CAPÍTULO 3
Polos opuestos en el fango
El Nissan Patrol del cuartel trepaba con esfuerzo por la empinada pista forestal, escupiendo grava y lodo a cada giro de las ruedas.
El motor rugía en marchas cortas mientras la suspensión absorbía a duras penas los baches, obligando al vehículo a balancearse violentamente de un lado a otro.
Marcos aferraba el volante con ambas manos, conteniendo una maldición cada vez que los bajos golpeaban contra una roca oculta bajo el barro.
A ambos lados del camino, las hayas cerraban el paso con sus ramas empapadas, formando un túnel de sombras verdes del que la niebla comenzaba a adueñarse poco a poco.
Aquel no era un camino; era una advertencia. La montaña parecía poner a prueba a cualquiera que pretendiera adentrarse en su corazón.
El camino se estrechaba, y la lluvia, fina pero constante, convertía el parabrisas en una cortina irregular que los limpiaparabrisas apenas lograban despejar.
El motor rugía con esfuerzo, como si la montaña estuviera midiendo cada avance.
El sargento Ceballos se había quedado en el cuartel coordinando el dispositivo oficial de búsqueda, mientras a Marcos le había correspondido inspeccionar el último lugar donde se había localizado el vehículo de Julián.
Era el primer paso de cualquier investigación por desaparición: empezar donde terminaban las certezas.
Y, por experiencia, sabía que los escenarios como aquel rara vez traían buenas noticias.
«Fíjate bien en el terreno, Marcos, pero no toques nada hasta que no veas qué hay», le había advertido el sargento antes de salir.
Cuando el Patrol coronó la última pendiente, más allá de la cerrada curva del Haya Dorada, Marcos distinguió el destello intermitente de unas luces de emergencia filtrándose entre la niebla. Reduciendo la velocidad, dejó que el vehículo avanzara despacio por los últimos metros de la pista.
Al salir del túnel de árboles, la escena apareció ante él con toda claridad.
El todoterreno de Julián permanecía detenido junto al borde del camino, inmóvil y solitario, con las luces de emergencia parpadeando incansablemente, como si siguiera esperando el regreso de su dueño.
Al detener el Patrol unos metros detrás del todoterreno, una figura inmóvil recortada por la luz de los faros llamó de inmediato su atención.
Era una mujer.
Permanecía «arrodillada en el barro», ajena al frío y a la lluvia que seguía empapándole la ropa. Tenía la mirada fija en la oscuridad del bosque, como si esperara que, de un momento a otro, alguien fuera a salir de entre las hayas.
Había en su postura una inmovilidad extraña. No era resignación, sino la tensión de quien se niega a aceptar lo que la realidad empieza a imponer.
Marcos apagó el motor y descendió del vehículo sin apartar los ojos de ella. Bastó un instante para comprender que aquella mujer llevaba demasiado tiempo buscando una respuesta que el bosque se empeñaba en ocultar.
Marcos agarró su linterna de alta potencia, abrió la puerta y se bajó del coche, subiéndose el cuello de la cazadora de cuero. La lluvia fina del norte ya no era un chirimiri; se estaba convirtiendo en un aguacero en toda regla.
—¡Eh! ¡Buenas tardes! —exclamó Marcos, alzando la voz sobre el rugido del viento mientras se acercaba.
—Soy el inspector Vega, de la Guardia Civil. ¿Es usted Valeria?
La mujer se giró de golpe, sobresaltada. Marcos apuntó el haz de luz de la linterna ligeramente hacia abajo para no deslumbrarla
Descubrió un rostro joven, de facciones afiladas, enmarcado por una melena castaña empapada y unos ojos oscuros que brillaban con una mezcla salvaje de angustia y desafío.
—Sí, soy Valeria —dijo ella, poniéndose en pie con rapidez y encarándolo. No temblaba por el frío, sino por la tensión.
—Mi tío es Julián. Su coche está aquí, pero él no. Algo va muy mal, inspector. Mire esto.
Valeria dio un paso hacia él, extendiendo la mano abierta. En su palma, manchada de tierra negra, descansaba el broche de plata con el triskel doblado.
Marcos observó el objeto con frialdad profesional. En Madrid había visto cientos de escenarios de crímenes, y lo primero que aprendía un buen policía era a no contaminar las pruebas ni a sacar conclusiones precipitadas basadas en el pánico de los familiares.
El triskel (o trisquel) es un símbolo geométrico y sagrado de origen muy antiguo, asociado principalmente a la cultura celta, aunque ya aparecía en el Neolítico.
Su nombre proviene del griego y significa «tres piernas». Visualmente, está formado por «tres brazos en espiral» que se unen en un punto central, creando una sensación de movimiento constante.
Para los antiguos celtas, este símbolo era sagrado y tenía profundos significados, casi todos basados en el equilibrio y el número tres (un número mágico para su cosmología):
«La evolución y el movimiento»: Al estar formado por espirales que parecen girar, representa el aprendizaje continuo, el avance, y la evolución tanto física como espiritual.
«La triple dimensión de la realidad»: Representaba la unión de los tres elementos principales: la tierra, el agua y el aire (el fuego se consideraba la energía central que los unía).
«El ciclo de la vida»: También simbolizaba el pasado, el presente y el futuro; o bien la niñez, la madurez y la vejez.
«Cuerpo, mente y alma»: En el plano humano, representaba el equilibrio perfecto entre la fuerza física, la capacidad mental y la energía espiritual.
