Capítulo 4
—Así que es usted… —suelta Francesca, sin rastro de sorpresa, pero con una decepción profunda y amarga que se abre paso en su pecho.
—Imagino que ya habrá oído hablar de mi compañía durante estos últimos meses —responde ella con pies de plomo, intentando por todos los medios aferrarse a su gastada máscara de profesionalidad.
Francesca se reclina sobre el respaldo de su silla y cruza los brazos, marcando las distancias y levantando una barrera invisible e infranqueable entre las dos.
—Llevo meses sufriendo el acoso de su empresa, señorita Silva…
—La cortesía y el azúcar desaparecen de su tono.
La mujer dulce que esta mañana le dio la bienvenida deja paso a otra completamente distinta.
Más firme, más orgullosa y, por qué no decirlo, desesperadamente vulnerable—.
¿Y todo esto…? —gesticula con rabia señalando las buganvillas y, con un movimiento amplio de la mano—.
¿Forma parte de algún plan maestro para ablandarme antes de colocarme el contrato?
Verónica parpadea un par de veces, completamente descolocada y ofendida.
—¿Cómo? ¡En absoluto! ¿¡Por quién me toma!?
—Se suele ser más hospitalario cuando uno no sabe que está siendo examinado por un inspector —añade Francesca con amargura.
Verónica entiende perfectamente que se sienta traicionada.
—No, escúcheme —niega con total sinceridad, dando un paso al frente para acortar la distancia—. Le juro que mi fascinación por su hotel es genuina. No formaba parte de ninguna estrategia verme atrapada por la belleza de este lugar.
—No me venga con cuentos ahora. —Francesca sacude la cabeza con energía, haciendo que su trenza oscura se mueva con rabia—.
Guardaba la esperanza de que fuese una de esas personas que se enamoran de este lugar verdaderamente.
No un buitre que está aquí para ponerle precio a mi casa, a mis recuerdos y a todo lo que mi familia ha levantado con sangre, sudor y lágrimas durante décadas.
El silencio se abre paso con fuerza. En el exterior, el canto de las cigarras llega amortiguado desde los jardines, mezclado con el murmullo lejano de las risas de los huéspedes ajenos al drama.
Dentro, en cambio, solo existe esa distancia insalvable que acaba de abrirse entre ellas, fría, dolorosa y llena de chispas.
—No he venido aquí con la intención de ponerle precio a nada, Francesca —insiste Verónica, buscando sus ojos—. He venido para conocer el hotel, para entender cómo funciona.
Francesca deja escapar una risa irónica y completamente desprovista de alegría.
—¿Está segura? —Se levanta de la silla y camina a grandes zancadas hasta el ventanal.
Las últimas luces del atardecer dibujan su silueta, un perfil tan hermoso que a Verónica le resulta muy difícil apartar la vista de ella—.
Porque si solo viene a conocer el hotel y su funcionamiento, no entiendo por qué su empresa lleva meses atosigándome.
¿Por qué tanto interés y tanta obsesión con un negocio que, a priori, no tiene tantas ganancias como cualquier otro de la costa?
—Porque estamos convencidos de que Il Fiore d’Amalfi tiene un potencial descomunal y que podemos ayudar a que evolucione —responde con honestidad.
—Este hotel es una joya —replica Francesca, girándose sobre sus talones para encararla—. Y le aseguro que su valor no se mide en un gráfico de beneficios.
—Pero podría crecer muchísimo más, Francesca. Con la inyección de capital adecuada, este sitio…
Francesca se gira por completo y clava sus ojos verdes directamente en los suyos, haciéndola tragar saliva.
—Siempre venís con el mismo catálogo de palabras vacías…
—Es el idioma del mercado y de los negocios, Francesca.
—No. Es vuestro idioma —espeta la mujer—.
Este lugar perteneció a mi abuelo antes que a mí.
Lo construyó él solito, piedra a piedra, con sus propias manos.
Mi abuela plantó personalmente cada uno de los limoneros que ha visto esta mañana al llegar, mimándolos como si fueran sus propios hijos.
Cada maldito rincón está cargado de historias, secretos, de un pedazo de mi vida.
¿De verdad se cree tan lista como para pensar que voy a vender todo eso solo porque una multinacional me ofrezca un cheque con muchos ceros?
