El Silencio del Valle CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

La trampa de calcita

El estruendo no llegó precedido de aviso alguno.

No hubo desprendimiento de piedras ni ese crujido seco que suele anticipar las catástrofes en la montaña. Solo un golpe profundo, sordo, que pareció nacer en las entrañas mismas del subsuelo.

La vibración les atravesó las botas antes de subir por las piernas, como si el suelo hubiera dejado de ser estable para convertirse en algo vivo e inestable bajo sus pies.

Marcos perdió el equilibrio durante una fracción de segundo.

Valeria levantó la cabeza de inmediato.

Y entonces la montaña cedió.

—«¡Cuidado! ¡Abajo!» —bramó Marcos.

El instinto se impuso antes de que pudiera pensarlo.

Marcos olvidó el dolor del hombro y la oscuridad. Se lanzó de lado sobre Valeria y la derribó contra la repisa de piedra caliza.

La sujetó con fuerza contra el suelo, protegiéndola con el propio cuerpo.

Una mano le cubrió la cabeza.

La otra se aferró a la roca húmeda mientras el mundo temblaba a su alrededor.

Justo en ese milisegundo, el techo de la galería trasera —el único camino que los conectaba con la superficie y la libertad— «se vino abajo».

«El impacto fue brutal».

La cueva respondió como si algo hubiera roto su equilibrio interno. La roca empezó a ceder por capas, primero con un gemido profundo y después con una violencia imposible de detener.

Fragmentos de piedra se desprendieron del techo. El suelo vibró bajo una lluvia de polvo, barro y rocas que caían sin orden, llenando el aire de un estruendo continuo que lo borraba todo.

Las ondas de choque le golpeaban los tímpanos a Marcos como martillazos.

El suelo seguía vibrando bajo ellos cuando una nube blanca estalló en la galería.

No fue polvo. Fue una masa densa, ciega, que lo devoró todo en segundos.

Las linternas desaparecieron dentro de aquella bruma mineral.

Y el aire dejó de ser aire.

El eco del desastre tardó un siglo en apagarse, rebotando de galería en galería hasta morir en los niveles más profundos de la sima.

Cuando por fin se reinstauró el silencio, este ya no era el silencio místico del subsuelo; era un «silencio sepulcral y claustrofóbico».

Marcos seguía tendido sobre Valeria. Bajo él, notaba cómo su cuerpo temblaba levemente, atrapado en la oscuridad y el polvo.

La respiración de ambos se mezclaba en el mismo espacio cerrado, irregular, cortada por la falta de aire limpio.

Valeria se aferró a su chaqueta sin darse cuenta. Y durante unos segundos no hubo nada más que eso: calor, peso y oscuridad.

—«Valeria... Valeria, ¿estás bien? Respóndeme» —consiguió articular Marcos, con la garganta pastosa, tosiendo por culpa del polvo en suspensión.

—«Sí... Dios, sí. Pero quítate, Marcos... me estás aplastando y no puedo llenar los pulmones» —logró responder ella, con la voz ahogada, pero manteniendo un hilo de entereza.

Marcos se apartó con cuidado, apoyando las rodillas en el barro, y encendió su linterna táctica.

El haz de luz se perdió casi de inmediato en la nube blanca. No alcanzaba a atravesarla.

Barrió la zona trasera y el corazón le dio un vuelco salvaje. El pasadizo por el que habían descendido ya no existía; en su lugar, un muro caótico de roca y fragmentos de calcita sellaba la salida de arriba abajo. «No había camino de vuelta», solo piedra.

Fue en ese instante cuando los demonios de Marcos regresaron con la fuerza de un huracán.

Al mirar la impenetrable barrera de piedra, la luz de su linterna empezó a oscilar de forma errática porque su mano derecha había comenzado a temblar violentamente. El aire de la cueva, de repente, le pareció inexistente.

Sus pupilas se dilataron, el pecho se le contrajo en un espasmo doloroso y un sudor gélido comenzó a brotarle de la frente, mezclándose con el polvo blanco que le cubría la cara.

En su mente distorsionada por el «trastorno de estrés postraumático», las paredes de roca caliza comenzaron a transformarse en los muros altos y oscuros del callejón cerrado de Lavapiés.

Volvió a ver los destellos de los disparos, volvió a oler la pólvora y el hierro de la sangre de Santi, y se sintió atrapado, desarmado, en una ratonera sin salida. Su respiración se convirtió en un silbido rápido, sibilante y desesperado. El pánico absoluto lo estaba devorando.

—«Marcos. Mírame. Olvida la pared y mírame a mí» —la voz de Valeria cortó la bruma mental de Marcos con la precisión de un bisturí.

El policía no respondía; tenía la mirada clavada en el derrumbe, hiperventilando, al borde del colapso. Valeria, al ver los síntomas del ataque, no dudó.

