CAPÍTULO 6
La boca de la tierra
Durante un instante, el mundo desapareció.
Poco a poco, sus ojos se acostumbraron a la tenue claridad del amanecer.
La niebla lo había devorado todo. Las hayas eran apenas sombras difusas; el camino desaparecía a pocos metros del capó y las montañas, que la víspera dominaban el horizonte, se habían desvanecido por completo.
«El valle parecía suspendido en un mundo de silencio y ceniza».
Marcos permaneció inmóvil con las manos apoyadas sobre el volante. En Madrid, el amanecer siempre significaba el final de una noche: las sirenas se apagaban, los bares cerraban y la ciudad volvía poco a poco a la normalidad.
Allí, en cambio, el alba no parecía traer respuestas. La niebla seguía aferrada al valle, el bosque permanecía en silencio y las montañas ocultaban sus secretos con la misma indiferencia con la que lo habían hecho durante siglos.
Tuvo la extraña sensación de que, en aquel rincón de Cantabria, el amanecer no ponía fin a la oscuridad.
Solo la hacía más difícil de ver.
La bruma no flotaba sobre los árboles; brotaba de las profundidades de los barrancos, trepaba por los helechos y se enroscaba en los troncos de las hayas como el aliento pálido de un gigante dormido.
El chirimiri persistente de la noche anterior se había transformado en un goteo constante que golpeaba las hojas con el sonido rítmico de miles de agujas.
Valeria no esperó a que Marcos dijera nada. Se ajustó el casco de espeleología con un seco clic bajo la barbilla y encendió la linterna frontal. Un haz de luz blanca atravesó el parabrisas cubierto de gotas y se perdió en la niebla.
Después comprobó el arnés con movimientos rápidos y precisos. Los mosquetones y el descendedor de aluminio tintinearon al chocar entre sí, un sonido limpio y metálico que rompió el silencio del amanecer.
No había nervios en sus gestos; solo la seguridad de quien había repetido aquella rutina decenas de veces.
Marcos echó un vistazo al asiento trasero. Allí aguardaban una cuerda dinámica perfectamente enrollada, dos mochilas estancas y el equipo imprescindible para pasar horas bajo tierra: mantas térmicas, un botiquín, agua y raciones de emergencia.
Aquello no parecía el equipo de una simple excursión.
Parecía el de alguien que conocía muy bien los peligros que escondía la montaña.
—A partir de aquí, el coche es solo chatarra —dijo Valeria. Su voz sonaba desprovista de la crispación del día anterior, sustituida por una frialdad técnica que denotaba que se encontraba en su territorio.
Hay que subir a pie por la canal de los lobos. Si la niebla se cierra más, no veremos los hitos de piedra y nos pasaremos de largo la entrada.
Marcos asintió en silencio. Se pasó una mano por el rostro, sintiendo la aspereza de una barba de dos días.
El cansancio se le había instalado en los músculos y en la mirada tras otra noche casi en blanco, dejando en su expresión ese desgaste silencioso que solo conocen quienes llevan demasiado tiempo persiguiendo respuestas sin encontrarlas.
Por pura costumbre comprobó la pistolera axilar bajo la cazadora. La culata de la Heckler conocía el relieve del terreno, sabía qué rocas calizas eran de fiar y cuáles patinaban como el hielo debido al barrillo arcilloso.
El ascenso por la canal se volvió un suplicio para los pulmones de Marcos, acostumbrados al aire viciado del asfalto y al humo del tabaco.
El sendero desapareció a los veinte minutos, devorado por una pedriza suelta que obligaba a dar dos pasos hacia delante y uno hacia atrás.
El silencio de la montaña era absoluto, roto únicamente por sus propias respiraciones jadeantes y el goteo del agua.
—Es aquí —anunció Valeria de golpe, deteniéndose junto a una mole de piedra que parecía surgir de la nada entre la niebla.
Marcos se detuvo a su lado, regulando el aire. Se encontraban ante la base de un imponente paredón calizo, una muralla natural erosionada por milenios de lluvia que se perdía hacia arriba en la bruma.
A los pies de la roca, aprisionada y casi oculta por las raíces retorcidas y colosales de una haya centenaria medio muerta, se abría una hendidura vertical.
No medía más de un metro de ancho por dos de alto, una herida oscura en la piedra de la que emanaba una corriente de aire templado y cargado de un olor penetrante a tierra vieja, caliza y descomposición orgánica.
—El aliento de la montaña —susurró Valeria, barriendo la entrada con la luz de su casco. —En el pueblo los viejos dicen que estas cuevas respiran porque están vivas.
—Científicamente, es solo la diferencia de presión y temperatura entre el exterior y el subsuelo, pero... —hoy cuesta no darles la razón.
—Mi tío Julián estaba convencido de que esta grieta es «el único acceso» al sistema kárstico que corre por debajo de todo el valle.
Marcos dio un paso al frente, interponiéndose ligeramente entre Valeria y la abertura. Apuntó su linterna táctica hacia el interior.
El potente haz de luz avanzó unos metros, rebotando en paredes de roca pulida y húmeda, antes de perderse en un codo hacia la izquierda que sumergía el pasadizo en una negrura absoluta, compacta y hostil.
