El sol bajo tu piel Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Esta vez el milagro ocurre: el hombre levanta la cabeza. Pero, claro, no para sonreír. Le clava una expresión seria, fría y calculadora que le hiela la sangre.

—¿Quieres que te diga cuál es el verdadero problema, Francesca?

—Por favor, ilústrame. Estoy que me muero de ganas de oír tu brillante diagnóstico —le responde ella con un tono falsamente dulce.

Matteo se acomoda en la silla, aparta el plano, cruza los brazos y la mira fijamente a los ojos, como el profesor que regaña a una alumna tonta.

—Confundes el hecho de llenar habitaciones y tener cuatro reservas de tres al cuarto con poseer un negocio sólido y de futuro. Te aferras a la maldita tradición y al sentimentalismo como si eso fuera a pagarte las facturas.

Francesca aprieta los labios con tanta fuerza que casi se hace daño, clavándole la mirada.

—El hotel de mi abuelo lleva décadas siendo rentable, Matteo. No es solo una bonita tradición para nostálgicos; es historia, es identidad, es alma pura. Y eso sigue valiendo una fortuna, aunque hayamos tenido un bache de reservas por culpa de la crisis.

—Sobrevivirá a duras penas… hasta que el mercado actual termine por hundirlo y devorárselo —replica él con una frialdad que le escuece en el alma.

«Sobrevivir. Qué palabra tan sumamente fea, gris y reduccionista. Joder.»

—Nosotros no sobrevivimos como si fuéramos ratas, Matteo. Nosotros vivimos —le espeta Francesca, inclinándose hacia delante, con los ojos echando chispas—. El hotel vive, respira y hace rabiosamente felices a las personas que cruzan ese portón. ¿Es que ahora estás ciego?

Él deja caer las manos sobre la mesa con fuerza, sobresaltándola.

—Francesca, baja de las nubes de una vez.

Ese hotel necesita una inversión millonaria e inmediata si quiere estar a la altura de la competencia.

Lo sabes tú, lo sé yo y lo sabe cualquiera con dos dedos de frente.

Las instalaciones se están quedando obsoletas.

La competencia está construyendo spas futuristas de última generación, villas inteligentes con puertos privados para yates.

Y tú… tú sigues presumiendo de tus limoneros y tus buganvillas como si fueran diamantes. ¡Maldita sea, despierta de una vez!

«Qué poco me conoce».

—Pues qué curioso, Matteo. Porque la gente rica sigue viniendo y pagando una fortuna precisamente por ellos. Por la autenticidad, por el olor a limón, por el rumor del mar y por sentir que están en un rincón con alma y no en una caja de zapatos moderna y prefabricada.

Sus palabras parecen irritarlo todavía más, alterando su postura perfecta. Matteo se inclina hacia ella sobre la mesa.

—Es que no entiendes absolutamente nada de cómo funciona el mundo de los negocios actual, Francesca. Ni un ápice.

—Pues venga, explícamelo tú, gran gurú de la economía. Soy toda oídos, sorpréndeme —le reta Francesca.

—Esa multinacional hotelera te ha puesto sobre la mesa una oferta de absorción que cualquier empresario cuerdo aceptaría con los ojos cerrados y dando palmas —le echa en cara Matteo, gesticulando con frustración—.

Es dinero más que suficiente para que le dejes la dirección a otros, te pegues la gran vida, sin una sola preocupación, el resto de tus días. ¿A qué coño estás esperando?

Y ahí está el tema que lleva sobre la mesa desde hace meses. La puta oferta. Siempre la dichosa oferta. Como si unos cuantos ceros en una cuenta corriente fueran capaces de borrar de un plumazo toda una vida de recuerdos, sudor y amor.

—Que no quiero hacerlo, Matteo. Métetelo en la cabeza. Es mi herencia, es mi puñetero hogar y es la historia de mi familia.

—No es que no quieras, es que no quieres aceptar que estás al borde del abismo, que no es lo mismo —insiste él, endureciendo el gesto—.

El hotel sigue en pie de milagro, pero ¿qué vas a hacer cuando la magia no baste?

