El Silencio del Valle CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La sombra que no respira

La vibración no nació bajo sus pies.

Comenzó en las propias paredes de la inmensa bóveda calcárea, propagándose por la roca con una lentitud inquietante.

No era el estruendo brusco de un desprendimiento, sino un zumbido grave, casi imperceptible al principio, que parecía atravesar la piedra para instalarse dentro del cuerpo.

Marcos lo sintió en el pecho antes que en los oídos. Un segundo después, le hizo vibrar la mandíbula y los dientes, como si la montaña estuviera emitiendo una nota tan profunda que escapaba a la percepción humana.

Entonces ocurrió.

Los haces de las linternas frontales comenzaron a titilar.

Primero fue un parpadeo aislado. Después otro. En cuestión de segundos, la luz perdió fuerza hasta adquirir un tono enfermizo, amarillento e inestable.

Las sombras empezaron a alargarse sobre las paredes, deformando las estalagmitas y convirtiéndolas en figuras grotescas que parecían moverse al ritmo de aquella extraña pulsación.

Valeria levantó instintivamente la mano hacia el casco.

—¿Qué demonios...?

Antes de que pudiera terminar la frase, ambas linternas volvieron a titilar al unísono.

Durante un instante aterrador, la oscuridad estuvo a punto de tragárselos por completo.

El radio oficial que Marcos llevaba acoplado al chaleco emitió un siseo ensordecedor de estática antes de apagarse por completo.

—Las baterías... se están muriendo —dijo Valeria, propinando un golpe seco al lateral de su casco en un intento desesperado por reanimar la luz—. No tiene sentido, las revisé antes de salir, estaban cargadas al máximo.

—Shh... Calla —la interrumpió Marcos, poniéndose en alerta máxima de inmediato.

Su voz murió antes de terminar la frase.

Desde la galería que se abría tras el altar del ojáncano llegó un sonido.

Al principio fue poco más que un susurro.

Un roce áspero, lento y discontinuo, como si algo muy pesado se deslizara sobre la roca húmeda con un esfuerzo agotador. El sonido llegaba amortiguado por las galerías, tan tenue que Marcos llegó a pensar que podía tratarse de un nuevo desprendimiento.

Pero no.

Se repitió.

Y volvió a hacerlo.

Esta vez con una cadencia inconfundible.

Eran pasos.

Lentos. Irregulares. Arrastrados.

Cada uno resonaba en las entrañas de la montaña con un eco sordo que parecía acercarse desde algún lugar oculto de la oscuridad.

Entre un paso y el siguiente se abrían largos segundos de silencio, como si quien avanzaba tuviera que reunir fuerzas antes de dar el siguiente.

Aquella forma de caminar resultaba mucho más inquietante que una carrera.

Porque transmitía una única certeza.

Lo que se acercaba no tenía ninguna prisa.

Entre un paso y el siguiente se colaba un jadeo grave, áspero, como el de unos pulmones enfermos obligados a respirar con un esfuerzo sobrehumano.

El eco multiplicó aquel sonido por toda la cavidad. Era imposible saber a qué distancia se encontraba. Solo una cosa resultaba evidente. «Aquello se estaba acercando».

El aire de la sala cambió de golpe; la humedad mineral fue sustituida por una pestilencia rancia, a pelaje mojado, fango podrido y carne en descomposición.

Marcos reaccionó antes de ser plenamente consciente de ello. Dio un paso al frente y se colocó instintivamente entre Valeria y la boca del túnel, convirtiéndose en el único obstáculo entre ella y aquello que avanzaba desde la oscuridad.

Su mano encontró la culata de la pistola casi por inercia. La desenfundó con un movimiento limpio, aprendido tras años de servicio, mientras el pulgar liberaba el seguro y el cañón buscaba el centro de la galería.

No apartó la vista de la negrura que tenían delante.

Esperó.

Porque había aprendido que, en ocasiones, el mayor error no era disparar demasiado pronto.

Era hacerlo un segundo demasiado tarde.

El chasquido metálico al montar el arma resonó en toda la bóveda como un veredicto definitivo. Apuntó al frente, tratando de fijar el blanco en mitad de la luz parpadeante.

—¡Guardia Civil! ¡Salga con las manos en alto! —bramó Marcos. Su voz de mando, forjada en los peores barrios de Madrid, buscó imponer un orden humano en mitad de aquel caos prehistórico.

