CAPÍTULO 23
Las cicatrices del subsuelo
Los tres días posteriores al colapso de la mina transcurrieron en una calma extraña, casi irreal, en el cuartel de la Guardia Civil de Santillana del Mar.
El trasiego de agentes de la Policía Judicial y los peritos del Instituto Geominero de España emborronaba los pasillos con informes de siniestros, declaraciones juradas y mapas técnicos.
Sin embargo, en el pequeño despacho auxiliar que le habían prestado a Marcos, el ambiente era muy distinto.
Marcos permanecía sentado frente a la vieja mesa de castaño, firmando las últimas páginas de su comparecencia oficial.
Llevaba el brazo izquierdo pegado al cuerpo bajo una férula blanda que sustituía al aparatoso cabestrillo; el dolor seguía ahí, como un mordisco sordo cada vez que cambiaba el tiempo en la costa, pero el traumatólogo de Valdecilla le había asegurado que la articulación se recuperaría por completo.
La puerta del despacho se abrió sin llamar y Valeria entró con una carpeta azul bajo el brazo.
Vestía una camisa de lino claro y unos vaqueros, y su rostro, ya limpio del polvo de calcita de las Galerías Ocultas, mostraba un semblante relajado, aunque sus ojos delataban el cansancio de las largas noches de hospital cuidando a su tío.
—«El capitán ha firmado el archivo de las actuaciones locales» —dijo ella, dejando la carpeta sobre la mesa y sentándose en el borde del escritorio, muy cerca de él—.
—El juez de Torrelavega ha aceptado el informe de la Guardia Civil. Muerte accidental por desprendimiento fortuito en zona minera clausurada.
Los Cortabitarte han enviado a un abogado desde Santander para acelerar el entierro de Anselmo sin hacer ruido. No quieren que se investiguen las cuentas de la cantera municipal ahora que él no está».
Marcos dejó el bolígrafo sobre la mesa y exhaló un suspiro largo, estirando la mano derecha para buscar la de Valeria. Ella no dudó en entrelazar sus dedos con los suyos, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar.
—«¿Cómo están en el hospital?» —preguntó el inspector, disfrutando de la calidez de su tacto en mitad del despacho gélido del cuartel.
—«Mi tío está insoportable, lo que significa que se está curando bien» —respondió Valeria con una sonrisa tierna. —Le han puesto una escayola nueva hasta la rodilla y ya está discutiendo con las enfermeras porque quiere que le lleven la radio para escuchar el parte del tiempo.
—Ayer le dieron el alta. Lo primero que hizo al llegar a casa fue pedirme que le subiera su vieja máquina de escribir Olivetti a la solana. Dice que el libro sobre Udías no se va a escribir solo.
Marcos esbozó una sonrisa real, de esas que no se le dibujaban en la cara desde sus tiempos en Madrid. La cercanía de Valeria, el olor sutil a azahar que desprendía su piel y la forma en que sus dedos se aferraban a los suyos disipaban cualquier rastro de la oscuridad subterránea.
En mitad de la burocracia policial y las declaraciones, esos minutos a solas en el despacho se habían convertido en su verdadero refugio.
—«El capitán me ha preguntado esta mañana qué voy a hacer cuando venza mi permiso de baja la próxima semana» —comentó Marcos, fijando sus ojos claros en los de ella.
—Me ha sugerido que hay una vacante libre en la sección de Policía Judicial de la Comandancia de Santander. Un puesto de inspector para coordinar los «delitos contra el patrimonio en la zona occidental de Cantabria».
Valeria detuvo el movimiento de sus dedos y lo miró fijamente. Hubo un instante de silencio en el despacho, roto solo por el tecleo lejano de una máquina de escribir en la recepción del cuartel.
Su mirada osciló entre la expectación y un temor muy humano a la respuesta.
—«¿Y qué le has dicho, Marcos?» —preguntó en un susurro, inclinándose ligeramente hacia él, acortando una distancia que ya resultaba insoportable.
Marcos usó su mano derecha para rodearle la nuca con suavidad, atrayéndola hacia sí.
—«Le he dicho que tengo que consultarlo con la persona que mejor conoce los caminos de este valle» —respondió él justo antes de besarla.
Fue un beso largo, pausado, impregnado de la ternura de quienes se saben a salvo tras haber rozado el abismo. Valeria se deslizó del borde de la mesa para rodear sus hombros con los brazos, pegando su cuerpo al de él con un suspiro de absoluto alivio.
La tensión acumulada durante los días de encierro, el miedo a perderse bajo la roca y la incertidumbre de sus vidas cruzadas se fue disolviendo lentamente en aquel abrazo sostenido en la penumbra.
Afuera seguían existiendo las galerías, la humedad de la piedra y los caminos que podían cerrarse sin aviso, pero dentro de aquel pequeño refugio de luz no había prisa ni distancia.
Ya no eran solo el inspector y la mujer que conocía el bosque. Ni siquiera dos piezas arrastradas por una investigación demasiado grande para ellos.
En ese instante eran, simplemente, dos personas tratando de recomponerse entre las ruinas de lo vivido, aprendiendo que incluso en mitad del norte más hostil también podía abrirse un lugar para la calma.
La tensión acumulada durante los días de encierro, el miedo a perderse bajo la roca y la incertidumbre de sus vidas cruzadas se fue disolviendo lentamente en aquel abrazo sostenido en la penumbra.
Sus respiraciones, todavía agitadas, tardaron en encontrar un mismo ritmo, mientras el frío de la piedra se mezclaba con el calor tenue de sus cuerpos.
Afuera seguían existiendo las galerías, la humedad de la roca y los caminos que podían cerrarse sin aviso, pero dentro de aquel pequeño refugio de luz no había prisa ni distancia. Solo el silencio espeso de lo vivido y el eco lejano de todo lo que aún no había terminado.
Marcos cerró los ojos un instante. Pensó que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba solo en aquello.
Valeria, sin decirlo, comprendió que el bosque no se había ido a ninguna parte.
Eran dos supervivientes aferrándose a un instante de calma en mitad de algo que todavía seguía respirando bajo la tierra.