CAPÍTULO 14
La luz del norte
Cuando sintió que los pulmones ya no podían soportar un segundo más y el frío le atravesaba el pecho como una cuchillada, Marcos emergió de golpe.
Su cabeza rompió la superficie con una violenta bocanada de aire, desesperada y ruidosa, mientras el agua resbalaba por su rostro y le nublaba la vista durante un instante.
El torrente subterráneo los escupió con violencia a una balsa natural donde la corriente perdía fuerza. Allí el techo volvía a elevarse sobre sus cabezas, perdiéndose en la oscuridad, mientras el agua se remansaba en un silencio engañoso tras el estruendo del sifón.
Con los brazos agarrotados por el esfuerzo y los pulmones aun reclamando aire, Marcos nadó hasta una pequeña orilla de grava. Sujetó a Julián por debajo de los hombros y, haciendo acopio de las últimas fuerzas que le quedaban, consiguió arrastrarlo fuera del agua.
El hombre quedó tendido sobre la grava, inmóvil, empapado y con la respiración apenas perceptible.
Marcos cayó de rodillas a su lado, jadeando. Durante unos segundos fue incapaz de hacer otra cosa que llenar los pulmones de aire.
Sin detenerse a vaciar el agua de sus propias botas, se giró hacia el pozo negro del sifón y tiró de la cuerda de escalada que los mantenía unidos. Uno, dos, tres tirones secos y desesperados.
El agua se agitó tres segundos después. El cuerpo de Valeria emergió a la superficie de golpe, tosiendo, escupiendo agua helada y buscando desesperadamente el aire.
Marcos se lanzó al agua por la cintura, la agarró por los hombros y la izó hacia la orilla de grava.
Valeria colapsó contra su pecho, tiritando de forma violenta, con los dientes castañeteando debido al inicio de una hipotermia, pero aferrándose a la cazadora del policía con una fuerza felina.
—«Lo... lo hemos pasado, Marcos... Dios mío, lo hemos pasado» —consiguió articular ella entre espasmos, mientras el inspector la envolvía entre sus brazos para transmitirle el calor de su propio cuerpo.
—«Mira arriba, Valeria. Mira al frente» —sonrió Marcos por primera vez en veinticuatro horas, con los ojos empañados por la emoción.
Una corriente de aire fresco, limpio y constante les golpeó los rostros embarrados. No era el aire confinado y viciado del subsuelo; era un aire saturado con el inconfundible aroma a eucalipto, pino húmedo y tierra abierta del monte cántabro.
Unos metros más adelante, la fisonomía de la cueva cambiaba de forma radical: la roca caliza pura daba paso a unos muros apuntalados con viejas vigas de roble carcomido, cascotes de ladrillo y raíles de hierro cubiertos por una gruesa capa de óxido.
Habían alcanzado el nivel inferior de las antiguas minas de zinc de Udías, abandonadas desde mediados del siglo pasado.
Y al fondo de aquel túnel minero, recortada como una herida perfecta en la oscuridad, la boca de la mina mostraba un resplandor azulado, pálido y limpio. El amanecer del mundo exterior.
Caminaron los últimos cien metros arrastrando los pies, sosteniendo a Julián entre los dos en un esfuerzo puramente mecánico.
Al cruzar el umbral de la salida, la luz del sol naciente, que empezaba a romper el manto de nubes sobre los valles altos de Cantabria, los cegó por completo, obligándolos a cubrirse los ojos.
El aire de la mañana nunca les había sabido tan dulce, tan cargado de vida.
A lo lejos, en la pista forestal inferior, los destellos azules de los vehículos de emergencia de la Guardia Civil y el sordo sonido de las sirenas rasgaron la calma de la montaña.
El sargento Ceballos, que había estado coordinando los equipos de rescate de montaña durante toda la noche bajo el diluvio, los divisó desde el camino y comenzó a correr hacia ellos a través de la maleza, gritando por la radio oficial.
