El sol bajo tu piel Capítulo 3
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Capítulo 3

Verónica Silva está sentada junto al ventanal de su habitación, observando cómo el sol juega al escondite tras los acantilados.

El mar adquiere un tono cobrizo alucinante que tiñe las olas con unos reflejos dorados y anaranjados, mientras la terraza de abajo se va llenando de huéspedes.

Nunca, en todos sus años de carrera, se había sentido tan acogida en un hotel, y la verdad es que eso la desconcierta.

La cesta de bienvenida sigue ahí; un pequeño cesto de mimbre cuidadosamente preparado, con limones confitados, una botella de vino blanco de la casa sudando frío, una botellita de aceite de oliva elaborado en la propia finca y una nota manuscrita con una letra elegante y firme.

«Espero que Il Fiore d’Amalfi consiga hacerla sentir en casa durante su estancia.»

Las buganvillas blancas descansan justo al lado de la nota, todavía frescas, llenando de vida toda la habitación.

Sonríe como una boba sin querer, un gesto espontáneo.

¿Quién demonios regala flores a una huésped a las primeras de cambio?

«Francesca Moretti, al parecer; una italiana que sabe muy bien cómo jugar sus cartas».

Verónica coge el pequeño ramo con una mano, disfrutando del tacto suave de los pétalos, y sujeta su maletín con la otra. «En fin. Se acabó el recreo», se dice. Es hora de dejar de ser la turista fascinada por el encanto de un hotel de cuento de hadas.

El despacho privado de Francesca se encuentra justo al final de un pasillo silencioso y apartado, lejos del bullicio del restaurante, tras una imponente puerta de madera de olivo. Verónica respira hondo, coloca los hombros en posición de ataque y llama con los nudillos.

—Adelante —responde Francesca desde el interior.

Verónica abre la puerta. El despacho es exactamente como se lo había imaginado: nada de muebles de diseño ostentosos, ni premios pretenciosos ocupando paredes enteras para impresionar a las visitas.

Solo una gran librería de madera maciza repleta de álbumes antiguos, planos detallados del hotel, fotografías familiares en blanco y negro, y un enorme ventanal desde el que se divisa el jardín principal en todo su esplendor, con sus senderos de gravilla y sus limoneros.

Francesca levanta la cabeza de un montón de documentos que estaba revisando con el ceño fruncido.

Al verla entrar, una sonrisa instantánea le ilumina el rostro.

Sus ojos, de ese verde profundo y sereno, se posan primero sobre las buganvillas que lleva bien agarradas entre las manos y después suben lentamente por su cuerpo hasta detenerse en su rostro, permaneciendo ahí durante un segundo más.

—Veo que mis flores han sobrevivido al paseo y al bochorno —comenta la mujer.

Verónica no puede evitar devolverle la sonrisa, percibiendo como un sofocón inesperado le sube por el cuello a la velocidad de la luz. «Sí, definitivamente son sus ojos».

—Son preciosas. Me han hecho compañía mientras me instalaba.

Francesca deja la pluma estilográfica sobre la mesa, se echa hacia atrás y se reclina ligeramente en su silla, sin quitarle los ojos de encima.

—¿De verdad le han gustado? —pregunta, y en el fondo de sus pupilas brilla una satisfacción tan genuina como maravillosa.

Verónica mira el ramo, rozando uno de los pétalos con la yema del dedo índice de forma casi inconsciente.

—Muchísimo. Le prometo que jamás en la vida me habían recibido con este tacto en ningún hotel del mundo. Es un detalle precioso que habla de la verdadera esencia de este lugar y de cómo os volcáis en cuidar cada pequeño momento para que sea inolvidable.

La expresión de Francesca se ilumina un poco más al escuchar sus palabras. Es una sonrisa que transforma la cara de la mujer y que hace que su respiración y su pulso se vuelvan locos por un instante.

—Me alegro. Quería que su primera impresión fuera algo completamente especial, Verónica.

En ese momento se instala un breve silencio en el despacho, cargado de ese magnetismo que le eriza la piel. Francesca cree que está aquí para agradecerle las flores, el vino y los dulces. Y ojalá fuera así. Sería mil veces más fácil y menos duro.

Pronto, Verónica deja las flores en una esquina de su escritorio con cuidado, como si tuviera miedo de romperlas. Después, apoya su maletín sobre la mesa y lo abre. Francesca frunce ligeramente el ceño, arqueando una ceja.

Verónica saca una carpeta de piel con el logotipo dorado de su compañía y respira hondo para llenarse de valor. Cuando vuelve a levantar la vista para mirarla a los ojos, ella ya no sonríe. Su mirada se ha endurecido, transformándose en dos témpanos de hielo.

—Señora Moretti… —empieza Verónica, aclarándose la garganta porque nota que le falta el aire.

Por primera vez en toda su carrera, siente que las palabras se le atragantan en la garganta—.

Permítame que me presente correctamente.

Mi nombre es Verónica Silva. Soy la representante oficial del departamento internacional de desarrollo y adquisiciones de la cadena…

No le da tiempo a terminar. Tampoco es que haga falta ser un genio para adivinar el final.

El color desaparece de forma paulatina del rostro de Francesca, dejándola pálida.

Sus pupilas se contraen y la calidez desbordante de hace apenas unos segundos se convierte en una frialdad tan cortante e inmediata que jura que puede sentir cómo se derrumba a su alrededor.