CAPÍTULO 5
Un pacto forzoso
El motor del Nissan Patrol carraspeó antes de apagarse frente a la vieja corrala de piedra.
La casa de Valeria parecía formar parte del paisaje desde mucho antes de que existiera la carretera. Sus gruesos muros de sillería, cubiertos aquí y allá por musgo, se fundían con la montaña.
La portalada de roble, oscurecida por décadas de lluvia y viento, conservaba las marcas del tiempo, y de la balconada colgaban ristras de maíz que se mecían apenas con la brisa nocturna.
Eran casi las doce. La lluvia había cesado, pero la humedad seguía suspendida en el aire.
Tras las cortinas de la planta baja se escapaba una luz cálida, de esas que invitan a refugiarse cuando el mundo exterior se vuelve demasiado inhóspito.
Marcos apagó el contacto y permaneció unos segundos con las manos sobre el volante.
Después de todo lo ocurrido aquella noche, le costaba creer que detrás de aquella puerta pudiera existir un lugar donde aún oliera a leña, a café recién hecho y a vida cotidiana.
Marcos se bajó del vehículo. El frío de la madrugada le espabiló de golpe las pocas ganas de dormir que le quedaban. Subió los tres escalones de piedra de la entrada y llamó a la puerta con tres golpes secos, firmes y oficiales.
No tardó en escuchar unos pasos al otro lado de la puerta.
El cerrojo giró despacio.
La puerta se abrió unos segundos después.
Valeria apareció envuelta en la cálida luz del interior. Se había cambiado la ropa empapada del monte por un amplio jersey de lana color crema que caía con naturalidad sobre unos vaqueros oscuros.
Llevaba el cabello aún húmedo, recogido de forma descuidada, y el cansancio se adivinaba en las sombras que rodeaban sus ojos. Aun así, transmitía una serenidad difícil de explicar, una fortaleza silenciosa que contrastaba con la preocupación que intentaba ocultar.
Durante un instante, Marcos se quedó inmóvil. No era la imagen que había imaginado de la sobrina de un arqueólogo desaparecido.
Esperaba encontrar a alguien abatido por el miedo; en cambio, tenía delante a una mujer que parecía decidida a mantenerse en pie mientras todo a su alrededor amenazaba con derrumbarse.
Valeria sostuvo su mirada un instante y esbozó una leve sonrisa, tan discreta que apenas consiguió suavizar la tensión que ambos llevaban consigo.
—Inspector Vega… —Gracias por venir.
—Lamento que nos conozcamos en estas circunstancias.
Ella asintió lentamente.
—Yo solo quiero encontrar a mi tío.
Entre las manos sostenía una taza de barro de la que ascendía un delicado hilo de vapor con aroma a manzanilla y miel.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Valeria no esperaba encontrarlo allí a aquellas horas. La sorpresa apenas duró un instante. Después volvió a alzar la guardia. Entrecerró ligeramente los ojos y, sin darse cuenta, ocupó todo el vano de la puerta, dejando claro que aquella casa era su territorio.
—Inspector Vega... —dijo con una media sonrisa difícil de interpretar—. No me diga que ha venido hasta aquí, casi a medianoche, para recordarme las normas de urbanidad de la gran ciudad.
Marcos sostuvo su mirada.
—No acostumbro a dar lecciones de urbanidad.
Una ráfaga de aire húmedo cruzó el porche. Ninguno de los dos apartó la vista.
—Tenemos que hablar, señorita Castro. Y preferiría no hacerlo bajo este aguacero, si no le importa.
Valeria permaneció inmóvil unos segundos más. Parecía debatirse entre cerrar la puerta o invitarlo a pasar. Finalmente dio un paso a un lado, sin apartar los ojos de él.
Valeria permaneció unos segundos observándolo. La lluvia golpeaba el tejado con un ritmo constante y, por mucho que desconfiara de aquel inspector recién llegado, dejarlo empaparse en el porche tampoco iba con su forma de ser.
Suspiró con discreción y dio un paso a un lado.
—Será mejor que entre. No me gusta tener visitas a estas horas, pero tampoco dejar a nadie bajo la lluvia.
Esperó a que Marcos cruzara el umbral antes de añadir, con una ligera curva en los labios:
—Eso sí... —espero que tenga una buena razón para haber venido.
Valeria lo observó un segundo en silencio, midiendo sus intenciones. Finalmente, dio un paso a un lado y dejó la puerta abierta.
El interior de la casa era un reflejo exacto de la obsesión de Julián. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros de historia, tomos antiguos encuadernados en cuero y vitrinas con fragmentos de cerámica y herramientas de cantería.
En una gran mesa central descansaban varios planos desplegados y restos de madera labrada. El calor del hogar de leña crepitaba en una esquina, ofreciendo un contraste casi doloroso con la hostilidad del exterior.
Marcos no se sentó. Sacó el teléfono móvil de Julián, protegido ahora en una bolsa de evidencias de plástico transparente, y lo dejó sobre la mesa de madera, justo encima de uno de los mapas.
—Hemos recuperado las pertenencias del coche de su tío —empezó Marcos, cruzándose de brazos. —He estado revisando el terminal. En la montaña me dijo que su tío la había llamado asustado antes de desaparecer. —Lo que olvidó mencionar es que usted estaba allí con él. O al menos, muy cerca.