¿Cuánto tiempo vas a aguantar así? ¿Cinco años?

¿Diez? ¿Hasta que aparezca un resort más moderno a la vuelta de la esquina y te robe hasta el último cliente?

Francesca baja la mirada hacia su copa, incapaz de seguir con la conversación.

Las burbujas ascienden lentamente hasta la superficie, igual que sus recuerdos, que afloran en tropel en su mente sin que pueda contenerlos.

Su abuelo enseñándole a podar los rosales bajo el sol.

Su abuela horneando esas deliciosas tartas de limón cuyo olor inundaba los pasillos.

Las carreras descalza, con las rodillas raspadas, por los jardines al atardecer.

Las noches eternas viendo el mar desde el embarcadero, soñando con un futuro precioso que ahora, viendo al hombre que tiene enfrente, le parece horroroso.

Toda su puta infancia y su esencia viven dentro de esas paredes de piedra clara.

¿Cómo narices le puede explicar al que se supone que debe ser su gran apoyo, que no está defendiendo un simple edificio de ladrillos?

Que lo que está intentando proteger con uñas y dientes es su hogar, su propia identidad.

—No todo en esta vida puede medirse con un fajo de billetes, Matteo. Hay cosas que valen muchísimo más.

Él deja escapar una risa seca, sin pizca de gracia.

—Claro, eso es muy fácil de decir para alguien que lo ha heredado todo y nunca ha tenido que levantar un imperio financiero desde cero con su propio esfuerzo.

—¿Y tú lo has levantado solito? Porque, que yo recuerde, fue tu padre el que te soltó el capital inicial y te puso el despacho, ¿no?

Durante un instante idílico, sus ojos destellan con una rabia brutal. Le ha dado a Matteo justo donde más le duele, en su enorme ego. Pero es un profesional de la apariencia y enseguida recupera su máscara de hielo.

—No conviertas esto en algo personal, Francesca. Sé profesional por una vez.

La mujer no puede evitar soltar una sonrisa amarga, cargada de desprecio.

—¿Que no lo convierta en algo personal? Matteo, estamos hablando de la casa donde di mis primeros pasos, donde me crie y donde aprendí lo que significa amar un lugar con todo el corazón. ¿Cómo narices no va a ser personal para mí?

—Estamos hablando de un activo financiero, Francesca —insiste él.

Activo. Ni siquiera ha dicho «hotel». Ha dicho activo. En ese preciso instante se da cuenta de que hace ya muchísimo tiempo que Matteo dejó de ver Il Fiore d’Amalfi como ella lo ve. Y lo que es peor… quizá también dejó de verla a ella como la mujer de su vida.

El camarero llega y sirve la comida. Ninguno de los dos abre la boca durante los siguientes minutos.

A su alrededor, el mundo sigue girando: la gente ríe en otras mesas, brinda con vino y conversa con animación.

Ellos dos, en cambio, parecen dos completos desconocidos obligados por contrato a compartir un almuerzo incómodo.

—Deberías empezar a pensar seriamente en tu futuro, Francesca —suelta él, limpiándose los labios con la servilleta de tela.

Francesca levanta la vista del plato, con desgana.

—¿Y cuál es ese futuro tan maravilloso según tus cálculos?

—Aceptar la oferta de una puñetera vez. Viajar por el mundo. Comprartir un piso señorial en Milán o en Roma. Olvidarte para siempre de esta maldita carga y empezar de nuevo. Podríamos incluso… nosotros dos…

—Carga… Vaya manera de decirlo —lo interrumpe Francesca—.

Mira el mar, Matteo. Gira la cabeza y míralo.

Es el mismo mar que yo contemplaba desde los brazos de mi abuelo cuando apenas sabía caminar.

El mismo mar que me vio enamorarme de este rincón del mundo muchísimo antes de que supiera qué significaba esa palabra.

No. No es una carga. Es mi vida, Matteo.

Es lo que soy. Y no pienso renunciar a ello solo porque un tipo trajeado me ofrezca un cheque en blanco.