El Silencio del Valle CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El informe del escéptico

La luz parpadeante de un viejo farol de sodio tiñe de un amarillo enfermizo la fachada de «La Taberna del Valle», el único rincón que permanece abierto a estas horas de la noche.

Tras el tenso encuentro en la pista forestal, y después de comprobar que el crujido del bosque no era más que el desprendimiento de una rama cargada de agua, Marcos había obligado a Valeria a regresar a su casa bajo la promesa de que la Guardia Civil mantendría una patrulla vigilando el todoterreno de su tío hasta el amanecer.

Ahora, con la camisa aún húmeda pegada a la espalda y los dedos entumecidos, Marcos empujó la puerta acristalada de la taberna.

Una campanilla de latón tintineó sobre el marco al abrirse.

El siseo constante de la cafetera exprés, el aroma intenso del café recién molido, mezclado con el olor a tabaco rancio impregnado en las viejas vigas de roble, al pacharán y al vino derramado sobre la barra de madera, lo recibieron como un inesperado refugio.

El local conservaba el encanto de las tabernas de montaña de toda la vida.

Las paredes de piedra vista estaban cubiertas de fotografías en blanco y negro de ganaderos, cuadrillas de leñadores y antiguas romerías del valle; entre ellas colgaban viejos cencerros, herramientas de labranza y un par de cuernas de venado oscurecidas por el paso de los años.

Detrás de la barra, una larga hilera de botellas reflejaba la cálida luz de las lámparas de hierro forjado, mientras una pizarra anunciaba el cocido montañés del día y las rabas recién hechas.

Tres parroquianos jugaban una partida de cartas junto a la ventana, sin apartar demasiado la vista de sus naipes, aunque el recién llegado no pasó desapercibido.

El murmullo de la conversación, el tintinear de los vasos y el crepitar de la estufa de leña componían un ambiente acogedor, casi inmune al frío y a la lluvia que seguían azotando el exterior.

Durante unos instantes, Marcos sintió que acababa de cruzar la frontera entre la crudeza del bosque y la tranquilidad de un mundo donde las leyendas solo parecían existir en las historias contadas al calor de un vaso de orujo.

Al entrar, las conversaciones de cuatro paisanos acomodados en la barra se cortan en seco. Las miradas, pesadas y cargadas de esa desconfianza natural del norte hacia los uniformes y la gente de fuera, se clavan en su cazadora de cuero y sus botas embarradas.

Marcos camina con paso firme hacia la barra y muestra su placa al tabernero, un hombre rechoncho de brazos tatuados y cejas pobladas.

—Buenas noches. Inspector Vega, se presenta, manteniendo el tono profesional. —Estoy investigando la desaparición de Julián Castro. ¿Alguno de ustedes lo vio ayer por la tarde antes de que subiera a la pista alta?

El tabernero limpia un vaso con un paño sucio, evitando sostenerle la mirada.

—Julián es un hombre de costumbres, inspector —dice al fin, con voz ronca. —Viene, se toma un café solo, paga y se va.

—No habla mucho. Últimamente menos. Estaba... ensimismado con sus papeles.

—¿Qué papeles? —pregunta Marcos, sacando una pequeña libreta de notas.

Un anciano sentado junto a la ventana, que apura un vaso de vino de la tierra, suelta una risa amarga que se convierte en tos.

—Los papeles de los antiguos, muchacho, interviene el viejo, mirándolo con unos ojos nublados por la edad. —Julián andaba buscando lo que no se debe tocar. Las Galerías Ocultas del Valle.

—Decía que los mapas viejos no mentían, que hay puertas bajo las raíces que se abren cuando la bruma baja.

Marcos suspira con evidente fastidio y guarda la libreta. "Supersticiones rurales de manual", piensa. En Madrid se enfrentaba a camellos, asesinos y mafias; aquí se enfrenta a fantasmas y leyendas de taberna.

—Miren, caballeros, dice Marcos, apoyando las manos en la barra, —Julián Castro es un ciudadano desaparecido en mitad de una tormenta.

—Si alguno de ustedes tiene información real sobre dónde pretendía excavar o con quién había hablado últimamente, es el momento de decirlo.

—Dejemos las puertas mágicas para los cuentos de niños.

El silencio vuelve a adueñarse del local, más denso y hostil que antes. El tabernero deja el vaso sobre el estante y se cruza de brazos.

—Aquí los niños no juegan en el bosque a partir del oscurecer, inspector. —Y no es por el lobo. Si Julián encontró la entrada, la montaña se ha cobrado su tributo.

—Pregúntele a su sobrina Valeria. Ella sabe mejor que nadie lo que su familia custodia.

Marcos terminó el café de un último trago y se levantó despacio. Guardó la libreta en el bolsillo interior de la chaqueta mientras recorría con la mirada el local. Las conversaciones, que habían cesado durante unos instantes, comenzaron a reanudarse en voz baja.

—Gracias por vuestra ayuda, dijo con un leve gesto de cabeza. —Si alguno recuerda cualquier detalle, por insignificante que parezca, que avise al cuartel.

El tabernero asintió desde detrás de la barra.

—Si Julián pasó por aquí o alguien vio algo extraño, lo sabrá antes de que acabe el día.

Marcos le estrechó la mano.

—Eso espero.

Empujó la puerta de madera y salió al exterior. La humedad del valle lo envolvió de inmediato. La lluvia había dado una breve tregua y una fina bruma comenzaba a deslizarse entre los prados y los muros de piedra.

Se detuvo un instante en el umbral. Aquel pueblo hablaba poco, pero observaba mucho. Estaba convencido de que alguien sabía más de lo que había contado.

Se ajustó el cuello de la chaqueta y echó a andar hacia el Patrol. La investigación no había hecho más que empezar.

Media hora más tarde, Marcos se encuentra en el pequeño despacho que le han asignado en el cuartel. La frustración le agita el pulso.

Sobre la mesa reposa la bolsa de plástico transparente donde ha guardado los efectos personales encontrados en el interior del todoterreno de Julián, que la patrulla acaba de traer: una linterna frontal, unos mapas topográficos del siglo XVIII llenos de anotaciones a lápiz y el teléfono móvil del arqueólogo, que afortunadamente no tenía contraseña de bloqueo.

Marcos enciende la pantalla del terminal. Revisa la lista de llamadas perdidas y el registro de las últimas veinticuatro horas antes de que el dispositivo se quedara sin cobertura en el monte. Sus ojos se detienen en la última línea.

Hubo una llamada saliente. Justo a las 17:42 de la tarde de ayer, unos minutos antes de que el motor del coche se apagara para siempre. Julián no llamó a emergencias. No llamó a la Guardia Civil, ni al sargento Ceballos.

«Marcó el número de Valeria». La llamada duró exactamente cuarenta y dos segundos.

Marcos se reclina en la silla, observando cómo el chirimiri sigue golpeando el cristal de la ventana.

Valeria le había asegurado en la montaña que su tío la había llamado «asustado», pero omitió un detalle que ahora baila en la mente del inspector con la fuerza de una sospecha policial: ¿por qué la última foto guardada en la galería del teléfono de Julián, tomada solo dos minutos antes de esa llamada, era una imagen borrosa de la propia Valeria caminando entre las hayas?