El Silencio del Valle CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Eco y penumbra

Con cada paso, el mundo de la superficie iba desapareciendo.

Primero fue el canto de los pájaros.

Después, el murmullo del viento entre las hayas.

Al final solo quedaron el eco de sus botas sobre la roca húmeda y el goteo incesante del agua filtrándose entre las grietas.

La oscuridad no se limitaba a rodearlos.

Parecía tener vida propia, latiendo al ritmo de la montaña.

Los envolvía con una densidad casi palpable, engullendo todo lo que quedaba más allá de unos pocos metros.

Cada paso los sumergía un poco más en aquel manto negro, donde el silencio y las sombras parecían observarlos con una inquietante paciencia.

Marcos tuvo la inquietante sensación de que la luz de su linterna no lograba ahuyentar las sombras. Apenas abría una estrecha herida en aquella negrura infinita, que se cerraba de nuevo tras su paso, como si la oscuridad estuviera viva.

Los haces de sus linternas eran el único vínculo con el mundo exterior. Sus conos de luz rasgaban la oscuridad absoluta, arrancando destellos plateados a las paredes de caliza, donde finísimos hilos de agua resbalaban lentamente sobre una roca pulida por miles de años de filtraciones.

Más allá de aquel círculo de luz no existía nada, solo un vacío negro e insondable que parecía devorar cualquier forma, cualquier sonido y cualquier atisbo de orientación.

El goteo constante del agua marcaba el ritmo de sus pasos, mientras el aire se volvía más frío y denso a cada metro que descendían. Era como si la montaña hubiera cerrado la entrada tras ellos, aislándolos del resto del mundo.

La galería por la que avanzaban comenzó a descender con una pendiente cada vez más pronunciada.

El suelo, compuesto de una arcilla resbaladiza y pegajosa, obligaba a mantener las piernas flexionadas y el centro de gravedad bajo. Cada paso requería una concentración absoluta. Un error de cálculo y los huesos terminarían estrellados contra las rocas del fondo.

—Cuidado aquí —advirtió la voz de Valeria, cuyo eco rebotó en las paredes de piedra adquiriendo un tono metálico, casi irreal.

—El pasillo se estrecha. Hay una grieta de descompresión a la derecha. —No mires abajo, solo apoya la espalda contra la pared izquierda y deslízate de lado.

Marcos la imitó. Pegó la espalda a la roca caliza, sintiendo la humedad helada traspasar la cazadora de cuero. Para superar el estrechamiento, tuvo que avanzar pegado a Valeria. La proximidad se volvió inmediata, casi asfixiante.

Podía escuchar el ritmo acelerado del corazón de la bióloga, sentir el calor que desprendía su cuerpo en mitad de aquella nevera mineral y percibir el aroma a lluvia y pino que aún quedaba atrapado en su ropa de monte.

Durante unos segundos, suspendidos sobre una hendidura oscura que parecía no tener fondo, «sus miradas se cruzaron» a escasos centímetros.

En los ojos oscuros de Valeria ya no había la arrogancia defensiva del primer encuentro, sino una tensión puramente humana que a Marcos «le aceleró el pulso de un modo que nada tenía que ver con el peligro de la cueva».

Tras superar el paso crítico, la galería se abrió a una pequeña repisa de roca, una suerte de balcón natural suspendido sobre la inmensidad de la fosa kárstica. Valeria se sentó sobre una roca plana y apagó la linterna de su casco.

—Apaga la tuya, Marcos —dijo en un susurro. —Hay que ahorrar batería y dejar que los ojos descansen. —Si no, la mente empieza a jugar malas pasadas con las sombras.

Marcos obedeció. El apagón los sumergió en una ceguera tan total que por un instante le costó saber dónde terminaba su propio cuerpo.

Solo existía el goteo lejano, rítmico y gélido del agua, el cloc, cloc, cloc de las lágrimas de la montaña golpeando las estalagmitas.

—Tiene algo de absurdo, ¿no cree? —dijo Valeria sin dejar de iluminar el estrecho pasadizo que se abría ante ellos.

Su voz sonó distinta allí abajo. El eco suavizaba las palabras, despojándolas de la firmeza con la que solía hablar en la superficie.

—Un inspector de Madrid y una bióloga recorriendo una cueva antes del amanecer para encontrar a un hombre que llevaba media vida persiguiendo leyendas.

Esbozó una leve sonrisa que Marcos apenas pudo distinguir bajo la luz del frontal.

—El sargento Ceballos me habló de usted. Dijo que era un «perro viejo» de Estupefacientes. De los que prefieren correr hacia el peligro antes que alejarse de él.

Guardó unos segundos de silencio.

—Y, sin embargo... aquí está.

La galería volvió a llenarse del sonido de sus botas sobre la roca húmeda.

—¿Qué hace un policía como usted en un lugar como este?

Marcos se frotó las sienes en la negrura. El silencio del subsuelo parecía derribar los muros que con tanto esmero había levantado en los últimos meses.

Marcos tardó unos segundos en responder.

El eco del agua cayendo sobre la roca llenó el silencio.

—No vine por gusto, Valeria.

Por primera vez desde que se conocían, la llamó por su nombre.

—Me obligaron.

