El sol bajo tu piel Capítulo 1
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El sol bajo tu piel

El sol bajo tu piel

Por Esther Durand

© inepub.com

Capítulo 1

Verónica Silva lleva una vida pensando que existen dos clases de hoteles. Aquellos que intentan impresionarla con artificios y los que consiguen hacerla olvidar el mundo. Il Fiore d'Amalfi pertenece, sin ninguna duda, a la segunda categoría.

Apenas cruza el portón de piedra blanca, un delicioso aroma a limones la envuelve y le arranca una sonrisa de oreja a oreja que se le queda anclada a las mejillas.

No es esa clase de perfume artificial y barato que emplean muchos hoteles pretenciosos para convencerla de que se encuentra en un lugar exclusivo.

No, señor. Este lugar huele a verano de verdad, a flores recién abiertas, a diversión, a pecado y a desconexión absoluta.

Huele a esa clase de rincones mágicos que siguen en pie porque son auténticos.

Se toma unos segundos para observar todo a su alrededor, aunque su chip profesional le grita que es una pérdida de tiempo.

Tiene una agenda rígidamente planificada con la que cumplir, un informe preliminar al que dar forma y una reunión con la propietaria en cuestión de unas horas.

No debería quedarse embobada contemplando los jardines como una turista palurda, pero le da exactamente igual; cierra los ojos y aspira una bocanada de ese aire, dejando que el aroma invada su interior y le resetee los pulmones.

Delante de ella se abre paso un sendero empedrado, bordeado por buganvillas blancas que trepan salvajes por las paredes de piedra del edificio.

El mar se asoma al fondo, tan inmenso, azul y brillante que parece plagado de diamantes flotantes.

Definitivamente, las imágenes que había visto no le hacen justicia a esto; lo que tiene ante sus ojos es una jodida maravilla.

Ha visitado decenas de hoteles a lo largo de su vida por culpa de su profesión.

Ha recorrido complejos mastodónticos donde cada milímetro está diseñado por arquitectos y decoradores de fama mundial con más ego que talento.

Aquí no hay nada de esa frialdad prefabricada, y precisamente por eso el lugar desborda una vitalidad que asusta.

Está vivo. Y eso, maldita sea, es un problema enorme para ella, porque los hoteles con alma son los más difíciles de comprar.

Intenta vestirse con su profesionalidad habitual y se sacude las ideas románticas de la cabeza.

«Espabila, Verónica». Está aquí porque la cadena es perfectamente consciente de la gallina de los huevos de oro que es este lugar, un histórico que hace años lideraba las reservas de gran lujo en la costa.

Los huéspedes que pisaban este suelo repetían y repetían año tras año hasta el cansancio.

Ahora el negocio sufre un bache financiero, la oportunidad perfecta para atacar.

Arrastra su maleta mientras el sonido cantarín de una fuente de piedra acompaña cada uno de sus pasos.

No hay música chill-out de fondo, ni recepcionistas estirados y uniformados vigilándola con la mirada.

Solo el rumor del agua, el canto lejano de algunas gaviotas y el mar respirando a pocos metros de distancia.

«Qué manera tan elegante de ser recibida», piensa, francamente impresionada.

Cuando llega a la entrada principal descubre una fachada de piedra clara cubierta por un manto de jazmines blancos.

Las imponentes puertas de madera permanecen abiertas de par en par, invitando a cualquiera que pase por allí a entrar y perderse.

Una vez que cruza el umbral, sus ojos se mueven con la rapidez de un lince hasta que chocan, de golpe, con una mujer.

Y ahí, durante lo que considera un segundo muy mal contado, el maldito mundo decide ralentizarse.

Está de espaldas a ella, ligeramente inclinada sobre el mostrador de recepción mientras repasa unos documentos.

Su pelo oscuro, largo y brillante, cae en una trenza imperfecta que descansa sobre uno de sus hombros.

No lleva uniforme, sino un vestido de lino color crema que se ciñe a sus curvas y se mueve con la misma sensualidad y naturalidad que la brisa que entra desde la terraza de la izquierda.

Es Francesca, la dueña de este precioso lugar. Lo sabe porque la empresa la puso al corriente de ella y también, por esa elegancia que la tumba de espaldas. No hay más que verla para saber que forma parte de este paisaje igual que los limoneros o las rocas del acantilado.

—Francesca, necesito que mires estas facturas un momento —pide una empleada desde el fondo.

Al escuchar su nombre, ella levanta la cabeza de golpe y sus miradas se cruzan en el aire.

Es un instante diminuto, un parpadeo, pero suficiente para que su imagen se le quede grabada a fuego.

