CAPÍTULO 9
El altar del ojáncano
Cada paso los alejaba un poco más del mundo conocido. Adentrarse en el sistema kárstico significaba descender hacia un lugar donde la luz del día no tenía memoria.
La temperatura cayó de forma brusca y una corriente helada se deslizó por las galerías, colándose bajo la ropa y erizándoles la piel.
El terreno también había cambiado. El suelo era irregular y resbaladizo, sembrado de estalagmitas que surgían de la roca como colmillos de piedra.
A ambos lados, las coladas calcíticas descendían por las paredes formando pliegues ondulados, semejantes a inmensos cortinajes petrificados por el paso de los siglos.
El silencio era absoluto. Solo el goteo constante del agua y el roce de sus botas contra la roca rompían una quietud tan profunda que parecía ajena al paso del tiempo.
Después de treinta minutos de caminata silenciosa, donde la complicidad mutua se manifestaba en el contacto constante de sus hombros y el intercambio de miradas para asegurar cada paso, la estrecha galería desembocó en una bóveda circular de dimensiones colosales.
El techo era tan alto que el haz de sus linternas, por muy potentes que fueran, apenas alcanzaba a vislumbrar las formaciones rocosas que coronaban la sala. Era una catedral natural construida por el goteo paciente de milenios.
—Marcos, mira allí —dijo Valeria, deteniéndose en seco y apuntando con su frontal hacia el centro de la sala.
En mitad de la caverna, perfectamente montada sobre una repisa de piedra que parecía elevarse sobre el resto del suelo, había «una tienda de campaña de lona verde», visiblemente deteriorada.
Alrededor, varias cajas de plástico industrial contenían herramientas de excavación, pinceles finos, una libreta de notas de campo empapada por la humedad y una cantimplora de aluminio con el nombre Julián grabado a fuego.
Marcos se adelantó con el arma en la mano, cubriendo el perímetro de forma táctica, con los sentidos agudizados ante cualquier signo de vida.
El campamento estaba desierto, pero no parecía abandonado voluntariamente tras una larga estancia; había una taza de café volcada sobre un hornillo de gas que seguía abierto, aunque sin combustible, como si alguien hubiera interrumpido una tarea rutinaria de forma súbita y violenta.
Valeria se deshizo del agarre de Marcos y corrió hacia la tienda, arrodillándose en el barro para inspeccionar el desorden. Al abrir la libreta de notas, encontró las páginas arrugadas y cubiertas de una caligrafía temblorosa.
—Es el campamento de mi tío —susurró ella, al borde de las lágrimas. —Estuvo aquí hace muy poco. Estaba excavando la pared del fondo, obsesionado con una inscripción que creía vinculada al «mito del ojáncano».
Marcos no respondió. Se había acercado a la pared rocosa que Julián estaba investigando y el haz de su linterna reveló algo que le revolvió el estómago. No era una excavación arqueológica convencional.
La superficie de la roca caliza había sido tratada de forma ritual; estaba pintada con un pigmento rojizo y viscoso, una mezcla de arcilla, savia de tejo y algo que olía intensamente a hierro.
El dibujo, de un tamaño descomunal y ejecutado con una crudeza inquietante, ocupaba casi toda la pared. Representaba al ojáncano, la criatura más temida de la antigua mitología cántabra.
Un gigante de un solo ojo, cubierto por un espeso pelaje negro, con los brazos desproporcionadamente largos y unas manos rematadas por garras curvas capaces, según las viejas leyendas, de desgarrar el tronco de un haya de un solo zarpazo.
Su rostro inspiraba una mezcla de ira y ferocidad primitiva. El enorme ojo, pintado con un pigmento rojizo que aún conservaba intensidad pese al paso del tiempo, parecía seguir a quien se detenía frente al mural.
De la boca entreabierta asomaban colmillos irregulares, y los pies, representados con una fuerza casi grotesca, mostraban los dedos vueltos hacia atrás, uno de los rasgos con los que la tradición identificaba al monstruo.
Los ancianos del valle contaban que el ojáncano era el señor de los montes más salvajes, enemigo de los hombres y del ganado, un ser brutal que solo respetaba a quienes conocían los antiguos pactos con la naturaleza.
Decían que su rugido podía escucharse durante las noches de tormenta y que ningún caminante prudente se internaba en el bosque después del anochecer si sospechaba que aquella presencia rondaba los hayedos.
A la luz vacilante de las linternas, la pintura parecía adquirir vida propia. Las sombras se deslizaban sobre el relieve de la roca y, por un instante, el gigantesco ojo dio la inquietante impresión de observarlos en silencio desde las profundidades de la montaña.
