Capítulo 2
Hay días en los que el hotel respira con Francesca y otros, la verdad, en los que siente que es ella la que tiene que respirar por él.
Francesca Moretti apoya las manos sobre la barandilla de la terraza que rodea el vestíbulo y clava la mirada en el jardín principal, tratando de llenarse los pulmones de paz.
El sol de mediodía cae con una generosidad pecaminosa sobre los limoneros, arrancando destellos dorados a las hojas.
Desde su atalaya, escucha el tintineo cristalino de unas copas en el restaurante y las risas espontáneas de una pareja francesa que acaba de instalarse en una de las suites.
A juzgar por el tono de los gritos de ella, el viaje les está sentando de maravilla.
Todo parece idílico, de postal, pero la cruda realidad es que lleva toda la mañana con una opresión en el pecho que no consigue sacudirse de encima.
Baja la vista hacia el libro de reservas, tamborileando los dedos de forma nerviosa sobre las hojas mientras revisa con lentitud las anotaciones.
«Menos mal que, después de unos meses terroríficos en los que por los pasillos solo corría el aire, podemos presumir por fin de estar al cincuenta por ciento de ocupación.
Algo es algo. Mi abuelo estaría orgulloso y se tomaría un limoncello a mi salud».
Ese último pensamiento le arranca una sonrisa fugaz que le alivia un poco el estrés.
Aún recuerda perfectamente verlo trabajar la tierra de los jardines con sus propias manos, con el sombrero de paja ladeado, y el sonido de su voz ronca al repetirle que un hotel de verdad no se mide jamás por el número de estrellas doradas que cuelgan en la entrada, sino por la cantidad de personas que, al marcharse, ya están deseando regresar.
«La memoria y el cariño valen más que el mármol más caro del mundo, piccolina.»
Ella apenas levantaba un metro del suelo cuando el hombre le repetía aquella frase mirándola por encima de sus gafas de leer, con un cariño infinito que se le quedó sellado.
Ahora, Francesca, sigue creyendo en sus palabras con toda su alma, aunque, por desgracia, cada vez parezca importarle menos a las personas que la rodean.
—¿Francesca? ¿Estás conmigo o no?
La mujer levanta la cabeza de golpe, parpadeando. Chiara la observa con esa expresión atenta, divertida y cariñosa que siempre consigue reconfortarla en sus peores días.
—¿Eh? Sí, dime, que me he quedado pensando en mis cosas.
—Los señores Wilson preguntan, por vigésima vez, si sería posible organizarles una cena privada esta noche junto al embarcadero —comenta Chiara, entornando los ojos con simpatía—. Quieren algo muy especial y romántico, ya sabes: velas, música y que no haya niños cerca.
Francesca sonríe con auténtica calidez, apoyando los codos en la barandilla y asintiendo.
—Claro que sí, diles que por supuesto. Coméntales que el chef les puede preparar esa lubina a la sal que tanto los volvió locos el año pasado y que del vino me encargo yo personalmente. Les voy a bajar una joyita de la bodega.
Chiara anota la indicación con la rapidez de un rayo y le dedica un guiño.
—Perfecto. Ah, también ha llegado la representante de la empresa de vinos de Ravello. Trae unas muestras de tintos que, según dice, te va a reavivar el corazón.
—Estupendo. Dile que estaré con ella a las seis en punto en la terraza superior. Prepararemos una cata tranquila, a ver si me convence.
—Y… —Chiara arquea una ceja de lo más sugerente, clavando una sonrisa maliciosa en su rostro—. La nueva huésped, la española… Vaya, parece que está encantada con el hotel. No para de recorrer cada rincón, como si estuviera descubriendo un tesoro o algo así.
Francesca sabe exactamente a quién se refiere y se fijó en cómo quería arrancarle el alma al lugar antes de permitirse el lujo de disfrutarlo plenamente. Un bicho raro de los que ya no quedan.
Aun así… Hubo un instante en el que el tiempo se detuvo, en el que Verónica dejó de mirar las paredes del hotel para poner su atención directamente en ella.
Sus ojos se fijaron en los suyos con una intensidad tan jodidamente interrogante que sintió un leve y abrasador cosquilleo en la nuca que todavía, horas después, le tiene revolucionadas.
Francesca sacude la cabeza con energía, soltando un bufido para apartar ese recuerdo tan ridículo. «Madre mía, Francesca, pareces una colegiala. Te recuerdo que estás casada ¿Por qué sigues dándole vueltas?»
—¿Francesca? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —insiste Chiara moviendo su mano frente a sus ojos, sacándola a empujones de sus fogosas cavilaciones.
—¿Qué? ¡Sí! Perdona, Chiara, dime.
Chiara niega con la cabeza, aguantándose la risa de mala manera.
—Hace un rato que te he preguntado si quieres que le preparemos la cesta de bienvenida para su habitación. A la española, me refiero.
Francesca parpadea un par de veces, recolocándose el pelo tras la oreja y tratando de recuperar su dignidad perdida.
—Ah… sí, claro. Ponle los limones confitados que hace la madre de Luca, una botella del vino blanco de la casa bien fría y unas flores frescas.