Valeria dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco. La infusión se tambaleó.
—¿De qué demonios está hablando?
—Hay algo que no consigo encajar —dijo Marcos mientras dejaba el teléfono sobre la mesa y abría la fotografía en la pantalla.
La giró para que Valeria pudiera verla.
La imagen era borrosa. La niebla difuminaba el sendero y apenas dejaba distinguir las formas. Aun así, no había duda. Una mujer caminaba de espaldas hacia el interior del bosque. El pelo recogido, la mochila impermeable y la chaqueta verde no dejaban mucho margen para el error.
Marcos levantó la vista.
—Esta fotografía fue tomada ayer a las cinco y cuarenta de la tarde.
Dejó que la información calara unos segundos.
—Dos minutos después, Julián intentó llamarla.
Valeria no apartó los ojos de la imagen.
—No llegó a hablar con él —continuó Marcos. La llamada quedó registrada, pero nunca fue respondida.
El inspector entrelazó las manos sobre la mesa.
—Lo que intento averiguar es muy sencillo. Si la vio, ¿por qué la fotografió? ¿Y por qué intentó llamarla inmediatamente después?
La habitación quedó en silencio.
Marcos dio un paso hacia ella.
—Necesito que me cuente exactamente qué ocurrió ayer en esa pista forestal.
No como sobrina de Julián.
Como la última persona a la que él intentó localizar.
Valeria guardó silencio.
Durante un instante, algo vaciló en su mirada. Marcos no supo si era sorpresa, preocupación... o el peso de un recuerdo que acababa de despertar.
Ella bajó los ojos hacia la fotografía. Permaneció inmóvil unos segundos, como si intentara ordenar las ideas antes de hablar.
Cuando volvió a levantar la cabeza, la incertidumbre había desaparecido. Solo quedaba una profunda frustración.
Dejó escapar un largo suspiro y se llevó una mano a la sien, masajeándola con los dedos.
—No sé qué cree que está viendo, inspector... pero no es lo que parece.
—Dios mío, de verdad que los policías de ciudad son cuadriculados —dijo Valeria, mirándolo con una mezcla de lástima e irritación. —Mire bien la fecha y la hora de esa fotografía, inspector. ¿De verdad cree que soy yo?
Marcos frunció el ceño, sacó el teléfono de la bolsa y amplió la imagen. Al fijarse con más atención, el pulso se le congeló un instante.
La silueta vestía una capa o prenda larga de un tejido oscuro que Valeria no llevaba puesta en la montaña, y el cabello, aunque largo, parecía flotar de una forma antinatural, deshilachado entre la bruma.
Además, analizando los metadatos de la imagen que el sargento le había ayudado a extraer... la foto no se había tomado desde el camino, sino desde un ángulo elevado, casi desde la copa de una de las hayas.
—Esa... esa no soy yo —afirmó Valeria, con la voz quebrada pero firme. —Eso es lo que mi tío intentaba fotografiar cuando el coche se le apagó. —Eso fue lo último que escuché de él.
Valeria desvió la mirada hacia la ventana, como si las palabras siguieran resonando al otro lado del cristal.
—Me llamó poco después de hacer esa fotografía. Sonaba... distinto. Nunca lo había oído hablar así.
Guardó silencio un instante antes de continuar.
—Solo dijo: «Valeria... las leyendas no son cuentos.»
Tragó saliva.
—Eso fue lo último que escuché de él. —Me llamó mientras estaba terminando un informe en casa. Sonaba nervioso, sí... pero también entusiasmado.
—Mi tío llevaba años buscando pruebas que relacionaran las leyendas con antiguos cultos del valle. —Pensé que había encontrado algo y que, como siempre, estaba dejándose llevar por la emoción.
La última frase llegó entrecortada, ahogada por un estallido de estática.
—La comunicación era muy mala. Apenas pude entenderle. Oí: «Valeria... las leyendas no son cuentos... creo que la he visto...» Después llegó un ruido de interferencias y la llamada se cortó.
Valeria bajó lentamente el teléfono.
Nunca volvió a escuchar la voz de su tío.
—¿Y no volvió a llamarlo? Preguntó Marcos.
—Lo intenté. Varias veces. Pero en esa zona del valle la cobertura desaparece continuamente. Pensé que me devolvería la llamada cuando saliera del bosque.
—Empecé a preocuparme cuando no regresó a casa aquella noche. Contestó Valeria. Marcos guardó el teléfono, sintiendo cómo la paciencia se le agotaba.
—No voy a redactar un informe oficial diciendo que a un ebanista de Cantabria se lo ha llevado un espíritu del bosque, señorita Castro.
—Yo busco a un hombre de carne y hueso que puede estar desangrándose en una zanja. Y para encontrarlo, necesito peinar esas galerías subterráneas que su tío andaba buscando.
—El sargento me ha dicho que los mapas oficiales no recogen la mitad de las simas calcáreas de la zona alta.
Valeria se acercó a la mesa, apoyó las manos sobre el plano y miró a Marcos directamente a los ojos. La distancia entre ambos se redujo tanto que Marcos pudo notar la calidez de su respiración frente al frío que aún desprendía su propia ropa.