CAPÍTULO 13
La promesa bajo la roca
El avance con Julián se convirtió rápidamente en un ejercicio de agónica lentitud.
El arqueólogo presentaba una grave lesión en el tobillo izquierdo. La articulación estaba deformada, hinchada y teñida de un intenso color violáceo; le resultaba imposible apoyar el pie sin que el dolor le arrancara un gesto de sufrimiento.
Además, el fuerte golpe que había recibido en la cabeza le había abierto una brecha sobre la frente y le provocaba intensos mareos. Por momentos perdía la lucidez, cerraba los ojos unos segundos y parecía desvanecerse antes de volver a reaccionar con enorme esfuerzo.
Marcos cargaba con la mayor parte de su peso, pasando el brazo robusto del anciano sobre sus propios hombros y arrastrando las botas por el fango arcilloso, mientras Valeria abría la marcha.
La bióloga sostenía la última linterna dinámica del equipo, dándole a la manivela mecánica cada pocos minutos con un crujido plástico que se había convertido en el único metrónomo de su supervivencia.
Tras una hora de tortuoso progreso por un pasadizo ascendente que parecía no tener fin, las fuerzas de Marcos flaquearon. Su hombro herido latía con la fuerza de un hierro al rojo vivo y sus pulmones quemaban por el aire enrarecido.
—«Tenemos que parar» —jadeó Marcos, deteniéndose junto a una pequeña hornacina natural, una cavidad seca y resguardada de las corrientes de aire que bajaban del techo. —«Si sigo así, nos caeremos los dos al suelo».
Sentaron a Julián con sumo cuidado contra la pared de roca caliza.
El anciano, envuelto en la manta térmica que titilaba con destellos plateados bajo la luz moribunda, dejó caer la cabeza hacia el pecho y se quedó profundamente dormido en cuestión de segundos, vencido por el agotamiento de su cautiverio.
Marcos se dejó caer contra la pared opuesta de la pequeña gruta, estirando las piernas y exhalando un suspiro largo que sonó a rendición.
Tenía las manos cubiertas de costras de barro negro y sangre seca, y el frío del subsuelo empezaba a calar los huesos a través de la ropa húmeda.
Valeria se sentó a su lado, dejando la linterna de manivela entre ambos.
El lánguido cono de luz apenas alcanzaba a iluminar sus rostros, dejando el resto del mundo reducido a una penumbra espesa e indiferente.
A su alrededor, la roca cerraba el espacio como una envoltura infinita, amortiguando cualquier sonido hasta convertirlo en un murmullo lejano.
Por un instante, todo lo que existía era aquel pequeño círculo de claridad: dos respiraciones irregulares, el brillo húmedo del barro en la piel y la certeza de que, más allá de la luz, la montaña seguía extendiéndose sin límites visibles.
El silencio de la cueva regresó, pero esta vez ya no era el silencio opresivo de la trampa. Era el silencio de dos personas que sabían, sin necesidad de verbalizarlo, que estaban llegando al límite absoluto de sus capacidades humanas.
—«No sé si vamos a salir de esta, Vega» —dijo Valeria en un susurro, mirando hacia la boca del túnel oscuro que se abría frente a ellos. Su voz, habitualmente firme, sonaba despojada de toda armadura, frágil y desnuda.
—Si el temporal exterior sigue arreciando, el agua de los niveles inferiores subirá y el aire de esta galería terminará por estancarse. Hemos encontrado a mi tío... «pero quizá solo para morir con él».
Marcos giró la cabeza hacia ella. A pesar del hollín que le manchaba las sienes, del barro seco en sus mejillas y del cansancio que le ensombrecía la mirada, Valeria le pareció la mujer más auténtica y arrebatadora que había visto en su vida.
Su valentía salvaje en el monte y su entereza bajo la tierra habían derribado, una a una, todas las barreras defensivas que él había construido en Madrid para aislarse del dolor tras la muerte de Santi.
—«Saldremos, Castro» —respondió Marcos, clavándole una mirada intensa que hizo que la bióloga girara el rostro hacia él. —He sobrevivido a los peores callejones de la capital y tú me has enseñado a leer las marcas de esta montaña para no tenerle miedo a las sombras.
—No he cruzado toda la península para terminar enterrado en una madriguera de piedra. No ahora...
—«¿Ahora que qué, Marcos?» —preguntó ella, acortando los pocos centímetros de distancia que los separaban en la repisa. Sus ojos oscuros brillaron bajo el tenue resplandor de la linterna.
—«Ahora que te he encontrado a ti» —confesó él con la voz rota por la emoción, dejando caer por fin el orgullo policial.
Valeria no respondió con palabras. Extendió su mano temblorosa, le acunó la mejilla con suavidad y se inclinó hacia él. «El beso» nació de la necesidad más profunda y urgente de aferrarse a la vida en mitad de aquel entorno de muerte.
Fue un encuentro que comenzó suave, casi tímido, compartiendo el sabor amargo del polvo de calcita, pero que rápidamente se transformó en un abrazo desesperado y ardiente.
Marcos la rodeó con los brazos y la atrajo hacia él con una intensidad instintiva, más cercana al alivio que a cualquier otra cosa.
Valeria respondió sin dudar, aferrándose a su chaqueta con los dedos todavía temblorosos mientras apoyaba la frente contra su pecho.