Tiene unos ojos verdes espectaculares y difíciles de describir; de esos que parecen esconder demasiados secretos en el fondo de las pupilas.

Es muy posible que cualquier despistado pase de largo de su melancolía, pero ella lleva años analizando a las personas a milímetros de distancia.

Su trabajo consiste, precisamente, en detectar el truco, lo que otros intentan esconder desesperadamente tras una fachada perfecta.

Lo que no logra entender es por qué ese par de ojos esmeralda acaban de provocarle un vuelco tan salvaje en el estómago que la deja sin aire.

Ella parpadea, rompiendo el hechizo, y regresa la vista a los documentos. Tras firmar un papel con un trazo rápido, vuelve a mirarla y le dedica una sonrisa que, pese a que no llega a iluminarle del todo los ojos, es educada, impecable y jodidamente hermosa.

—Benvenuta —suelta con un acento italiano tan suave, arrastrado y meloso que la haría capaz de convertir cualquier palabra cotidiana en algo erótico.

La mujer tiene que darse un bofetón mental y recordarse las tres verdades de su vida: se llama Verónica Silva, tiene veintiocho años y es la implacable representante del departamento de Desarrollo y Adquisiciones de una de las cadenas hoteleras más potentes del mundo.

No ha cruzado medio continente para quedarse babeando como una adolescente frente a una desconocida, pero, vaya, contener el impulso está siendo una tarea de lo más complicada.

—Gracias —consigue responder. Al menos su voz suena bastante más entera y profesional de lo que se siente por dentro; que es un flan.

Ella acorta la distancia entre las dos y le extiende una mano.

—Francesca Moretti. Aunque, si lo prefieres, puedes llamarme Franca.

Verónica le estrecha la mano e inmediatamente percibe su piel fría en contraste con la suya, que está un poco tibia por culpa del bochorno del viaje. «Excelente primera impresión. Muy de tiburón de los negocios por tu parte».

—Verónica —se presenta a secas, omitiendo a propósito su apellido y, por supuesto, el enorme maletín invisible que trae bajo el brazo.

Ella le sujeta la mano con una firmeza magnética, o quizá es ella la que está tardando un segundo de más en soltarla. Ya ni lo sabe, porque el roce de sus dedos la está distrayendo una barbaridad.

—Espero que su viaje hasta aquí haya sido agradable —comenta con una cortesía impecable, ladeando un poco la cabeza mientras la escanea de arriba abajo con discreción.

Verónica asiente, obligándose a soltarla antes de que llame a seguridad.

—Muchísimo. Aunque creo que, de haber sido una tortura, hubiese merecido la pena solo por contemplar esta entrada. Este lugar es… abrumadoramente hermoso, signora Moretti.

Los labios carnosos de la mujer dibujan una sonrisa muy leve, pero esta vez el gesto sí consigue encender una chispita cálida en el fondo de su mirada.

—Es un lugar especial —afirma Francesca con voz aterciopelada, paseando la vista por el vestíbulo con un orgullo innegable—. Llevo toda la vida entre estas paredes y todavía consigue sorprenderme cada mañana.

No sabe por qué esa confesión le genera un pellizco de culpa en el pecho.

Según los informes confidenciales que memorizó en el avión, Il Fiore d'Amalfi perteneció a su abuelo y ella se hizo cargo tras su muerte.

Quizá por eso habla del hotel como si fuera su propia casa, como si él siguiera vivo y vigilante en algún rincón de su corazón.

Eso, para sus intereses comerciales, es la peor señal del mundo.

Los propietarios que defienden un legado familiar con garras y dientes no se rinden fácilmente ante un cheque en blanco.

—¿Es tu primera vez en Almafi? —pregunta Francesca, dándole un golpecito juguetón al mostrador, sacándola de sus cavilaciones.

—Sí, la primera —responde Verónica, sosteniéndole la mirada con intensidad mientras arquea una ceja—. Aunque mi entorno ya me ha advertido de que esta tierra es adictiva. Y que debía andar con pies de plomo si no quiero verme hechizada por su encanto… o por sus habitantes.

Francesca suelta una risa baja que le vibra en el corazón.

—Todo aquel que llega a este lugar con el corazón abierto, se queda para siempre, Verónica…

«Por desgracia, mi corazón está cerrado por vacaciones y vengo con un contrato de compraventa», piensa la mujer con un ramalazo de fría realidad.

Mientras la recepcionista teclea en el ordenador para terminar su proceso de registro, aprovecha el silencio para inspeccionar discretamente el vestíbulo.

Madera natural pulida por el tiempo, cerámica de Vietri pintada a mano, ventanales descomunales abiertos de par en par al mar, sofás en los que dan ganas de lanzarse a pecar, libros antiguos y flores frescas que huelen a gloria.

