Capítulo 51 — Lo que la selva le hace a los cuerpos
Elías había redactado, en las semanas que siguieron al regreso, un documento de trabajo personal titulado simplemente: notas clínicas sobre los efectos de un entorno no estándar.
Ese documento no estaba destinado a publicarse.
Lo escribió para sí mismo, en la tradición de los diarios médicos privados que llevaba desde el inicio de su carrera: espacios donde podía formular observaciones demasiado preliminares o demasiado difíciles de clasificar para entrar en los informes oficiales.
El documento empezaba con los datos medibles.
Había habido, en el total de la misión, cuarenta y dos entradas a la sala principal por parte de los miembros del equipo, con una duración promedio de ochenta y dos minutos por entrada.
Para cada una de esas entradas, Elías había anotado los parámetros fisiológicos disponibles y los comportamientos observables.
Los datos formaban una tabla que nadie más que él había analizado todavía de manera sistemática.
Lo que mostraba la tabla era esto: las modificaciones de comportamiento que había observado cualitativamente no eran uniformes.
Variaban según la duración de la exposición, la hora del día, la posición dentro de la sala y —esta era la variable más difícil de cuantificar— el estado del individuo en el momento de entrar.
Este último punto era el más interesante.
Las personas que entraban en la sala en un estado de cansancio o agitación medible mostraban modificaciones de comportamiento más marcadas que las que entraban en un estado de calma relativa.
El espacio parecía amplificar un efecto que dependía de la diferencia entre el estado de entrada y un estado objetivo no definido.
Cuanto mayor era la diferencia, más visible era la modificación.
Elías anotó que ese comportamiento tenía una analogía precisa en un campo que conocía bien: la farmacología de los ansiolíticos.
Un ansiolítico producía efectos más marcados en una persona ansiosa que en una persona tranquila.
No porque actuara de manera distinta según la persona, sino porque la diferencia entre el estado de partida y el estado objetivo era mayor en la persona ansiosa.
En ambos casos, el medicamento acercaba al mismo estado objetivo.
Si la sala funcionaba de manera análoga —si acercaba el estado atencional de sus ocupantes hacia un estado objetivo, con una eficacia proporcional a la distancia entre el estado de partida y ese estado— entonces el estado objetivo tenía una definición.
Era el estado que permitía leer las incisiones.
El estado que permitía percibir lo que la sala quería mostrar.
No era pensamiento mágico. Era farmacología aplicada a la resonancia acústica.
El mecanismo era físico. Los efectos eran medibles.
Lo inusual era la intención integrada en el dispositivo: alguien había diseñado un espacio cuya geometría llevaba a sus ocupantes hacia un estado particular.
Un estado útil para un propósito preciso.
Elías pensó que tal vez era lo más extraordinario que había encontrado en su carrera médica. No en la selva del Petén. En sus propios datos.
* * *
La cuestión de la duración óptima de exposición había quedado abierta durante toda la misión. ¿Cuánto tiempo hacía falta pasar en la sala para alcanzar el estado objetivo? ¿Y cuánto tiempo se podía permanecer ahí antes de que los efectos empezaran a invertirse o a producir algo indeseable?
Con los datos disponibles, la duración óptima parecía situarse entre sesenta y noventa minutos.
Por debajo de sesenta minutos, las modificaciones de comportamiento eran menos pronunciadas.
Más allá de noventa minutos, los datos eran más variables y difíciles de interpretar: algunas personas parecían alcanzar una meseta estable, otras mostraban un leve aumento de la agitación que podía indicar saturación.
Esos datos eran insuficientes para una conclusión firme.
Harían falta experimentos controlados, con tiempos de exposición variables y mediciones fisiológicas continuas, para establecer una curva dosis-respuesta confiable.
Era precisamente lo que Elías le había pedido al investigador en neurociencia cognitiva que se sumaba al equipo para la misión de seguimiento.
La otra variable sobre la que los datos de la primera misión eran insuficientes era la frecuencia de exposición.
¿Hacía diferencia pasar una sesión larga en la sala en lugar de varias sesiones cortas?
¿Los efectos eran acumulativos de una sesión a otra?
Y si era así, ¿esa acumulación tenía un límite, o seguía indefinidamente?
Esas preguntas se conectaban con una cuestión más de fondo que la misión de seguimiento debería plantearse: ¿las personas que habitualmente tenían acceso a este lugar —los usuarios originales del instrumento, si se los podía llamar así— habían desarrollado una especie de aclimatación?
¿Un estado de base distinto del estándar, que les permitiera leer las incisiones no solo en las condiciones del solsticio sino tal vez en otros momentos del año?
Era una hipótesis considerable. Implicaba que el dominio del instrumento no era solo técnico —saber colocar el cuerpo en el lugar correcto, en el momento correcto— sino también fisiológico: tener un cierto historial de exposición que modificara el estado de base del observador.
Si era así, entonces los diseñadores del instrumento no habían construido solamente un dispositivo físico.
Habían diseñado un programa de formación del observador.
Un currículo, podría decirse, que transformaba progresivamente a la persona que lo habitaba en alguien capaz de leer lo que el instrumento tenía para decir.
Elías se quedó largo rato con ese pensamiento.
Luego anotó, en la última página de su documento de trabajo, una pregunta que todavía no sabía a quién hacerle: ¿cuánto duraba ese currículo?
¿Cuánto tiempo hacía falta, para un individuo, para volverse capaz de leer completamente el instrumento?
¿Y esa competencia, una vez adquirida, duraba?
No tenía respuesta. Pero la pregunta, le parecía, era exactamente el tipo de pregunta que merecía plantearse. Y no estaba seguro de que pudiera plantearse sin pasar mucho tiempo en la sala principal, en varios solsticios sucesivos, con una atención a la vez rigurosa y disponible.
Lo que pensó, al cerrar el documento, fue que tal vez una vida de investigador no alcanzaría.