CAPÍTULO 5 #2
—Esas galerías son un laberinto mortal, inspector. Si entra allí con sus hombres y sus linternas potentes, lo único que van a conseguir es provocar un derrumbe o caerse por una chimenea vertical de cincuenta metros.
—Nadie en el pueblo va a entrar ahí a ayudarle porque tienen miedo. —Todos menos yo, inspector.
—¿Me está proponiendo un trato? —preguntó Marcos, bajando la voz, atrapado por la intensidad de la mirada de la mujer.
—Le estoy proponiendo sobrevivir —sentenció Valeria con firmeza. —Yo conozco la entrada que mi tío sospechaba. Sé leer las marcas que los antiguos dejaron en las rocas para no perderse en la oscuridad.
—Yo le guío por el subsuelo, y usted pone la fuerza y el arma por si lo que encontramos ahí dentro... resulta ser de carne y hueso. Pero con una condición: cuando estemos ahí abajo, «usted me escucha». No hay espacio para el orgullo de Madrid bajo la roca.
Marcos la observó detalladamente. La lógica policial le decía que era una locura llevar a una civil a una investigación de riesgo; pero el instinto, ese que le había salvado la vida más de una vez en los callejones más oscuros de la capital, le decía que Valeria era su única oportunidad real de encontrar a Julián con vida.
Además, había algo en la manera de ser de aquella mujer, en su valentía y su carácter salvaje, que a pesar de todos sus intentos por negarlo empezaba a despertar en él una atracción que no podía controlar.
—De acuerdo, Valeria —dijo Marcos, tendiéndole la mano. —Tenemos un trato. Mañana, a primera hora, antes de que amanezca, pasaré a recogerla. —Y abríguese bien. Vamos a adentrarnos en la boca del lobo.
Valeria sostuvo su mirada unos segundos antes de estrecharle la mano. Su piel estaba fría, pero el apretón fue firme, decidido.
—No será la primera vez que entre en una cueva —respondió con una leve sonrisa—. Aunque sospecho que esta será diferente.
Marcos esbozó una sonrisa casi imperceptible.
—También será la primera para mí.
Durante un instante permanecieron en silencio, sin retirar la mano de inmediato. No era un gesto de cortesía; era el reconocimiento tácito de que, a partir del amanecer, sus vidas dependerían de la confianza que fueran capaces de construir entre ellos.
Valeria fue la primera en soltarla.
—Entonces procure no perderse, inspector.
—Solo si usted promete no alejarse de mí.
Ella dejó escapar una sonrisa más franca, la primera desde la desaparición de su tío.
—Trato hecho.
Al abandonar la casa, Marcos comprendió que ya no afrontaría aquella investigación en solitario. No sabía todavía por qué, pero tenía la intuición de que la mujer que acababa de conocer iba a cambiar mucho más que el rumbo de aquel caso.
Aquel apretón de manos sellaba mucho más que un acuerdo de trabajo: era el comienzo de una investigación que cambiaría para siempre la vida de ambos.
El calor de sus dedos contrastó con la piel fría y áspera del inspector. Fue un gesto breve, casi imperceptible, pero bastó para romper la distancia que hasta entonces había existido entre ambos.
«El pacto quedó sellado en aquel apretón».
Ninguno de los dos podía imaginar que ese sencillo gesto acabaría conduciéndolos al corazón de la montaña, donde las viejas leyendas aguardaban entre la roca y la oscuridad... ni que, en el camino, también tendrían que enfrentarse a las heridas que cada uno llevaba ocultas.
Al sentir la mano de Valeria entre la suya, Marcos experimentó una extraña sensación de calma.
Hacía meses que nadie lo tocaba sin exigirle una explicación, una decisión o una disculpa. Aquel contacto era firme, sincero, desprovisto de cualquier artificio. No pretendía convencerlo de nada; solo le ofrecía confianza.
Le sorprendió descubrir que no le resultaba incómodo.
Al contrario.
Por primera vez desde la muerte de Santi, tuvo la fugaz impresión de que no estaba completamente solo.
Apartó aquel pensamiento casi de inmediato. No había tiempo para sentimentalismos. Aún no confiaba del todo en Valeria, y el caso seguía rodeado de demasiadas incógnitas.
Sin embargo, mientras retiraba lentamente la mano, comprendió que ya no la veía únicamente como la sobrina del desaparecido ni como una testigo incómoda.
A partir de aquel instante, «Valeria Castro era su compañera».
Y, aunque ninguno de los dos podía imaginarlo todavía, aquella alianza los conduciría hasta el corazón de «una leyenda que llevaba décadas enterrada bajo las montañas de Cantabria».
Marcos ya no veía a Valeria únicamente como la sobrina del desaparecido ni como una testigo empeñada en encontrar respuestas. Había descubierto en ella una determinación poco común, una mujer capaz de enfrentarse al miedo sin apartar la mirada.
Valeria, por su parte, comprendió que tras la aparente frialdad del sargento se escondía un hombre íntegro, prudente y dispuesto a asumir cualquier riesgo con tal de proteger a quienes lo rodeaban. «Por primera vez desde la desaparición de su tío, sintió que no estaba sola».
Ninguno de los dos imaginaba que aquel simple apretón de manos acabaría convirtiéndose en el inicio de una confianza inquebrantable.
Todavía eran dos desconocidos unidos por una investigación. El tiempo se encargaría de convertir aquella alianza en algo mucho más profundo.