Todo es rabiosamente elegante, pero sin caer en la ridícula ostentación.

No encuentra un solo mueble pensado para impresionar al visitante, sino para susurrarle al oído que se descalce y se quede un ratito más.

—Vaya… —murmura Verónica en un suspiro casi imperceptible, más para sí misma que para la que tiene delante—. Ahora entiendo perfectamente por qué están tan jodidamente obsesionados con este sitio.

—Este lugar siempre ha despertado grandes ambiciones y codicias —suelta ella de pronto, mirándola con una agudeza que le hace dar un respingo.

«¿Me habrá escuchado?» Francesca entorna esos ojos verdes y apoya sus manos en las caderas antes de continuar—: Todo el mundo querría poseer un trozo de un paraíso así.

Pero muy pocos son los que se molestan en conocer la historia que se esconde detrás de cada uno de sus muros.

Verónica traga saliva, sintiéndose extrañamente aludida. Por suerte, la recepcionista carraspea con delicadeza rompiendo la tensión del momento.

—Su habitación ya está lista, signora Silva —anuncia la mujer con una sonrisa profesional, tendiéndole una llave clásica con un llavero de cerámica.

La recoge rozando apenas los dedos de la empleada, y Francesca da un paso al frente, señalando la majestuosa escalinata con un gesto elegante de su mano.

—Le hemos asignado la suite de los limoneros. Tiene, sin duda, las mejores vistas de todo el hotel. Espero que sea de su agrado.

—Uf, espero no acostumbrarme demasiado —bromea Verónica, tratando de recuperar su tono desenfadado y mordaz.

Francesca arquea una ceja perfecta, divertida por su comentario, y cruza los brazos bajo el pecho.

—¿Y por qué no iba a hacerlo? La vida es corta para privarse de lo bueno.

«Porque si todo sale según mi impecable plan, en cuestión de unas semanas este hotel pasará a manos de mi multinacional y yo seré la ejecutiva que cambiará para siempre la historia y la esencia de Il Fiore d’Amalfi», piensa viéndose arrastrada por la fría ambición.

Aunque, obviamente, se guarda el discurso de villana para sí sola.

—Porque luego, tener que regresar a mi rutina me va a costar el triple —miente Verónica con una sonrisa angelical.

—Sí… —susurra Francesca, asintiendo con la cabeza mientras se apoya en la barra de la recepción sin apartar sus ojos de los de ella—.

Eso suele pasarle a casi todo el mundo aquí.

Yo siempre digo que aquellos que visitan Amalfi, se dejan el alma y se llevan un trozo de nuestra magia consigo. Veremos qué se lleva usted.

—Bueno, iré a instalarme. Muchísimas gracias, Francesca.

—Disfrute de la estancia, Verónica. Nos veremos muy pronto por aquí.

Mientras camina hacia las escaleras arrastrando la maleta, nota perfectamente la mirada ardiente de Francesca clavada en su espalda, acompañando cada uno de sus movimientos.

Verónica se promete a sí misma no girarse, ser fuerte y avanzar como la mujer de negocios fría que es.

Pero al llegar al primer rellano, la curiosidad le gana el pulso y mira hacia abajo.

Ella sigue exactamente en el mismo sitio, pero ya no la mira; tiene la vista totalmente perdida a través del enorme ventanal que da al mar.

Hay algo quebrado en su postura, una pátina de melancolía que la envuelve.

No tiene ni idea de qué coño le pasa, pero la sola idea de descubrirlo le acelera el pulso.

Es perfectamente consciente de que no debería complicarse la vida de esta manera.

Ha cruzado media Europa para cerrar una adquisición hotelera impecable, no para jugar a los detectives, descifrar miradas tristes o dejarse embaucar por una italiana de rompe y rasga que ha sido capaz de revolucionarle las hormonas con un simple y suave apretón de manos.

Ha venido a hacer su maldito trabajo y a colgarse otra medalla en el currículum.

Porque Verónica Silva no es ninguna ONG. No ha venido aquí para salvar hoteles en apuros. Ni para consolar a mujeres hermosas. Ni muchísimo menos para perder los papeles por una desconocida que huele a cítricos y a misterio.

Ha venido a ganar.

Sin embargo, en cuanto abre la puerta de su dormitorio y el aroma embriagador de los limoneros le golpea el rostro, se da cuenta de que este hotel es tan fascinante, complejo y peligroso como lo es su dueña…

y que su misión en Amalfi va a ser bastante más complicada, intensa y divertida de lo que jamás se hubiera atrevido a imaginar.