—¿Le pongo unas rosas blancas? —sugiere Chiara.
Francesca niega, mordiéndose el labio inferior mientras visualiza el detalle perfecto para esos ojos color miel.
—No, rosas no. Demasiado típico —piensa unos segundos, relamiéndose—. Ponle buganvillas. Sí, de las que crecen junto a la pérgola. Tienen más carácter.
—Son preciosas, la verdad —responde Chiara con sonrisita.
—Como todo este hotel —murmura Francesca.
Después, mira de reojo el reloj de pulsera. Las doce y cincuenta. «Fantástico, se acabó la tregua y toca bajarse a la arena».
Francesca recoge el bolso del despacho, se despide de Chiara lanzándole un beso al aire y abandona el edificio por la entrada principal.
El restaurante donde ha cometido el error de quedar a comer con Matteo, su marido, está a cinco minutos caminando, justo al lado del puerto.
Durante el trayecto, el ambiente marinero la espabila: saluda a varios vecinos que la han visto crecer, correr descalza y caerse de los árboles.
Una anciana encantadora le planta en la mano un melocotón recién cogido con una sonrisa desdentada y le desea un buon giorno; mientras que Juan, uno de los pescadores más veteranos de la zona, levanta el brazo desde su barca amarrada y le suelta un piropo cariñoso de los suyos.
Todo en Amalfi sigue exactamente igual que siempre, congelado en su belleza.
Excepto ella, claro, que camina cargando con el peso muerto de unas decisiones financieras que cada día se le hacen más insoportables y pesadas.
Cuando entra en el restaurante, divisa a Matteo sentado en la mesa de la esquina. Cómo no. Puntual como un maldito reloj. Nunca llega tarde, nunca improvisa, nunca despeina su tupé perfecto y, por supuesto, jamás en la vida la sorprende con nada. Es un aburrimiento de hombre.
Levanta la vista apenas un milímetro cuando nota su sombra, la repasa con una mirada y asiente con la cabeza mientras consulta su cronómetro.
—Has tardado un poco, ¿no?
Franscesca mira su reloj con esa parsimonia que sabe que le desquicia. Falta exactamente un minuto para la una.
—Buenas tardes para ti también, Matteo. Yo estoy estupendamente, gracias por preguntar —le suelta con ironía, sentándose frente a él.
Él ignora su puyita y vuelve inmediatamente la atención al plano enorme que tiene desplegado sobre la mesa, devorándolo con los ojos.
Reconoce el proyecto al instante: un complejo residencial de lujo.
Todo de cristal, hormigón, líneas rectas y agresivas.
Vamos, un horror impecablemente frío, distante y sin una pizca de personalidad.
Francesca se sienta, cruza las piernas con toda la elegancia de la que es capaz y coloca su bolso en el regazo. Su camarero de confianza se acerca al segundo, aliviando la tensión.
—¿Le servimos lo de siempre, signora Francesca?
La mujer le dedica su mejor sonrisa, agradecida por la interrupción.
—Por favor. Y trae un poco de ese pan crujiente con aceite que hacéis vosotros, que vengo muerta de hambre.
Matteo, sin dignarse a levantar la barbilla del papel, carraspea.
—Para mí lo mismo.
Y el silencio más absoluto y pesado se instala entre ellos con la misma maldita facilidad con la que años atrás se instalaban las conversaciones apasionadas, las risas y los proyectos de un futuro juntos.
Hubo una época, aunque a Francesca le cueste creerlo, en la que ese hombre le hablaba de edificios con la ilusión desbordante de quien construye mundos enteros para los dos. Ahora… ahora solo sabe hablar de cifras, fondos de inversión, ratios de rentabilidad y estatus social.
Marco deja la botella de agua con gas sobre la mesa con una discreción que es de agradecer.
—Pues hoy hemos conseguido llenar la mitad de las habitaciones del hotel —comenta Francesca por romper el hielo, sin saber muy bien por qué busca su aprobación.
Quizá porque, en los viejos tiempos, esto habría sido una fiesta que celebrarían brindando con un buen vino y haciendo planes locos en la cama.
Matteo responde con un monosílabo seco, plano, sin apartar los ojos de su bendito plano.
—Bien.
Francesca espera a que añada algo más, un «me alegro, Franca», un gesto, una mirada. Nada. Cero patatero. Dios, a veces le hubiera gustado no haberse cruzado con este hombre y sí vivir las aventuras que le ofreció Pamela años atrás. Pero dicen que el amor es ciego ¿no?
—También nos han reservado una boda para el mes de septiembre —insiste Francesca, apretando los labios—. La pareja es encantadora, unos chicos de Milán. Tienen muchísima ilusión por celebrar su amor en nuestros jardines.
—Ajá.
«¿Es que le han extirpado el corazón o qué le pasa?»
—Y una empresa estadounidense bastante potente quiere cerrar el hotel entero para una convención privada el próximo mes. Sería un empujón económico brutal para preparar la temporada de invierno, Matteo. Nos quitaríamos bastantes problemas de encima.