CAPÍTULO 11
El disparo en el abismo
Los músculos de los antebrazos de Marcos protestaron con un latigazo de dolor que le recorrió los hombros y descendió por toda la columna vertebral.
Tenía las rodillas clavadas en el borde quebradizo de la sima, sobre una mezcla de arcilla húmeda y calcita que se desmenuzaba bajo su peso.
Cada pequeño desprendimiento hacía caer una lluvia de piedras y tierra al vacío, cuyo eco tardaba largos segundos en desaparecer.
Apenas se atrevía a respirar.
Sus manos, entumecidas por el frío y cubiertas de un barro espeso que convertía cada movimiento en una lucha contra el deslizamiento, aferraban con todas sus fuerzas las muñecas de Valeria.
Sentía cómo los dedos iban perdiendo sensibilidad, mientras el esfuerzo hacía temblar cada músculo de sus brazos.
Debajo de él, «el cuerpo de Valeria pendía sobre la oscuridad».
Sus botas buscaban desesperadamente un apoyo en la pared de roca, pero solo encontraban humedad y piedra pulida. Bastaba un instante de debilidad, un simple resbalón o un nuevo desprendimiento para que ambos desaparecieran en el abismo.
Marcos apretó los dientes hasta hacerse daño.
No iba a soltarla.
Aunque la montaña decidiera llevárselos a los dos.
No era una cuestión de fuerza física; en ese momento, la vida de la bióloga dependía únicamente de la fuerza de voluntad de un hombre que se negaba a ver morir a alguien más en sus manos.
Abajo, el vacío de la fosa vertical soplaba una corriente de aire gélido que empujaba las piernas de Valeria, como si la propia montaña reclamara un tributo de carne. Arriba, a la espalda de Marcos, el aire se había vuelto irrespirable.
La pestilencia a pelaje empapado, barro estancado y carne sin lavar se volvió casi insoportable.
Cada respiración del monstruo llegaba hasta él convertida en un jadeo áspero, irregular y profundo, como el de un animal exhausto que, aun así, conservaba una fuerza descomunal.
Entonces el aire cambió.
Marcos percibió el pesado desplazamiento de la maza antes de verla. El silbido sordo de la madera cortando el aire, seguido del leve crujido de unos músculos tensándose, le bastó para comprender lo que estaba a punto de ocurrir.
No necesitó volverse.
Sabía que la criatura acababa de alzar el arma.
Y él seguía sujetando a Valeria con las dos manos.
No tenía forma de defenderse.
Entonces lo sintió.
Un leve desplazamiento del aire rozó la nuca de Marcos, seguido por una sombra gigantesca que se proyectó sobre el borde de la sima, deformada por la luz vacilante de su linterna. Durante una fracción de segundo, el tiempo pareció detenerse.
No necesitó mirar.
Años de servicio, decenas de intervenciones y un instinto forjado en situaciones límite le dijeron exactamente lo que estaba ocurriendo.
La criatura estaba descargando la maza.
Calculó la distancia casi de manera inconsciente.
No llegaba a dos segundos.
No podía apartarse sin soltar a Valeria.
Y si la soltaba, ella caería al vacío.
No había elección.
Solo el impacto que estaba a punto de alcanzarlo.
—«¡Marcos, suéltame de una mano! ¡Confía en mí, maldita sea!» —el grito de Valeria reverberó en las paredes de la fosa, rompiendo el siseo de la estática de la radio muerta.
La propuesta era una locura que contradecía cualquier protocolo de salvamento, pero en los ojos oscuros de Valeria, que lo miraban desde la penumbra del abismo, no había pánico ciego; había una determinación salvaje.
Marcos apretó los dientes, tragándose el miedo, y aflojó el agarre de su mano izquierda, concentrando toda la energía de su brazo derecho en sostener el peso muerto de la mujer.
Libre de una ligadura, Valeria reaccionó con la agilidad de quien ha pasado la vida escalando en roca.
Flexionó las rodillas hacia el pecho en un movimiento violento de contracción y, con la puntera de su bota de montaña, pateó con precisión el casco de espeleología que se le había desprendido durante la caída y que había quedado encajado de milagro en una grieta del borde, a escasos centímetros de las manos de Marcos.
El casco salió despedido hacia arriba en una trayectoria parabólica. La linterna de LED integrada, que había entrado en modo de fallo estroboscópico debido al golpe anterior, comenzó a emitir ráfagas de luz blanca, intermitente y cegadora a escasos centímetros del rostro de la criatura.
El destello inesperado impactó de lleno en el único ojo funcional del atacante. El hombre salvaje soltó un alarido de dolor y desconcierto que sonó como el bramido de un oso herido.
Se llevó las manos cubiertas de vello grueso a la cara, perdiendo el equilibrio del cuerpo y desviando la trayectoria de la maza en el último suspiro.
—«¡Ahora, arriba!» —bramó Marcos.
Aprovechando la fracción de segundo en que la bestia se tambaleaba a ciegas, Marcos tiró de Valeria con el alma.