Los destellos azules se reflejaron en los ojos de Valeria.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Permanecieron sentados sobre la grava húmeda, exhaustos, empapados y cubiertos de barro y polvo de calcita, escuchando cómo las sirenas se acercaban poco a poco.
—Lo hemos conseguido... —susurró ella, con la voz quebrada por el cansancio.
Marcos dejó escapar una sonrisa apenas perceptible.
—Todavía no. Hasta que Julián esté en manos de los sanitarios, no pienso celebrar nada.
Valeria bajó la vista hacia su tío, que respiraba con dificultad.
—Si no hubieras estado allí abajo... él habría muerto. Y yo también.
Marcos negó lentamente con la cabeza.
—No. Si tú no hubieras conocido la montaña, jamás habríamos llegado hasta él. Nos hemos sacado de allí los dos.
Ella levantó la mirada y, por primera vez desde que se conocieron, sonrió sin reservas.
—Supongo que ya no somos el policía de ciudad y la bióloga testaruda.
Marcos dejó escapar una breve risa, ronca por el esfuerzo.
—Supongo que no.
Los dos guardaron silencio otra vez mientras las voces de los equipos de rescate resonaban cada vez más cerca.
Entonces Valeria habló casi en un susurro.
—Gracias por no soltarme.
Marcos la miró unos segundos antes de responder.
—Nunca fue una opción.
En ese instante, el sargento Ceballos irrumpió entre la maleza seguido por los primeros rescatadores.
Minutos más tarde, el silencio de la montaña quedó sepultado por el ir y venir de los equipos de emergencia.
Los sanitarios cubrieron a Julián con mantas térmicas y, tras inmovilizarlo con rapidez, lo acomodaron sobre una camilla para evacuarlo de urgencia hacia el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla.
Valeria caminó junto a la camilla sin soltar la mano de su tío ni un solo instante. Solo cuando los celadores la ayudaron a subir a la ambulancia volvió la cabeza.
Buscó a Marcos entre el ir y venir de guardias civiles, rescatadores y sanitarios.
Sus miradas se encontraron.
No hicieron falta palabras.
En aquellos pocos segundos ambos comprendieron que la montaña había cambiado algo entre ellos que ninguno era todavía capaz de nombrar.
La puerta de la ambulancia se cerró con un golpe seco.
Las luces azules comenzaron a alejarse por la pista forestal, perdiéndose entre la lluvia y la niebla.
Marcos permaneció inmóvil hasta que el último destello desapareció entre los árboles.
Solo entonces respiró profundamente.
Habían conseguido sacar a Julián de las entrañas de la montaña.
Pero una intuición, tan persistente como la propia bruma del valle, le decía que la historia estaba muy lejos de haber terminado.
Marcos se quedó rezagado junto al Patrol del cuartel de Santillana.
Tenía la cara tiznada de hollín y fango, la ropa empapada pegada al cuerpo y el dolor del hombro izquierdo recordándole que estaba vivo.
El sargento Ceballos se acercó a él, dejándole caer una manta de lana sobre los hombros y ofreciéndole un termo de café humeante sin decir una palabra, en un gesto de respeto mudo entre hombres de uniforme.
Valeria bajó un segundo de la ambulancia antes de que cerraran las puertas. Caminó hacia Marcos a través del barro de la pista, se plantó frente a él y, saltándose cualquier mirada curiosa de los guardias, le tomó de la mano ensangrentada y apoyó la frente contra su pecho.
—«Se acabó el destierro, inspector Vega» —susurró ella, contemplando cómo el sol de la mañana iluminaba por fin la inmensidad verde del valle. «La montaña te ha dejado salir».
Marcos sonrió de lado, le apretó los dedos con firmeza y miró hacia las cumbres de piedra que veinticuatro horas antes le parecían una prisión hostil.
—«No, Castro» —respondió Marcos, besándole el cabello húmedo y oliendo la libertad del norte—. «Esto no ha sido un destierro. Creo que, por fin, he encontrado el camino a casa».