Valeria se incorporó sobre las rodillas hasta quedar frente a él. Con una delicadeza firme, le sujetó el rostro entre las manos, todavía embarradas, obligándolo únicamente a levantar la vista.

—Marcos... mírame.

Sus pulgares descansaban junto a sus pómulos, mientras sus ojos buscaban los de él con una mezcla de preocupación y determinación. Necesitaba que regresara. Que abandonara el lugar oscuro en el que su mente acababa de refugiarse y volviera a estar allí, con ella, bajo la montaña.

—Eso es... aquí conmigo.

Durante unos segundos, el inspector permaneció inmóvil. Poco a poco, la mirada perdida empezó a recuperar el enfoque hasta detenerse en los ojos de Valeria. La respiración, todavía entrecortada, comenzó a acompasarse lentamente.

Ella no retiró las manos.

Esperó en silencio hasta estar segura de que Marcos había vuelto.

—«Marcos, mírame. Mírame a los ojos. No estás en Madrid. No estás en aquel callejón. Estás aquí, conmigo, en el norte. —Respira conmigo, maldita sea. —Sé que estás ahí dentro, vuelve. Inspira... expira... vamos» —le ordenó con una mezcla de firmeza militar y ternura desesperada.

Para romper el bucle de terror de Marcos, Valeria tiró de él y pegó su propio cuerpo contra el del policía en un «abrazo protector y asfixiante».

Agarró la mano derecha de Marcos, aquella que temblaba sin control, y la presionó con fuerza directamente contra su propio pecho, justo encima de su corazón.

—«¿Lo sientes? Está latiendo, estamos vivos. —Pero necesito que respires a mi ritmo, Marcos.

—No me dejes sola aquí abajo» —susurró ella contra su oído, mientras le acariciaba la nuca con suavidad, limpiándole el polvo del cuello.

El impacto sensorial de Valeria, el tacto firme de su piel, el aroma a pino y lluvia que aún desafiaba la podredumbre de la cueva, y la calidez humana de su cuerpo abrazado al suyo en mitad de aquella tumba de piedra, actuó como un «ancla psicológica perfecta».

Poco a poco, las paredes del callejón de Madrid comenzaron a desvanecerse. El eco de las sirenas se apagó, el olor a pólvora cedió paso a la humedad de la roca y la oscuridad del túnel volvió a ocupar el lugar del recuerdo.

El pecho de Marcos comenzó a expandirse de forma más pausada, imitando el vaivén del pecho de Valeria. Su pulso se fue ralentizando hasta que la claustrofobia cedió el paso a una abrumadora consciencia de la situación... y de la intimidad en la que se encontraban fundidos.

Permanecieron así unos segundos más, en un abrazo que ya no era para protegerse de las piedras, sino de la soledad del mundo.

Avergonzado por haber mostrado su mayor debilidad ante la civil que se suponía debía proteger, Marcos se separó lentamente, aunque no soltó de inmediato las manos de Valeria.

—«Lo siento... Dios, lo siento. No debiste ver eso» —dijo Marcos, con la voz rota y la mirada fija en el suelo.

—No pidas perdón, inspector —murmuró Valeria con una sonrisa apenas insinuada. Alzó la mano despacio y, con la yema del pulgar, limpió una fina gota de sudor de su mejilla.

El gesto fue tan natural que sorprendió a ambos—. Sigues aquí. Eso es lo único que importa.

«Aquí abajo todos tenemos un monstruo que nos persigue. El tuyo es de asfalto; el mío viste de niebla. Ahora estamos empatados».

Marcos se puso en pie, recuperando la compostura policial, aunque la chispa de la atracción que había prendido entre ambos tras el abrazo seguía flotando en el aire húmedo.

Recogió su linterna y barrió el único camino que les quedaba: la galería descendente que se hundía hacia las entrañas de la montaña.

—«Bueno, Castro... parece que ya no hay vuelta atrás» —sentenció Marcos, mirando el muro de piedra que los separaba del mundo de los vivos. —«Solo nos queda una dirección».

—La salida inferior que mi tío dibujó en sus mapas —asintió Valeria, ajustándose de nuevo el casco. —Si existe, está más allá de esta galería. Nunca he llegado tan lejos.

Le sostuvo la mirada un instante antes de continuar.

—A partir de aquí no habrá referencias, ni luz natural, ni senderos. Solo roca y oscuridad. Camina cerca de mí.

Marcos respondió con un leve asentimiento.

No hubo más palabras.

Las dejó atrás la última claridad del exterior cuando ambos cruzaron la estrecha boca de la galería. Desde ese instante, cada paso dependía del otro, aunque ninguno de los dos necesitara decirlo en voz alta.