El Sitio Abierto Capítulo 2 — Elías
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Capítulo 2 — Elías

Elías Keller llevaba veintidós años siendo médico, y desde hacía veintidós años distinguía cuidadosamente entre los médicos que amaban a los pacientes y los médicos que amaban los cuerpos.

Le había tomado varios años entender que pertenecía a la segunda categoría, y varios años más aceptar que eso no lo convertía en un mal médico.

Un médico que amaba a los pacientes proyectaba sobre ellos esperanzas y temores que a menudo complicaban el diagnóstico.

Un médico que amaba los cuerpos los observaba funcionar con una atención desinteresada que permitía ver lo que realmente ocurría.

Había ejercido primero en Alemania, en Fráncfort, en un servicio de medicina interna de un hospital universitario.

Era un trabajo satisfactorio en su variedad y agotador en su ritmo.

Las guardias nocturnas se sucedían, los pacientes cambiaban, los expedientes se acumulaban.

Era competente y lo sabía; sus colegas lo sabían; la administración lo sabía.

Lo ascendieron dos veces en ocho años. El segundo ascenso lo llevó a pasar menos tiempo con cuerpos y más tiempo en reuniones, presupuestos y evaluaciones de desempeño.

Fue entonces cuando empezó a buscar otra cosa.

Esa otra cosa tomó la forma de una misión humanitaria en Guatemala, propuesta por una organización médica internacional a la que pertenecía desde su segundo año de medicina sin haber participado nunca demasiado.

La misión duraba tres meses. Pidió una excedencia sin sueldo, se puso las vacunas y tomó un vuelo un jueves de octubre con una mochila y un botiquín médico cuidadosamente preparado.

Le había gustado Guatemala desde los primeros días, lo cual lo sorprendió.

No era hombre de encariñarse rápida y definitivamente con lugares o personas.

Pero Guatemala tenía algo que Alemania no tenía, algo que le habría costado nombrar con precisión.

Una densidad, tal vez. La impresión de que el espacio contenía más de lo que se podía ver a primera vista.

Prolongó la misión dos meses más. Luego encontró un puesto de médico consultor para expediciones científicas y arqueológicas, volvió a Alemania para rescindir su contrato de alquiler y enviar sus pertenencias en dos cajas a casa de su hermana en Hamburgo, y regresó a Guatemala para quedarse.

Habían pasado ya siete años. Había participado en once misiones, en condiciones que iban de lo cómodo a lo francamente difícil.

Sabía lo que la selva le hacía al cuerpo a lo largo de varias semanas: la deshidratación progresiva que uno no notaba llegar, las infecciones cutáneas leves que se volvían serias si se ignoraban, el cansancio acumulado que alteraba el juicio incluso antes de alterar el rendimiento físico.

También sabía lo que la selva le hacía a los equipos: cómo se instalaban las tensiones sin que nadie pudiera nombrarlas, cómo se redefinían las jerarquías bajo presión, cómo algunas personas mejoraban con la incomodidad y otras empeoraban.

Ixchel lo había llamado un miércoles por la noche.

Él estaba releyendo un artículo sobre las complicaciones gastrointestinales relacionadas con el agua superficial en zonas tropicales, un tema sobre el que él mismo había escrito una nota técnica el año anterior.

Reconoció su voz antes de que ella se presentara.

—Salgo en misión al Petén norte dentro de tres semanas —dijo ella sin preámbulos—. Necesito un médico. El terreno será difícil. La duración es indeterminada, entre dos y cuatro semanas según lo que encontremos. El presupuesto es ajustado. ¿Está disponible?

—¿Qué tipo de terreno?

—Selva densa. Sin acceso por carretera. Suministros por helicóptero. Equipo de seis a ocho personas más porteadores locales.

—¿Algún riesgo particular que haya identificado?

—El río entre el punto de desembarco y el sitio. Los relevamientos sugieren que puede estar crecido en esta época. Y el aislamiento: si hay que evacuar a alguien, el helicóptero tardará entre dos y cuatro horas en llegar, según el clima.

Elías anotó esa información en el bloc que siempre guardaba junto al teléfono.

—¿Cuál es el objetivo de la misión?

—Reconocimiento de una estructura arquitectónica no catalogada. Evaluación preliminar. Sin excavación.

—¿Para cuándo necesita una respuesta?

—Mañana, si es posible.

Hubo una breve pausa.

—Estoy disponible —dijo él.

Había misiones que aceptaba porque no tenía nada mejor que hacer, y misiones que aceptaba porque algo en su descripción le indicaba que serían distintas.

La forma en que Ixchel había descrito los riesgos —con precisión, sin minimizarlos ni dramatizarlos— le indicaba que sabía lo que hacía.

La gente que sabía lo que hacía le facilitaba el trabajo.

Al día siguiente, él volvió a llamar con su lista de material médico. Ixchel escuchó, hizo dos preguntas precisas, dijo que trasladaría las solicitudes a la logística del ministerio y que él tendría confirmación en cuarenta y ocho horas. Colgó sin fórmulas de cortesía innecesarias.

Elías dejó el teléfono y retomó su artículo.

Pero le costaba concentrarse. Ya estaba pensando en la lista de medicamentos adicionales que llevaría en su propia mochila, aparte del stock oficial.

En la selva, la lista oficial siempre era insuficiente.

Añadió varias líneas a sus notas, tachó algunas, rehízo los cálculos de dosificación para un equipo de tamaño variable durante cuatro semanas.

Le llevó dos horas. Cuando terminó, quedó satisfecho con el resultado.

Era la primera vez en varias semanas que pasaba dos horas en algo y perdía la noción del tiempo.