El Silencio del Valle CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

El peso de la caliza

El azul intermitente de los rotativos de la Guardia Civil seguía tiñendo las fachadas de sillería de Udías cuando los tres furgones de la Comandancia de Santander y los vehículos de la Policía Judicial coronaron, uno tras otro, las embarradas pistas del puerto.

El amanecer ya había dado paso a una mañana luminosa.

El sol calentaba los tejados empapados por la tormenta de la noche y columnas de vapor ascendían lentamente desde las calles y los prados, envolviendo el pueblo en una bruma tenue que parecía resistirse a desaparecer.

A simple vista, Udías recuperaba la calma.

Pero bajo aquella montaña seguían latiendo demasiados secretos.

La plaza del Ayuntamiento, que apenas unas horas antes había sido el escenario de una infiltración clandestina, era ahora un hervidero de uniformes, fotógrafos forenses y vecinos que observaban tras el cordón policial con ese silencio desconfiado y espeso propio del medio rural.

El Nissan Terrano de la cantera, con la rueda trasera izquierda completamente desinflada y la válvula rajada, permanecía junto a la farola de sodio como un monumento mudo a la huida frustrada.

Marcos permanecía sentado sobre el parachoques trasero del Patrol, con una manta térmica de aluminio cubriéndole los hombros.

Un médico del servicio de emergencias le inmovilizaba el brazo izquierdo con un vendaje compresivo después de comprobar que la lesión del hombro se había agravado por el esfuerzo de cargar al sargento Ceballos a través de las galerías inundadas.

Él no emitió una sola queja.

Con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas, mantenía la vista perdida en la grava húmeda del camino.

Aunque ya respiraba el aire limpio de la superficie, una parte de su mente seguía atrapada bajo la montaña, escuchando el estruendo del derrumbe y el rugido del río subterráneo como si aún resonaran a pocos metros de distancia.

A unos metros, el sargento Ceballos era acomodado en el interior de una ambulancia con una férula de tracción en la pierna derecha.

A pesar del dolor de la fractura, el viejo guardia de las brañas mantenía una pipa apagada entre los dientes y daba órdenes precisas a los cabos que habían subido a toda prisa desde el puesto de Torrelavega.

Valeria se acercó a Marcos portando dos tazas de loza con café caliente que había conseguido en la cantina del pueblo, la única que había abierto las puertas al amanecer para saciar la curiosidad de los agentes y los curiosos.

Se sentó a su lado en el parachoques, dejando que sus hombros se tocaran en una línea de contacto que, en mitad del caos de sirenas, transmitía más seguridad que cualquier palabra.

—«Los técnicos del Instituto Geológico ya están arriba con las sondas» —dijo Valeria, rompiendo el silencio mientras le tendía una de las tazas. —«Dicen que el desplome de la galería baja ha provocado un asentamiento definitivo en todo el sector de las minas viejas de zinc.

El hundimiento ha sellado el acceso kárstico por completo. Nadie va a poder meter un taladro allí arriba en los próximos cincuenta años sin provocar el derrumbe de toda la ladera».

Marcos dio un sorbo al café, agradeciendo el amargor denso que le devolvía el sentido de la realidad tras las horas de asfixia subterránea.

—«La montaña ha dictado su propia sentencia, Ceballos» —comentó Marcos, mirando de reojo al capitán de la Policía Judicial que tomaba declaración al operario herido en el brazo—.

«El informe oficial dirá que Anselmo Cortabitarte falleció debido a un desprendimiento fortuito mientras realizaba una inspección técnica de urgencia por el temporal.

Las cajas de caudales de la República y el oro de Santander se quedan donde el miliciano Manuel los dejó en el treinta y siete. Es el mejor final posible para este sitio».

Valeria giró el rostro hacia él. El polvo de calcita todavía empañaba los mechones de su cabello oscuro y tenía una pequeña rozadura en la sien derecha, pero sus ojos reflejaban una paz que Marcos no le había visto desde que llegó a Cantabria.

El peso del secreto que había distanciado a su padre de su tío, y que había mantenido al pueblo bajo la sombra del caciquismo de los Cortabitarte, se había disuelto con el derrumbe de la veta.

—«¿Y qué pasa con el inspector de Madrid?» —preguntó ella en voz baja, entrelazando sus dedos con la mano derecha de Marcos, la que aún conservaba restos de pólvora y barro seco de la gruta.

—El capitán me ha dicho que tu prórroga de baja por la herida de bala expira la semana que viene. Tienes que tomar una decisión, Marcos. Madrid o quedarte aquí.

Marcos miró la inmensidad verde del valle que se abría a los pies de Udías, donde la niebla empezaba a disiparse bajo el sol.

Los fantasmas de los callejones de la capital, la culpa por la muerte de su compañero Santi y la adrenalina estéril de las redadas de Estupefacientes le parecieron de pronto cosas pertenecientes a una vida ajena, lejana y descolorida.

Aquella tierra de piedra y bruma lo había quebrado, sí, pero al hacerlo, le había devuelto el pulso.

—«Madrid puede esperar, Valeria» —respondió él, apretándole los dedos con una ternura pausada pero inquebrantable. —Aún tengo que ayudar a tu tío Julián a ordenar su cuaderno de campo cuando le den el alta en Valdecilla. Y creo que me he acostumbrado demasiado al sabor del café del norte. «Y a ti».

Valeria sonrió de lado, apoyando la cabeza en su hombro sano mientras contemplaban cómo los primeros camiones de la comandancia iniciaban el descenso por el puerto, dejando atrás una montaña que, por fin, descansaba en paz.