El Silencio del Valle CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

El cazador nocturno

El tintineo de las llaves cesó justo al otro lado de la puerta de madera esmerilada del archivo municipal.

Marcos, reaccionando con la presteza de un resorte y la frialdad que dan los años en la brigada de Estupefacientes de Madrid.

Rodeó la cintura de Valeria con su brazo derecho, el único libre de dolor, y la arrastró hacia el hueco ciego que quedaba entre la última estantería de hierro y la pared de sillería de la oficina.

Se pegaron el uno al otro, fusionando sus respiraciones en un intento desesperado por desaparecer en la oscuridad.

El espacio era tan angosto que Valeria podía sentir el latido desbocado en el pecho de Marcos, una pulsación rítmica y salvaje que contrastaba con la inmovilidad absoluta a la que se veían obligados.

A través del cristal traslúcido de la puerta, una franja de luz blanca cruzó lentamente la estancia, alargando las sombras de los archivadores hasta convertirlas en figuras deformes sobre el suelo.

La cerradura giró. El chasquido metálico resonó en el despacho con una nitidez inquietante.

Después llegó el chirrido de las bisagras. La puerta comenzó a abrirse muy despacio. Ninguno de los dos se movió.

Un hombre alto, embutido en un chubasquero de camuflaje verde oscuro que goteaba agua sobre el linóleo y calzado con botas de caucho cubiertas de un fango arcilloso idéntico al de Udías, entró en el archivo.

Marcos no necesitó verle la cara a la luz de la linterna; reconoció de inmediato el andar pesado y los hombros encorvados de uno de los operarios de confianza que manejaban la maquinaria pesada en las canteras de Anselmo Cortabitarte.

Era el tipo de hombre que no hacía preguntas, el que ejecutaba las órdenes del alcalde sin cuestionar la legalidad de los encargos.

El intruso avanzó hacia la mesa central de Urbanismo, barriendo la estancia con el foco halógeno.

Marcos, manteniendo a Valeria protegida tras su cuerpo, deslizó la mano derecha con suavidad milimétrica hacia la culata texturizada de su Heckler era un pacto de supervivencia idéntico al que habían firmado sobre el barro de Udías.

—«Quédate junto al Patrol, Castro, y mantén el motor en marcha en cuanto veas que la tormenta aprieta más», —le ordenó en voz baja, rozándole el cabello húmedo.

—Si en cuarenta minutos el sargento y yo no hemos cruzado el umbral de la bocamina, coge la pista forestal, baja a la general y no te detengas hasta llegar a la Comandancia de Santander. No mires atrás por ninguno de los dos.

Valeria asintió despacio, soltando las solapas de su chaqueta con renuencia. Marcos y el sargento abrieron las puertas al unísono, siendo recibidos por el impacto helado del aguacero nocturno.

Se deslizaron entre los troncos de los eucaliptos, transformándose en dos siluetas oscuras que avanzaban agachadas hacia la entrada de la mina vieja, listos para adentrarse de nuevo en la boca del lobo.