CAPÍTULO 12
El nido del monstruo
La adrenalina es un combustible de mecha corta; cuando se apaga, deja en el cuerpo una resaca de plomo. A Marcos le temblaban las rodillas mientras ayudaba a Valeria a ponerse en pie.
El aire en la gran bóveda se había vuelto denso, viciado por el olor a azufre de los disparos y la persistente pestilencia orgánica de la criatura.
Las linternas, exhaustas tras el esfuerzo, emitían apenas un resplandor anaranjado y mortecino que estiraba las sombras de las estalactitas, haciéndolas parecer garras suspendidas sobre sus cabezas.
—Tenemos que movernos —dijo Marcos, con la voz ronca, guardando la pistola en la cartuchera con dedos torpes—. La vibración de los disparos o el ruido del derrumbe podrían atraer más desprendimientos. Además, nuestras luces no aguantarán otra hora.
Valeria asintió en silencio. Se limpió el barro de la cara con el dorso de la mano, dejando un rastro oscuro sobre su piel pálida.
Su mirada seguía fija en la boca del túnel secundario, la estrecha garganta de piedra por la que el gigante había emergido.
No había miedo en sus ojos, sino una urgencia biológica, el instinto de la rastreadora que sabe que el final del hilo está cerca.
—Salió de ahí —susurró ella, apuntando con el lánguido haz de su linterna de mano.
—Ese pasadizo no es una formación natural limpia.
Las paredes están desgastadas a media altura, como si algo grande hubiera rozado la roca durante años.
—Es su madriguera, Marcos. —Y si mi tío sigue vivo, está ahí dentro.
Se adentraron en el pasadizo en fila india, con Marcos abriendo la marcha y Valeria pegada a su espalda.
El túnel obligaba a avanzar semiencorvados.
El suelo había dejado de ser la roca desnuda que dominaba el resto de la cueva.
Ahora estaba cubierto por una espesa capa de hojarasca húmeda, pequeñas ramas arrancadas del bosque, huesos de roedores y otros restos difíciles de identificar, como si alguien hubiera ido acumulándolos allí durante años.
El olor cambió de inmediato.
Ya no era el aire frío y mineral del sistema kárstico, sino una mezcla densa de humedad estancada, pelaje mojado, grasa animal y un penetrante hedor a amoníaco que obligaba a respirar por la boca.
Marcos iluminó las paredes. Encontró arañazos profundos en la roca y mechones de pelo oscuro enganchados entre las grietas.
Aquello no era una simple galería.
Era la guarida de algo que seguía utilizándola.
A los pocos metros, el pasadizo giró bruscamente a la izquierda y se abrió a una pequeña cámara lateral, una especie de burbuja geológica protegida de las corrientes de aire.
Marcos levantó la linterna y el haz de luz reveló un escenario que descolocó por completo sus esquemas policiales.
No era la guarida de una bestia; era el hogar de «un náufrago del tiempo».
En un rincón, sobre un lecho de helechos secos, descansaban varias mantas de lana áspera con el sello descolorido del ejército español de los años setenta.
Había latas de conserva oxidadas abiertas con herramientas rudimentarias, cazuelas de aluminio abolladas y, lo que más llamó la atención de Marcos, una hilera de botellas de vidrio oscuro alineadas con un orden casi obsesivo.
—¡Tío Julián! —el grito de Valeria rompió la penumbra de la estancia, cargado de una angustia desgarradora.
Al fondo de la oquedad, semiescondido tras una lona alquitranada, un cuerpo humano estaba tendido sobre el suelo de tierra.
Marcos se adelantó rápidamente, cubriendo a Valeria, pero al apartar la lona con la punta de la bota, descubrió que el hombre no se movía.
Era Julián Castro. Estaba atado de pies y manos con cuerdas de esparto viejas y deshilachadas.
Tenía la camisa de monte hecha jirones y una brecha profunda en la frente, cubierta por una costra de sangre seca y barro.
Estaba demacrado, con la piel grisácea y los labios agrietados por una deshidratación severa, pero cuando Valeria se arrodilló a su lado y le tomó el rostro entre las manos, los párpados del anciano vibraron. Su mirada, nublada por la fiebre, tardó unos segundos en enfocar a su sobrina.
