El Silencio del Valle CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

El muro roto

El interior de las viejas minas de zinc ya no guardaba el silencio milenario ni el goteo pausado que habían encontrado el día anterior.

A medida que Marcos y el sargento Ceballos avanzaban por los raíles oxidados de las vagonetas, un zumbido mecánico, grave y rítmico comenzó a propagarse por las galerías.

La vibración recorría la madera ennegrecida de los antiguos entibados y se transmitía por las paredes de roca y las formaciones de calcita.

Marcos se detuvo un instante para escuchar.

No había duda.

Era el traqueteo de un generador diésel alimentando un taladro neumático industrial que trabajaba en algún punto de los niveles inferiores.

El enemigo no solo había regresado. Estaba destripando la montaña a contrarreloj.

Antes de alcanzar la última curva que conectaba con la cámara del triskel, el sargento Ceballos hizo una señal con la mano y se pegó a la pared caliza.

Marcos imitó el movimiento, controlando la respiración a pesar del dolor punzante que el frío del subsuelo volvía a despertar en su hombro izquierdo.

En ese instante de tensa espera, antes de que el metal y la pólvora hablaran, Marcos giró la cabeza hacia la entrada.

Aunque Valeria se había quedado en el Patrol tal y como habían acordado, su presencia flotaba en el aire húmedo de la galería.

Marcos introdujo la mano derecha en el bolsillo de su cazadora y sus dedos rozaron un pequeño objeto: el triskel de piedra que Valeria le había deslizado en el bolsillo antes de salir del coche, un amuleto desgastado por los años que pertenecía a su familia.

Recordó el roce de sus labios húmedos por la lluvia y la firmeza con la que le había pedido que no se dejara atrapar por las sombras.

En mitad de la negrura de la mina, rodeado de vigas que crujían bajo el peso del mundo, ese recuerdo no fue una distracción, sino un escudo.

La ternura de Valeria, su confianza ciega en un policía roto de Madrid, le dio a Marcos una lucidez que no había tenido en años.

No estaba allí para morir por una vieja deuda o por un cargamento de oro maldito; estaba allí para defender el mundo al que ella pertenecía, para poder volver a sus brazos.

Con el pulso extrañamente calmado por ese pensamiento, Marcos asintió hacia el sargento. Doblaron la esquina con las armas encaradas.

El escenario que se abrió ante ellos estaba iluminado por la luz cruda y parpadeante de varios focos halógenos conectados a una batería portátil.

El humo del gasóleo flotaba en el techo como una niebla sucia. El muro de mampostería que el miliciano Manuel Cortabitarte había levantado en 1937 para ocultar el tesoro de la República había sido reducido a un montón de escombros de cal y cascotes.

En el hueco abierto en la roca viva descansaban tres pesadas cajas de caudales de hierro forjado.

Los remaches aparecían cubiertos de óxido y, bajo una costra de barro endurecido por las décadas, aún se adivinaba un escudo de la Segunda República.

Anselmo Cortabitarte, envuelto en un abrigo de paño oscuro que desentonaba con el fango de la galería, contemplaba el contenido de una de ellas. El cierre de combinación había sido reventado con un soplete de acetileno y la tapa permanecía abierta.

En su interior, varios lingotes de oro devolvían destellos cálidos bajo la luz blanca de los focos portátiles.

Durante unos segundos, Marcos creyó que toda la montaña se había iluminado desde dentro.

A pocos metros, dos operarios de la cantera, con el rostro cubierto de sudor y polvo de piedra, se preparaban para izar la primera caja sobre una carretilla reforzada.

—«¡Guardia Civil! ¡Nadie se mueva! ¡Las manos donde pueda verlas!» —bramó el sargento Ceballos, saliendo de la penumbra con una autoridad que hizo retumbar las paredes del túnel.

La sorpresa duró una fracción de segundo. Uno de los operarios, presa del pánico y de la codicia, echó mano a una escopeta de cañones recortados que descansaba sobre una vagoneta cercana.

Marcos no dudó. Su mente policial, fría y entrenada para la corta distancia, tomó el control. Su brazo derecho se alzó en una línea perfecta. El primer disparo de su Heckler era un abrazo que sabía a mañana limpia, a libertad ganada y a una vida entera que comenzaba a abrirse ante ellos.

Detrás, en el silencio del monte, la cueva se había sellado para siempre, guardando sus secretos en las entrañas de la tierra que los había visto nacer.

—¿Crees que... el ojáncano sigue ahí abajo? —preguntó Valeria en voz baja.

Marcos permaneció unos segundos contemplando la montaña antes de responder.

—No lo sé.

Desvió la mirada hacia el lugar donde el derrumbe había sepultado la antigua galería.

Después de la caída, ninguno de los dos volvió a verlo. Aquella sima podía tener decenas de metros de profundidad... o comunicar con otras galerías que ni siquiera conocemos.

Valeria guardó silencio.

—¿Y si sobrevivió?

Marcos respiró hondo.

—Si lo hizo, dudo que volvamos a encontrarlo. Con el derrumbe, esas minas han quedado selladas para siempre.

Los dos permanecieron inmóviles unos instantes, observando la montaña.

Tal vez el último habitante de aquellas galerías hubiera desaparecido con ellas.

O tal vez, en algún lugar bajo toneladas de roca y kilómetros de oscuridad, el viejo guardián del valle siguiera caminando entre las sombras.

Valeria siguió el perfil de la ladera con la mirada.

—Si quedó atrapado ahí abajo...

—Entonces nunca lo sabremos.

—Después de lo que ha caído esta noche, nadie volverá a entrar ahí durante mucho tiempo.

—No hemos encontrado ningún cadáver en la galería derrumbada.