CAPÍTULO 15
El olor a café de máquina y a desinfectante industrial sustituyó de golpe la atmósfera húmeda de la montaña.
En la tercera planta del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, el zumbido constante de los monitores y el ir y venir silencioso de los celadores marcaban un ritmo monótono, casi irrelevante, en contraste con el estruendo del río subterráneo que aún seguía retumbando en la cabeza de Marcos.
Parpadeó lentamente.
La luz blanca del pasillo le pareció demasiado limpia, demasiado estable.
Como si el mundo de arriba no tuviera derecho a existir después de lo que habían visto abajo.
El inspector estaba sentado en una de las incómodas butacas de skay verde de la habitación 314.
Llevaba una muda limpia que el sargento Ceballos le había facilitado unos vaqueros viejos y una sudadera gris que le quedaba algo corta de mangas, pero sus botas de montaña, todavía salpicadas de costras de barro seco de Udías, rompían la pulcritud del suelo linóleo.
Tenía el brazo izquierdo en cabestrillo; los médicos habían confirmado que el esfuerzo en la fosa no había reabierto la herida de bala de Madrid, pero la tendinitis severa le exigiría semanas de reposo.
En la cama, Julián Castro dormía con un gotero conectado a la muñeca.
La brecha de la frente mostraba una hilera de puntos de sutura limpios.
Su piel había recuperado parte del color, dejando atrás el tono ceniciento de las últimas horas, aunque las ojeras profundas seguían marcando el rastro del calvario vivido bajo tierra.
Respiraba con calma, por primera vez desde su desaparición.
Valeria entró silenciosamente en la habitación con dos vasos de plástico en las manos. Se había duchado en los vestuarios del personal y vestía ropa limpia, pero el cansancio le pesaba en los hombros. Le tendió uno de los vasos a Marcos.
—Es lo más parecido a café que he podido encontrar a estas horas —dijo con una sonrisa débil, sentándose en el brazo de la butaca, justo al lado de él.
Marcos aceptó el vaso con la mano derecha, agradeciendo el calor del plástico contra sus dedos entumecidos.
—¿Cómo está el informe médico? —preguntó él, bajando la voz para no alterar el sueño del arqueólogo.
—Estable. Tiene una deshidratación moderada y una luxación fuerte en el tobillo, pero los médicos dicen que su cabeza está intacta.
No hay daños neurológicos por el golpe. Es un roble, Marcos. Ha pasado una semana encerrado con una criatura que creíamos un mito y preocupado por un triskel.
Marcos miró de reojo la mesa de noche. Allí, junto a las gafas de Julián, descansaba el cuaderno de campo del arqueólogo que habían rescatado de la cueva.
La carpeta de cuero con los informes médicos de 1974 seguía bajo la custodia del inspector.
—Tu tío sabía perfectamente a lo que se enfrentaba en esa galería —comentó Marcos, dando un sorbo al café aguado —No buscaba solo las pinturas rupestres.
El informe del hospital de Valdecilla que encontramos en su guarida... Julián descubrió la historia de ese hombre hace años.
Sabía que los pastores del valle hablaban de una bestia, pero él investigó los registros civiles. Sabía que era un ser humano desahuciado por su propia genética y por una sociedad que no supo qué hacer con él.
Valeria clavó la mirada en las manos de su tío, que descansaban sobre la sábana blanca.
—Quería protegerlo, Marcos. Por eso no le dijo nada a nadie ni al cuartel de la Guardia Civil cuando decidió subir al monte solo. Sabía que, si enviaban un equipo de búsqueda armado, la historia terminaría como ha terminado: a tiros.
Julián quería demostrar que el «ojáncano» de Udías no era un monstruo de las leyendas, sino algo mucho más antiguo y mucho más real: el último eslabón de una tragedia familiar enterrada bajo décadas de silencio, en la España de los años setenta.
No era un ojáncano… al menos no en el sentido en que la gente del valle quería creer.
En ese momento, Julián se removió en la cama. Soltó un gemido leve y sus párpados se abrieron despacio.
Esta vez, su mirada ya no tenía la niebla de la fiebre del subsuelo; sus ojos azules, idénticos a los de Valeria, recorrieron la habitación hasta detenerse en el uniforme improvisado de Marcos y en el rostro de su sobrina.
—Las marcas… —murmuró el anciano.
La voz le salió rota, pero en sus ojos aún había una firmeza inesperada.
—No las hizo él. Él solo las borraba… o intentaba borrarlas.
Respiró con dificultad antes de continuar, como si cada palabra le costara más que la anterior.
—Alguien ya había estado en esa gruta mucho antes de que el chico se escondiera allí. Alguien que no buscaba huesos ni piedras.
Miró a Valeria, y por primera vez evitó sostenerle la mirada.
—Buscaba otra cosa.
Una pausa.
—Oro.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier explicación.
—No oro de río… —añadió al fin. —«Oro de guerra».
Marcos dejó el vaso de café en el suelo sin darse cuenta.
Se inclinó hacia delante, los codos apoyados en las rodillas, y su mirada se afiló de forma casi automática.
Algo en lo que acababa de oír le había cambiado el ritmo interno.
No era ya el cansancio ni el frío de la montaña.
Era otra cosa.
El mismo impulso que años atrás le obligaba a leer una escena en silencio, buscando lo que nadie más quería ver.