—Valeria... —consiguió articular con un hilo de voz, un susurro pastoso que apenas lograba salir de su garganta. —No... debiste venir... —Él... él va a volver... —Protege el triskel... dijo Julián
—Ya no va a volver, tío. Está bien. Estamos aquí —dijo Valeria, con las lágrimas rodando por sus mejillas mientras sacaba su navaja para cortar las ligaduras de esparto. Las cuerdas habían dejado marcas violáceas y profundas en las muñecas del arqueólogo.
Mientras Valeria le daba de beber pequeños sorbos de agua de su cantimplora y le envolvía los hombros con una manta térmica de emergencia, Marcos comenzó a inspeccionar los restos de la estancia.
Su mente, entrenada en la brigada de Madrid para buscar el orden detrás del caos, se fijó en una caja de madera de munición militar que servía de mesilla improvisada.
En su interior no había armas, sino cuadernos de notas de Julián y una carpeta de cuero vieja llena de recortes de prensa y documentos médicos oficiales fechados en 1974.
Marcos sacó los papeles y los hojeó bajo la luz mortecino. Las piezas del rompecabezas mitológico se derrumbaron de golpe para revelar una realidad mucho más trágica y humana.
—No nos enfrentábamos a un ojáncano, Valeria —dijo Marcos, con la voz grave, rompiendo el silencio de la cueva. —Mira esto.
Los informes médicos pertenecían al hospital de Valdecilla. Documentaban el nacimiento de un varón en una de las brañas más aisladas del valle, hijo de una familia que arrastraba generaciones de endogamia extrema.
El diagnóstico no dejaba lugar a dudas. El niño padecía una forma extremadamente rara de hipertricosis congénita, un trastorno que cubría casi todo su cuerpo de un espeso vello oscuro.
A ello se sumaba un gigantismo provocado por un exceso de hormona del crecimiento y un grave retraso en su desarrollo cognitivo.
Con el paso de los años adquirió una estatura descomunal, una fuerza fuera de lo común y unos rasgos faciales toscos que, unidos a su aislamiento absoluto, alimentaron la creencia de que no era un hombre, sino el legendario ojáncano del que hablaban las viejas historias del valle.
Tras la muerte de sus padres en los años ochenta, el pueblo simplemente asumió que el «monstruo» había muerto o desaparecido. En realidad, se había refugiado en el único lugar donde nadie se atrevía a entrar: el sistema de galerías subterráneas.
—Vivía del pillaje en las cabañas de los pastores y de lo que cazaba —explicó Marcos, guardando los documentos—. Desarrolló un sentido de la territorialidad psicótico. Para él, esta cueva era su mundo. Y cuando tu tío entró a buscar las pinturas, pensó que venían a destruir su hogar.
Julián, apoyado contra el pecho de Valeria, asintió débilmente, recuperando un destello de lucidez gracias al agua.
—Él... él no quería matarme al principio —susurró el anciano, con los ojos fijos en el techo de roca.
—Custodiaba las marcas de los antiguos. Pensaba que el triskel de la entrada era su propia marca.
Me encerró aquí para que la montaña decidiera mi destino...
Me dio agua los dos primeros días... pero luego llegó la tormenta.
Marcos levantó la vista hacia la boca del túnel y, casi por inercia, consultó su reloj. Las agujas seguían avanzando con una indiferencia cruel, como si el tiempo transcurriera igual bajo toneladas de roca que en la superficie.
«Habían encontrado a Julián».
Habían descubierto la verdad que se ocultaba tras la leyenda.
Y, sin embargo, nunca habían estado tan lejos de salir con vida.
Las baterías de las linternas se consumían minuto a minuto. El agua continuaba filtrándose por las galerías y ahora, además de encontrar una salida, debían sacar de allí a un hombre gravemente herido atravesando un laberinto de roca que apenas comprendían.
Marcos volvió la vista hacia el oscuro pasadizo del que acababan de salir.
No se veía nada. No se oía nada.
Pero aquella ausencia de ruido no le tranquilizaba.
Ignoraba si la criatura había muerto bajo el derrumbe, si yacía malherida entre las rocas... o si simplemente aguardaba el momento de volver a salir de la oscuridad.
Apretó con fuerza la empuñadura de la pistola.
No podía permitirse dar nada por terminado.
Ni siquiera aquella pesadilla.