¿Se cree que puede comprar el alma de las personas con tanta facilidad?
Verónica se queda callada, siendo incapaz de responder.
Cualquier réplica que tenga guardada en la recámara sonaría fría, artificial y estúpida en este momento.
En lugar de eso, se limita a observarla con atención.
Hay una diferencia abismal entre la mujer que conoció esta mañana y la que ve ahora, y saber que es la culpable de la tristeza y el pesar que brilla en sus ojos, le escuece de una forma que no se esperaba para nada.
—Creo que, nos guste o no, todos tenemos un precio para aquello que amamos… —le responde Verónica, y en cuanto las palabras salen de su boca le entran unas ganas locas de darse un bofetón por insensible.
Francesca la mira con desprecio y lástima, como si acabara de insultar gravemente la memoria de sus antepasados.
—Qué manera tan sumamente triste, gris y miserable de entender la vida. ¿De verdad vive así su día a día? ¿Valorándolo todo en términos de compraventa y comisiones?
—Es realismo y experiencia, Francesca. He visto caer hoteles maravillosos e históricos por el simple hecho de no querer adaptarse a los nuevos tiempos.
—No, no se equivoque —insiste Francesca dando un paso decidido hacia ella, desafiante—. Usted ha renunciado a creer que existen cosas en este mundo que valen muchísimo más que todo el dinero existente en el mundo.
—Mire, no he cruzado media Europa para ponerme a discutir con usted. Solo he venido a ofrecerle una última oportunidad.
—Pues ha elegido el momento incorrecto —responde Francesca—. Porque no tengo el más mínimo interés en hablar con usted. Buenas noches, señora Silva. Que tenga un buen viaje de vuelta. Jamás en la vida venderé el alma de este lugar, métaselo en la cabeza.
Antes de que pueda marcharse por el pasillo. Verónica piensa rápido y abre la boca sin pensárselo dos veces.
—Espere un momento… de verdad —le pide, y cuando la mujer la mira, siente el calor de su mirada recorriéndole la piel—.
No quiero que tome ninguna decisión precipitada.
Solo… le propongo un trato, un reto más bien.
Permítame quedarme aquí durante las próximas dos semanas.
Quiero estar aquí como una observadora más.
Quiero conocer cómo funciona Il Fiore d’Amalfi desde las tripas.
Hablar con su equipo, entender la filosofía de trabajo, analizar vuestras fortalezas…
y también vuestras debilidades, que seguro que las hay.
Quiero escuchar esas historias que tanto se cuentan por ahí, ver los amaneceres y probar cada plato que sale de vuestra cocina.
Ver si es verdad que este sitio tiene futuro —puntualiza Verónica—.
Durante el proceso veré cómo podemos ir cambiando el trato y nos sentaremos para trazar otra ruta.
Y si después de eso sigue pensando que la absorción es el peor error de su vida, le doy mi palabra de que me marcharé a España sin molestarla más.
Francesca la observa fijamente, sin pestañear un solo segundo, estudiándole la expresión como si intentara leerle el alma para ver dónde está el truco.
—¿Sabe qué es lo que pasa, señorita Silva?
Que usted mira este hotel como si fuera una simple operación financiera en una pantalla de ordenador.
Yo, en cambio, lo veo como el lugar donde di mis primeros pasos, donde lloré mis primeras penas y donde he celebrado mis mayores alegrías.
El sitio donde mi abuela me enseñó a hacer la mejor limonada de la costa y mi abuelo me contaba leyendas bajo las estrellas.
—Precisamente por esa misma razón necesito quedarme, Francesca —responde Verónica—. Porque todavía no logro entender esa postura de ver cómo esto… se cae pedazo a pedazo. Y quiero hacerlo. De verdad.
A pesar de saber que es un error garrafal. Francesca suspira profundamente, soltando el aire, y se pasa una mano por su frente.
—Dos semanas. Ni un solo día más.
Verónica asiente con la cabeza, saboreando el triunfo.
—Muchas gracias.
—Y después de eso desaparecerá de mi hotel para siempre. —Francesca esboza esa sonrisa sincera que le ha conocido horas atrás—. Me muero de ganas de que vea con sus propios ojos por qué jamás en la vida conseguirán comprar Il Fiore d’Amalfi.