Los tendones de su hombro izquierdo, el mismo que tres meses atrás había sido arañado por una bala en Madrid, protestaron con un ardor insoportable, pero la descarga de adrenalina anuló el dolor. Con un movimiento coordinado, izó el cuerpo de la bióloga sobre el labio de la fosa.
La criatura arrancó la maza del suelo con un rugido de frustración y volvió a alzarla. Era el segundo intento. Con un movimiento aún más violento que el anterior, descargó el arma sobre ellos. Marcos reaccionó por puro instinto.
Sujetando a Valeria con todas sus fuerzas, ambos rodaron por el fango arcilloso hacia la izquierda justo cuando la maza descendía con una fuerza descomunal.
El impacto abrió un profundo cráter en el terreno y una lluvia de barro les cayó encima.
El impacto contra la roca viva donde Marcos había tenido clavadas las rodillas un instante antes produjo un estallido seco que levantó astillas de piedra caliza.
Marcos no se detuvo a recuperar el aliento. Su mente policial, fría y entrenada para la violencia, se activó de forma automática. Se deslizó de espaldas por el suelo resbaladizo, estiró el brazo derecho y sus dedos encontraron el tacto rugoso y familiar de la culata de su Heckler & Koch.
El arma estaba rebozada en barro, pero el mecanismo seguía limpio. Se giró sobre el costado, encaró la enorme silueta que aún se sacudía la cabeza intentando recuperar la visión y presionó el disparador.
El trueno del primer disparo rompió el silencio milenario de la caverna con una violencia acústica que les reventó los tímpanos.
El fogonazo amarillo de la boca del cañón iluminó por una milésima de segundo las facciones deformes del ojáncano humano: los dientes desgastados, la frente prominente y la sangre que ya brotaba de los impactos anteriores en su torso.
Marcos no dejó de disparar. Dos, tres, cinco detonaciones seguidas en un fuego rápido que vació la mitad del cargador. Los impactos de las balas de 9 milímetros actuaron como martillazos sucesivos sobre la masa de carne y pelo, frenando su avance y obligándola a retroceder de forma torpe.
El último disparo le dio de lleno en la rodilla sana. Con un gemido largo, agudo y terriblemente humano, el gigante perdió el apoyo en el fango resbaladizo del borde.
Sus enormes manos arañaron el aire buscando un asidero que no existía. Un instante después, «la mole de dos metros se precipitó de espaldas hacia el abismo» de la fosa vertical.
El eco de su cuerpo golpeando contra las salientes de piedra caliza de la chimenea kárstica se prolongó durante varios segundos, rebotando de pared en pared mientras descendía en la oscuridad.
Cada impacto se iba debilitando, como si la propia montaña lo fuera tragando poco a poco.
Finalmente, un golpe sordo, lejano, se perdió en el fondo del río subterráneo.
Después, nada.
Solo el murmullo constante del agua bajo la roca, indiferente, como si la lucha nunca hubiera ocurrido.
El silencio regresó a la gran bóveda de golpe, denso, cargado de un olor penetrante a pólvora quemada, azufre y la pestilencia rancia de la criatura.
Marcos dejó caer el brazo que sostenía el arma, apoyando la cabeza contra el suelo de barro. Su pecho subía y bajaba con violencia, intentando atrapar un aire que parecía haberse vuelto demasiado espeso.
A un metro de él, Valeria permanecía ovillada sobre la roca, temblando sin control. La respiración le salía entrecortada, en sacudidas rápidas, mientras intentaba recuperar el aire que el susto le había arrancado del cuerpo.
Tenía la ropa empapada pegada a la piel y los dedos rígidos por el frío, incapaz de distinguir del todo si seguía cayendo o si, por fin, había terminado.
Sus ojos, muy abiertos, buscaban a Marcos en la penumbra como si aún no estuviera segura de que él siguiera allí.
Sin decir una palabra, Marcos se arrastró hacia ella. Rompiendo toda distancia profesional, la atrajo hacia su cuerpo y la envolvió en un abrazo protector.
Valeria se aferró a la cazadora de cuero del policía con los dedos agarrotados, hundiendo el rostro en su cuello mientras las primeras lágrimas de descompresión limpiaban el polvo de calcita de sus mejillas.
En mitad de la negrura de la montaña, abrazados sobre el borde del abismo, tardaron varios segundos en comprender que seguían vivos.
La respiración de ambos era irregular, rota, como si sus cuerpos aún no hubieran aceptado que la caída no había sido el final.
El frío de la roca se les pegaba a la piel empapada, y el eco del río subterráneo seguía resonando muy por debajo de ellos, recordándoles lo cerca que habían estado de desaparecer.
Marcos no soltó a Valeria de inmediato. Primero comprobó que respondía, que su pulso seguía ahí, débil pero constante. Ella, todavía temblando, apoyó la frente contra su hombro sin decir nada.
Solo entonces llegó la conciencia real del momento.
Habían sobrevivido.
Pero la montaña no había terminado.
En algún lugar de la oscuridad, más arriba, más profundo o más cerca de lo que podían calcular, el laberinto de piedra seguía abierto, respirando con ellos, como si los hubiera dejado pasar… únicamente por ahora.