Bajó la vista hacia el haz de su linterna, que tembló apenas un instante sobre el suelo irregular.

—Hace tres meses, un operativo en Madrid terminó mal. Muy mal. Entramos en un almacén convencidos de que lo teníamos todo bajo control.

Negó despacio con la cabeza.

—No era una operación. Era una emboscada.

Su voz perdió firmeza por primera vez.

—Santi... mi compañero... Era como un hermano para mí. Recibió tres disparos antes de que pudiéramos reaccionar.

El silencio volvió a envolverlos.

Marcos mantuvo la vista fija en la oscuridad.

—Murió allí mismo.

Tragó saliva antes de continuar.

—Hay imágenes que no desaparecen por mucho tiempo que pase. Todavía cierro los ojos y vuelvo a verlo. Intenté detener la hemorragia con las manos... pero era imposible. Murió en mis brazos sin que pudiera hacer nada.

Durante unos segundos guardó silencio, como si las palabras le costaran más que cualquier herida.

—La última bala me rozó el hombro. Los jefes dijeron que necesitaba alejarme de Madrid, que estaba demasiado tocado para seguir allí. Así que me enviaron a Cantabria.

Esbozó una sonrisa amarga.

—Uno de ellos dijo que aquello sería un buen sitio para curar las heridas. —Otro lo llamó «el purgatorio verde». —Supongo que ninguno imaginaba lo que iba a encontrar aquí.

Guardó silencio, arrepintiéndose de inmediato de haber confesado tanto. Pero en la inmensidad de la penumbra, sintió un movimiento a su lado.

El hombro de Valeria se apoyó sutilmente contra el suyo, un contacto firme y cálido que eliminó el frío de golpe. Luego, la mano de la mujer buscó la suya en la oscuridad, entrelazando los dedos con una suavidad reconfortante.

—Yo también sé lo que es el silencio que deja la muerte —dijo Valeria en voz baja, y Marcos notó el leve temblor en sus dedos—. Mis padres se mataron en la carretera del puerto de Alisas cuando yo tenía diez años. Una noche de niebla, igual que esta. —Julián me recogió del hospicio.

—Él me enseñó a amar esta tierra, a entender que cuando el mundo exterior es demasiado cruel o ruidoso, «la montaña siempre te ofrece un santuario donde esconderte».

—Por eso tengo que encontrarlo, Marcos. Si él desaparece, me quedo completamente sola en el mundo. No me queda nadie más.

Marcos respondió al apretón de su mano sin apartarla.

Durante unos segundos permanecieron así, en silencio, rodeados por una oscuridad que parecía borrar todo cuanto existía más allá de aquel pequeño círculo de luz.

Ya no eran el inspector recién llegado de Madrid y la mujer que conocía aquellas montañas mejor que nadie. La montaña había borrado las distancias que los separaban.

Solo quedaban dos personas marcadas por sus propias cicatrices, avanzando juntas en la oscuridad, sosteniéndose con una confianza que había nacido casi sin darse cuenta mientras el peso de todo lo vivido amenazaba con quebrarlas.

Marcos abrió la boca para decir algo. Cualquier cosa.

No encontró las palabras.

Entonces la montaña habló.

Un crujido seco quebró el silencio de la galería.

No fue el simple desprendimiento de una piedra.

Fue un sonido profundo, antiguo, nacido en las entrañas de la montaña, que recorrió la roca de un extremo a otro como si una fuerza colosal acabara de despertar bajo sus pies.

Un segundo después llegó la vibración.

Al principio apenas era un leve temblor, casi imperceptible. Luego el suelo comenzó a estremecerse con una violencia creciente.

El polvo de caliza cayó del techo en una fina lluvia blanquecina, mientras las estalactitas tintineaban unas contra otras con un sonido agudo y siniestro.

El eco se multiplicó por las galerías hasta transformarse en un rugido ensordecedor.

Por un instante, Marcos tuvo la inquietante sensación de que no era la montaña la que se estaba derrumbando.

Era la montaña la que estaba respirando.

Los dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.

La montaña acababa de recordarles que aún no habían salido de sus dominios.

Allí abajo no existían las leyes de los hombres, ni los mapas, ni la experiencia acumulada durante años. Bastaba un instante para que toneladas de roca sepultaran cualquier certeza, cualquier esperanza y cualquier rastro de quienes se atrevían a desafiar sus entrañas.

Marcos alzó la vista hacia el techo de la galería. La lluvia seguía filtrándose por las grietas de la caliza, formando hilos de agua que descendían lentamente por las paredes.

Cada gota parecía inocente por sí sola, pero juntas eran capaces de horadar la piedra más dura y alterar el frágil equilibrio de aquel inmenso laberinto subterráneo.

Comprendió entonces que, bajo tierra, el peligro no siempre tenía un rostro. Bastaba una grieta invisible, una filtración de agua o un simple movimiento de la roca para convertir aquellas galerías en una tumba de piedra.

La montaña no necesitaba voluntad para matar. Solo tiempo.

La propia montaña era una amenaza imprevisible, indiferente a sus vidas, a sus miedos y a sus razones.

Y si decidía cerrar sus galerías, nadie volvería a ver la luz del día.