La respuesta fue un rugido cavernoso que sacudió las estalactitas del techo, desprendiendo una lluvia de fragmentos de piedra sobre ellos.

De la penumbra del túnel emergió una silueta colosal, de «más de dos metros de altura».

La luz titilante apenas permitía vislumbrar una masa deforme y descomunal, cubierta de jirones de ropa vieja y un pelaje grueso, sucio y apelmazado de barro.

Un único destello amarillento, salvaje y carente de toda humanidad, brillaba con fuerza en el centro de lo que parecía ser su rostro cubierto de pelo.

La criatura avanzó hacia ellos con una velocidad pasmosa, empuñando un pesado madero erizado de piedras afiladas.

—¡Atrás, Valeria! ¡Muévete! —gritó el inspector.

Marcos no esperó a que aquella figura diera un paso más.

Apretó el gatillo.

La primera detonación estalló en la bóveda con una violencia brutal, seguida casi de inmediato por otras dos. Los disparos retumbaron una y otra vez entre las galerías, multiplicándose en un eco ensordecedor que parecía hacer temblar la propia montaña.

Durante apenas unas fracciones de segundo, los fogonazos iluminaron la caverna con una luz blanca y violenta.

Fue suficiente.

La figura quedó recortada entre las sombras: un cuerpo gigantesco cubierto de un espeso vello, hombros descomunales, brazos anormalmente largos y un rostro deformado por rasgos tan extremos que, bajo aquella luz intermitente, parecía pertenecer más a una pesadilla que a un ser humano.

Y entonces volvió la oscuridad.

La criatura soltó un alarido de dolor y rabia ciega al recibir los impactos en el torso, pero las balas de 9 milímetros no la detuvieron; su adrenalina o su fuerza sobrenatural la mantuvieron en pie, arremetiendo con aún más furia.

Valeria, presa del pánico, intentó retroceder hacia la zona más oscura de la sala buscando cobijo, pero el barro arcilloso traicionó sus botas.

Su pie derecho pisó el vacío en el borde de una sima vertical que se abría de forma abrupta en el suelo de la bóveda, una chimenea natural de ventilación sin fondo visible.

—¡Marcos! —gritó ella mientras perdía el equilibrio y caía de espaldas hacia el abismo.

Marcos giró sobre sus talones, olvidándose de la criatura por un instante.

Valeria acababa de perder pie.

Se lanzó de rodillas hacia el borde de la sima y, en el último segundo, logró sujetarla por las muñecas.

La sacudida estuvo a punto de arrastrarlo con ella.

Sus botas resbalaron sobre el barro y quedaron detenidas a escasos centímetros del abismo.

Valeria pendía en el vacío, balanceándose sobre una oscuridad que parecía no tener fondo, mientras Marcos apretaba los dientes y tiraba de ella con todas sus fuerzas.

Los músculos de sus brazos ardían por el esfuerzo.

La pistola había salido despedida durante la caída y descansaba varios metros más atrás, medio enterrada en el fango.

Entonces volvió a oírlo. Aquel resuello grave. Lento. Cada vez más cerca.

El olor acre de la bestia inundó la galería antes incluso de que Marcos se atreviera a girar la cabeza.

La enorme silueta se detuvo al borde del círculo de luz que proyectaban las linternas, como si dudara un instante antes de cruzar aquella frontera de claridad. Permaneció inmóvil, envuelta en sombras, apenas definida por el tenue resplandor que dibujaba el contorno de su cuerpo.

Su sola presencia bastó para helar el aire. Durante un instante permaneció inmóvil, como si saboreara el silencio que había seguido al estallido del terror.

No había prisa en sus movimientos. Observó a Marcos con una calma inquietante, disfrutando del miedo que había sembrado, seguro de que no existía escapatoria. Cada segundo se alargaba como una eternidad.

Después levantó la maza con lentitud, dejando que el peso del arma anunciara lo que estaba a punto de suceder.

Marcos sintió cómo el corazón le golpeaba el pecho. Tenía a Valeria entre sus brazos, aferrada a él, incapaz de mantenerse en pie. Si la soltaba, caería al suelo. Si la sostenía, no tendría forma de protegerse.

Estaba atrapado. No podía abandonar a Valeria. Y tampoco podía defenderse.