hecho, ya estoy considerando mudarme a vivir aquí solo por estos tagliatelle . Franca, ¿me aceptarías como huésped permanente?

La frasecita y la forma en que se lo dice sorprende tanto a Francesca que vuelve a reír, esta vez con más espontaneidad.

Hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba de una maldita conversación de trabajo así de distendida, divertida y humana.

Ella la observa con una sonrisa embelesada, ladeando la cabeza con coquetería.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? —pregunta Francesca, con la sonrisa pegada en los labios y el corazón latiendo a toda prisa.

—Nada —responde Verónica, pero sus ojos brillan con cierta travesura—. Tienes cara de estar dándole vueltas a algo.

Francesca baja la vista a su propio plato para ocultar una sonrisa traicionera y juega con el tenedor.

—Solo imaginaba la reacción de tus superiores si te vieran declarándole tu amor a unos simples tagliatelle mientras repasas las finanzas del hotel.

Verónica se lleva una mano al pecho con dramatismo fingido.

—Perdona, pero eso no era una simple declaración de amor. Era una propuesta en toda regla —afirma Verónica con una convicción juguetona y un descaro que le encanta—. Debería sentirse muy halagada, signora.

Las dos sueltan una carcajada al unísono, compenetradas, como si se conocieran de toda la vida. Varias personas de las mesas de al lado vuelven la cabeza hacia ellas con curiosidad por el alboroto, y Francesca se da cuenta en ese instante de que hacía meses que no se reía así.

*

Poco después, la conversación vuelve a encauzarse hacia los malditos documentos, pero el ambiente ya ha cambiado; ahora hay una complicidad chispeante flotando en el aire. Verónica señala otra página con el dedo.

«Ya estamos. Se acabó la tregua y vuelve el tiburón», piensa Francesca.

—Venga, dispara —la invita Francesca.

—Creo que el margen de beneficio en el sector de restauración podría duplicarse y sin grandes esfuerzos económicos.

Francesca resopla.

— Mamma mia , otra vez con la misma cantinela…

—Escúchame primero antes de protestar, por favor —insiste Verónica, apoyando los codos sobre la mesa—.

No estoy diciendo que subas los precios a lo loco ni que cambies la esencia del lugar.

Pero podrías ofrecer experiencias exclusivas y privadas: catas de vinos al atardecer, cenas temáticas románticas en la terraza privada, talleres de cocina tradicional con el chef…

Hay una demanda brutal de eso, Francesca.

Mucha. Y encajaría de maravilla con el alma y el estilo de este lugar.

Francesca niega con la cabeza, aunque sus ideas no suenan tan descabelladas ni tan destructivas como esperaba en un principio.

—No quiero convertir mi hotel en un parque temático para millonarios excéntricos, Verónica. Il Fiore d'Amalfi es otra cosa.

—Pero si es que no estoy hablando de eso —responde la mujer—. Imagina una cena íntima y mágica para parejas, con vistas al mar, velas y música en directo. Nada estridente, nada hortera. Solo autenticidad y romanticismo italiano.

—Pues… dicho así no suena tan mal, pero lo parece cuando lo planteas desde el lado adquisitivo —murmura Francesca, removiendo la pasta en el plato.

Ella deja el tenedor sobre el plato, se cruza de brazos y la mira fijamente.

—¿Sabes cuál es el verdadero problema que tenemos aquí?

—A ver, ilumíname, por favor —contesta Francesca, imitando su gesto.

—Que cada vez que abro la boca para hacer una propuesta de mejora, crees que mi único objetivo en la vida es destruir tu hotel. Y te juro que no es así.