Pero lo que hizo que Marcos sintiera un escalofrío no fue la fidelidad al mito, sino la perturbadora sensación de estar contemplando un retrato más que una fantasía. Había demasiados detalles. Demasiadas proporciones exactas. Alguien había pintado aquella figura después de verla de cerca.
Lo que horrorizó al inspector no fue la leyenda, sino el realismo del trazo. La figura parecía observar la sala, con una expresión de hambre ancestral que ponía los pelos de punta.
A los pies de la macabra pintura, medio oculta por el barro, descansaba la camisa de monte de Julián. Estaba desgarrada de arriba abajo por cortes limpios, y junto a ella, varios jirones de tela ensangrentados testificaban que allí se había producido una lucha salvaje.
Valeria vio la camisa y soltó un grito ahogado, cubriéndose la boca con las manos para ahogar el llanto. Marcos, dejando a un lado la rigidez del protocolo, la rodeó con sus brazos por la cintura, atrayéndola hacia su pecho para evitar que colapsara sobre el barro.
Ella se aferró a la chaqueta de cuero de Marcos, enterrando el rostro en su hombro mientras el terror se apoderaba de su respiración.
El inspector escudriñó la negrura de la cueva con una certeza terrible. Aquel lugar no era una tumba, sino un terreno de caza.
Las marcas en la pared, el desorden del campamento y la ropa desgarrada contaban una historia de violencia extrema.
Julián no había sufrido un accidente geológico; alguien, o algo con una fuerza brutal y un conocimiento profundo de aquellas galerías, lo había arrastrado hacia los niveles más oscuros y profundos del subsuelo.
Marcos respiró hondo, obligándose a recuperar el control. El peso de la responsabilidad volvió a caer sobre sus hombros, aunque esta vez era distinto. Ya no se trataba de resolver una desaparición ni de seguir un protocolo policial.
Miró a Valeria, que trataba de recomponerse después del derrumbe, y comprendió que allí abajo su placa, su arma y los años de servicio apenas tenían valor.
La montaña había impuesto sus propias reglas.
Desde aquel instante ya no importaban los protocolos, las pruebas ni las certezas. Solo había una prioridad: encontrar la salida de aquel laberinto de piedra.
Marcos miró de reojo a Valeria. Y comprendió que no estaba dispuesto a abandonarla allí abajo.
Valeria permaneció inmóvil, incapaz de apartar la vista de los utensilios esparcidos por el suelo. Reconocería aquel martillo geológico, aquella brújula y aquella mochila en cualquier parte.
Habían acompañado a Julián durante años, en cada excursión y en cada hallazgo.
Verlos allí, rotos y cubiertos de barro, le produjo un dolor mucho más profundo de lo que habría imaginado.
Sintió un nudo en el estómago. Su mente se negó a aceptar lo evidente. Tal vez se había herido al caer. Tal vez había conseguido seguir adelante. Tal vez aquella sangre no significaba lo que parecía.
Pero, por primera vez desde que comenzó la búsqueda, la duda empezó a abrirse paso entre la esperanza.
Recordó a su tío sonriendo mientras le enseñaba a distinguir una huella de tejón de la de un zorro, explicándole que la montaña siempre dejaba respuestas para quien sabía observar.
«No desaparezcas nunca sin despedirte», pensó con una punzada de angustia. «No después de haberme enseñado a no rendirme jamás».
Respiró hondo para contener las lágrimas. Aquel no era el momento de derrumbarse.
Si Julián seguía con vida, la necesitaba fuerte. Tenía que estar preparado para lo que fuera que lo hubiera retenido en aquel lugar, para lo que el bosque hubiera hecho con él, para lo que el miedo, el tiempo o la propia montaña hubieran convertido su desaparición.
Y si ya no estaba… si la montaña se lo había tragado como a tantos otros antes, entonces no quedaba otra opción que seguir hasta el final.
Hasta el último testimonio, hasta la última huella, hasta el último rincón de aquel sistema de cuevas y sendas olvidadas donde la luz apenas llegaba y el aire parecía pertenecer a otra época.
No se permitiría el lujo de la duda ni el consuelo de las suposiciones. No mientras hubiera una sola posibilidad de encontrar una respuesta.
Porque había aprendido demasiado bien que en aquel valle las verdades no se ofrecían: se arrancaban a la tierra a base de insistencia, de desgaste… y, a veces, de sacrificio.
Y estaba dispuesto a llegar hasta donde hiciera falta. Aunque aquello significara volver a mirar de frente a todo lo que había intentado dejar atrás.