En mitad de la oscuridad del subsuelo cántabro, bajo el peso silencioso de la montaña, no hicieron falta palabras. Todo lo que habían sido hasta ese momento —la desconfianza, la distancia, las dudas— quedó suspendido en algún punto fuera de la luz.
Cuando por fin se separaron, lo hicieron despacio, como si el movimiento pudiera romper algo frágil.
Sus frentes quedaron apoyadas una contra otra, compartiendo el mismo aire, la misma respiración aún descompasada.
El miedo no había desaparecido.
Pero ya no estaba entre ellos.
Y por primera vez desde que habían entrado en la cueva, «no se sentían solos».
—«Por aquí... el agua... el agua os guiará a la salida» —el murmullo de Julián, flotando en esa delicada frontera que separa el delirio febril del recuerdo topográfico, los devolvió a la realidad.
El anciano abrió los ojos a duras penas y, con un dedo tembloroso, apuntó hacia el fondo de la hornacina donde se habían refugiado.
Allí, oculta tras una cortina de estalactitas rotas, nacía una pequeña gatera natural, un conducto circular de apenas medio metro de diámetro por el que soplaba una corriente de aire gélido.
Al introducirse en ella arrastrando a Julián, el rumor sordo que los había acompañado durante horas se transformó de golpe en un rugido ensordecedor, rítmico y salvaje.
La gatera desembocaba directamente en el cauce de un río subterráneo. Bajo la agonizante luz de la linterna de manivela, el espectáculo resultaba sobrecogedor.
El torrente, alimentado por el temporal que castigaba el exterior de la montaña, avanzaba encajonado entre las paredes de caliza con una violencia salvaje.
El agua chocaba contra la roca levantando remolinos de espuma blanca, mientras un estruendo continuo llenaba la galería hasta hacer vibrar el pecho.
Apenas dieron el primer paso, el agua les cubrió las rodillas.
Era un frío brutal, nacido del deshielo de las cumbres, que mordía la piel y entumecía los músculos en cuestión de segundos.
La corriente empujaba con una fuerza inesperada, obligándolos a clavar bien las botas para no perder el equilibrio.
Marcos avanzó el primero. Ya no se trataba de encontrar el camino para eso seguía confiando en Valeria, sino de abrir paso entre la corriente y proteger a Julián, que apenas podía mantenerse en pie.
Cada paso exigía un esfuerzo enorme, y un simple resbalón bastaría para que el río los arrastrara hacia la oscuridad.
Pasó el brazo izquierdo de Julián sobre su nuca, sosteniéndolo por el cinturón, mientras con la mano derecha utilizaba una vara de madera para tantear el lecho del río, buscando evitar las pozas profundas o las grietas ocultas bajo la corriente.
Valeria cerraba la fila, manteniendo la linterna en funcionamiento constante con un esfuerzo mecánico que le hacía sangrar los dedos.
A medida que avanzaban, el techo de la galería comenzó a descender de forma alarmante.
La roca caliza, pulida y negra, bajaba centímetro a centímetro, obligándolos primero a encorvarse y luego a avanzar semiagachados en mitad del torrente helado.
El espacio vital entre la superficie del agua y el techo de la cueva se redujo a apenas treinta centímetros. El aire se volvió escaso, saturado por el rocío del río y el olor a piedra mojada.
La claustrofobia de Marcos, aquella vieja enemiga nacida en los callejones oscuros de Madrid, intentó regresar para atenazarle la garganta.
Sintió que el pecho se le contraía y que las paredes de piedra se cerraban sobre él como una prensa hidráulica.
Sin embargo, en mitad del cono de luz parpadeante, giró la cabeza y se topó con la mirada de Valeria. Los ojos oscuros de la bióloga, fijos en él, llenos de una confianza ciega y «el recuerdo vivo del beso en la gruta, actuaron como un escudo impenetrable contra el pánico».
—«¡Marcos! ¡El techo toca el agua de frente! ¡Es un sifón!» —gritó Valeria, teniendo que alzar la voz por encima del estruendo del río.
Unos metros más adelante, la roca del techo se sumergía por completo en el cauce. No había espacio para respirar; la montaña parecía haber cerrado la última puerta.
Sin embargo, Marcos observó que las ramas y las hojas que flotaban en el torrente eran succionadas con fuerza hacia el interior del sifón, lo que indicaba que el río corría libremente hacia el otro lado, buscando una salida exterior.
—«Es un tramo corto, tiene que serlo. Los mapas de tu tío situaban el final de este curso cerca de las concesiones mineras viejas» —dijo Marcos, regulando el aire y midiendo la fuerza de la corriente—.
«Yo pasaré primero con Julián. En cuanto sientas que la cuerda guía que nos une se tensa tres veces seguidas, vienes detrás. No lo pienses, Valeria. Solo déjate llevar por la corriente y mantén los ojos cerrados. Nos vemos al otro lado».
Marcos inspiró todo el aire que sus pulmones le permitieron, aferró a Julián por el cuello de la chaqueta técnica en una posición de salvamento militar y se sumergió de cabeza en el agua gélida.
La oscuridad fue instantánea y absoluta, un abrazo líquido y helado que le encogió el corazón.
Avanzó a ciegas, golpeándose los hombros contra las paredes angostas del sifón, arrastrado por la fuerza bruta del torrente subterráneo en una lucha agónica contra el tiempo, el frío y la asfixia.