Capítulo 11 — Las incisiones
La documentación sistemática de las incisiones tomó cuatro días completos.
Daniela había desarrollado un protocolo fotográfico que cubría cada sección de muro desde siete ángulos distintos y con tres tipos de iluminación: luz rasante desde la derecha, luz rasante desde la izquierda y luz difusa frontal.
El resultado fue una cantidad considerable de imágenes que esperarían su análisis completo hasta el regreso, pero que garantizaban que nada se perdería.
Marco realizó los relevamientos dimensionales: altura, ancho y profundidad de cada incisión, espaciado entre los grupos, ubicación precisa en el plano de la sala.
Era un trabajo largo que exigía precisión constante.
Lo hizo sin quejarse, moviendo su escala milimétrica de un punto a otro, anotando los valores en su formulario estandarizado.
Le gustaba ese tipo de trabajo. El número no mentía. Estaba ahí o no estaba.
Ixchel, mientras tanto, observaba. No buscaba entender las incisiones en su conjunto —era prematuro y corría el riesgo de producir interpretaciones que luego resistirían la revisión.
Buscaba ver si tenían una gramática visible, una lógica de composición que quizás se manifestara antes de cualquier interpretación semántica.
Creyó encontrar algo al tercer día. Estaba examinando la pared norte cuando notó que ciertas incisiones se repetían. No de manera idéntica: con variaciones de tamaño y ángulo, pero reconocibles como variantes de un mismo motivo base. Llamó a Marco.
—Estos dos grupos. ¿Tienen las mismas proporciones internas?
Marco midió. Se tomó su tiempo, repitió la medición una segunda vez para verificar.
—Casi exactamente. Con un margen de dos milímetros en la relación largo-ancho.
—¿Y estos?
Ella señaló otros dos grupos en la pared este. Marco midió.
—Misma proporción. Pero de tamaño diferente.
Ixchel se quedó inmóvil un momento.
—No son representaciones —dijo por fin—. Son estructuras. Estructuras que se repiten a escalas distintas.
—¿Como fractales? —preguntó Marco.
Había leído algo sobre eso alguna vez, en un artículo de divulgación sobre matemáticas en la naturaleza. La idea se le había quedado grabada sin saber muy bien qué hacer con ella.
—Todavía no lo sé —dijo Ixchel—. Pero es una buena pregunta.
Anotó la observación en su cuaderno. No como una conclusión. Como una hipótesis de trabajo por verificar.
Esa noche, le contó a Elías lo que había encontrado. Estaban sentados frente a la tienda, después de comer, en la luz declinante del final del día. La selva alrededor del campamento hacía sus ruidos habituales.
—Estructuras que se repiten a escalas distintas —dijo ella—. Si es lo que pienso, entonces estos muros no contienen un relato. Contienen un modelo.
—¿Un modelo de qué?
—Esa es la pregunta correcta. No de qué en términos culturales o religiosos. De qué en términos funcionales. Este modelo describe algo. Ese algo no está visible en la sala. Tal vez estaba visible afuera, o en otro nivel de la estructura.
Elías lo pensó un momento.
—Si estos trazos describen algo que no está en la sala, entonces la sala misma es solo una parte de un conjunto más grande.
—Es lo que pienso.
—¿Y encontramos la otra parte de ese conjunto?
—No. Todavía no.
Elías asintió. Había algo en ese razonamiento que le recordaba a la medicina diagnóstica: los síntomas visibles que apuntaban hacia una causa invisible, la lectura de señales que remitían a otras, la necesidad de no detenerse en lo que se veía sino preguntarse qué indicaba.
—Haría falta alguien que piense en términos de sistemas —dijo—. No en términos de historia o cultura. Alguien cuya herramienta habitual sea la relación entre los elementos y no el significado de los elementos en sí.
Ixchel lo miró.
—Tengo a alguien en mente.
—Yo también.