El inspector sintió una opresión familiar en el esternón, un eco sordo del callejón cerrado de Lavapiés donde había visto morir a su compañero Santi.
El miedo a los espacios confinados intentó abrirse paso en su mente, pero apretó los dientes y mantuvo la fachada.
—Yo iré primero —dijo Marcos, tanteando el arma por puro acto reflejo. —Si hay algún animal refugiado o.… si tu tío se topó con alguien que no debía estar aquí, prefiero que me encuentre a mí.
Antes de que pudiera dar un paso, Valeria apoyó la palma de su mano directamente sobre el pecho de Marcos. El contacto fue firme, desprovisto de timidez. A pesar de los guantes técnicos, Marcos pudo sentir la calidez de sus dedos a través de la piel de su chaqueta.
—No, inspector —respondió ella sin alzar la voz, sosteniéndole la mirada bajo la visera del casco. —Aquí abajo las normas son otras.
Marcos arqueó una ceja.
Valeria señaló el suelo con el haz de la linterna.
—La montaña no entiende de placas, rangos ni armas. Solo de roca, agua y gravedad. Un paso fuera del recorrido puede ocultar una grieta, una colada de barro o una chimenea vertical. —Basta un error para que nadie vuelva a encontrarte.
Dejó que el silencio terminara la advertencia.
—He recorrido estas galerías desde que era una cría. Sé dónde apoyar el pie y dónde no.
Se ajustó los guantes y dio un paso hacia la oscuridad.
—A partir de aquí, yo abro el camino. Manténgase a menos de un metro de mí y pise exactamente donde yo pise.
Esperó a que Marcos asintiera.
—¿Entendido?
Marcos la observó un segundo. Percibió la determinación férrea en la línea de su mandíbula y comprendió que discutir era perder un tiempo precioso. Dio un paso atrás y asintió levemente con la cabeza.
—Entendido, Castro. Guía el camino.
Valeria se quitó la mochila, la empujó por delante de la grieta y se deslizó en el interior de la roca con una soltura fluida, casi orgánica.
Marcos respiró hondo, llenando los pulmones por última vez con el aire húmedo del exterior, y se adentró tras ella.
Los primeros tres metros fueron agobiantes. La roca caliza le aprisionaba los hombros y el techo bajaba tanto que tuvo que avanzar en cuclillas, arrastrando las rodillas por el suelo cubierto de cantos rodados y barro frío.
La sensación de enterramiento era casi física; el peso de miles de toneladas de montaña sobre su cabeza parecía presionar el aire fuera de sus pulmones.
Sin embargo, al superar el recodo hacia la izquierda, el pasadizo se abrió de forma inesperada.
La estrechez dio paso a una inmensa galería de techos abovedados. El haz de sus linternas ascendió sin encontrar el final de la bóveda, perdiéndose en una oscuridad que parecía no tener límite.
Las paredes se alejaban varios metros a ambos lados y el aire, hasta entonces pesado y opresivo, circulaba allí con una libertad que resultaba casi desconcertante.
El goteo del agua adquiría un eco profundo, multiplicándose entre las rocas hasta hacer imposible adivinar de dónde procedía cada sonido.
Por primera vez desde el derrumbe, ambos tuvieron la sensación de haber abandonado un simple sistema de cuevas para adentrarse en un mundo oculto bajo la montaña.
Valeria se había detenido unos pasos más adelante y apuntaba fijamente con su frontal hacia la pared derecha de la galería. Marcos se posicionó a su lado, levantando también su linterna.
—Mira esto, Marcos —dijo ella, «usando por primera vez su nombre de pila» sin el tratamiento oficial.
Grabado directamente en la roca viva, a la altura de los ojos, se encontraba un símbolo de unos treinta centímetros de diámetro. Era un «triskel» perfecto, tallado con una incisión profunda y limpia que desafiaba el paso de los siglos.
Sus tres brazos en espiral parecían girar en un movimiento perpetuo bajo el juego de sombras que provocaban las linternas.
Lo que a Marcos le erizó el vello de los brazos no fue la antigüedad del grabado celta, sino el estado del mismo: la roca dentro de las incisiones de la espiral estaba completamente limpia, libre de la pátina de humedad y del musgo blanquecino que cubría el resto de la pared.
Alguien había repasado las líneas del triskel hacía muy poco tiempo. Los surcos aparecían limpios, recientes, como si una mano paciente hubiera eliminado el polvo y devuelto al símbolo su antiguo relieve.
Valeria pasó los dedos a escasos centímetros de la piedra, sin llegar a tocarla.
—Alguien ha querido mantenerlo visible —susurró—. Mi abuela decía que estos símbolos protegían determinados lugares... o advertían de que no debían ser profanados.
Marcos observó el grabado en silencio. Para él solo era una marca tallada en la roca. Pero alguien había regresado allí hacía muy poco. Y eso era un hecho que no admitía discusión.
—Mi tío no se equivocaba —susurró Valeria, y Marcos notó cómo le temblaba ligeramente el pulso al tocar el relieve de la piedra. —Estamos en el camino correcto. Pero... ya no estamos solos aquí abajo.