Como dato curioso, los «druidas (los sacerdotes celtas)» eran los únicos que tenían permitido portarlo. Lo utilizaban como un «talismán sagrado» al que atribuían propiedades curativas y protectoras contra las fuerzas oscuras o los malos espíritus.
—Guarde eso en su bolsillo, por favor —dijo Marcos con un tono de voz monótono y pausado, el típico que usaba para calmar los ánimos en la gran ciudad.
— Y hágame el favor de dar tres pasos atrás.
—Está pisando la zona perimetral de la desaparición y borrando cualquier huella que su tío haya podido dejar al bajarse del vehículo.
Valeria parpadeó, incrédula. Se guardó el broche con rabia y dio un paso hacia delante, acortando la distancia entre ambos hasta que Marcos pudo oler el aroma a lluvia y pino que desprendía su ropa.
—¿Me está hablando de perímetros? —preguntó Valeria, con una ironía mordaz que le cortó el aire. —Inspector... o lo que sea. —Lleva usted aquí dos horas y se nota a la legua que es de asfalto. Ese coche lleva ahí desde ayer por la tarde.
—La lluvia ya ha borrado la mitad de las huellas y la bruma se va a comer el resto en una hora. Mi tío no se ha despistado buscando setas.
—Conozco este monte desde que tengo uso de razón, y Julián también.
—Si dejó el amuleto tirado y la aguja está rota, es porque alguien lo arrastró fuera de la pista.
—Mire, señorita Castro —interrumpió Marcos, plantando los pies en el fango y clavándole una mirada severa, —en mi trabajo nos guiamos por hechos, no por intuiciones ni por broches doblados.
—Un hombre de cierta edad pasa la noche a la intemperie en mitad de una tormenta y lo más probable es que haya sufrido una caída, una hipotermia o una desorientación.
—Así que le voy a pedir que se suba a su coche, regrese al pueblo y deje que los profesionales hagamos nuestro trabajo.
—¿Los profesionales? —Valeria soltó una carcajada amarga, señalando la inmensidad negra del bosque que se cerraba sobre ellos.
—¿Va a entrar usted ahí solo con esa linterna de ciudad? —Si entra ahí sin conocer los pasos, las simas ocultas y las falsas laderas, mañana por la mañana el sargento Ceballos tendrá que buscar a dos personas en lugar de a una.
La tensión entre ambos se volvió tan densa como la niebla que ya empezaba a lamerles las botas.
Marcos la sostuvo la mirada, molesto por la insubordinación de la civil, pero internamente tuvo que admitir que la mujer tenía parte de razón: el bosque que los rodeaba parecía un laberinto gótico, hostil y hambriento.
Antes de que alguno de los dos pudiera añadir algo más, un crujido seco, como el de una rama gruesa partiéndose bajo un peso considerable, resonó en la oscuridad del bosque de hayas, a apenas veinte metros de donde se encontraban.
Marcos reaccionó por puro instinto policial: su mano derecha bajó directo hacia la culata de su arma reglamentaria bajo la cazadora, mientras Valeria se quedaba completamente inmóvil, conteniendo el aliento. La noche del norte acababa de volverse muy peligrosa.
No fue el chasquido ligero de una rama al caer. Fue el sonido grave y limpio de una rama gruesa partiéndose bajo un peso considerable. Los dos levantaron la vista al mismo tiempo. El bosque volvió a quedarse inmóvil.
Ni el viento. Ni el canto de un pájaro. Ni el murmullo de las hojas. Solo aquella oscuridad compacta que la luz de las linternas apenas lograba arañar entre los troncos.
—¿Ha oído eso? —susurró Marcos. Valeria ni siquiera respondió. Permanecía completamente inmóvil, con la cabeza ligeramente ladeada, como si estuviera escuchando algo que escapaba al oído de Marcos.
Él siguió la dirección de su mirada. Nada. Solo hayas centenarias envueltas en jirones de niebla. Entonces llegó un segundo crujido. Esta vez más cerca. Mucho más cerca.
Marcos desenfundó el arma con un movimiento limpio y apuntó hacia la oscuridad.
El haz de su linterna recorrió lentamente los troncos cubiertos de musgo.
Una sombra pareció deslizarse entre la bruma.
Tan rápida que ninguno de los dos pudo asegurar si realmente la había visto.
El silencio regresó de golpe.
Un silencio tan absoluto que Marcos pudo escuchar el latido acelerado de su propio corazón.
Valeria dio un paso hacia él sin apartar la vista del bosque.
Su voz apenas fue un susurro.
—Aquí los corzos no rompen ramas así.
Marcos no respondió.
Por primera vez desde que había llegado al valle, dejó de sentir que estaba investigando una simple desaparición.
Tuvo la incómoda certeza de que, oculto entre aquellos árboles, había alguien... o algo... observándolos.
Marcos echó un último vistazo al todoterreno. Allí arriba no quedaba nada más que pudiera averiguar aquella mañana.
Si alguien había visto a Julián antes de internarse en el bosque, no habría sido entre los árboles, sino en el pueblo.
—Volvamos —dijo mientras cerraba la libreta de notas.
El camino de regreso transcurrió en silencio. Cuando el Patrol cruzó las primeras casas de Udías, Marcos ya había tomado una decisión.
Antes de organizar una batida, quería hablar con quienes conocían mejor el valle.
Y en un pueblo como aquel, todas las conversaciones acababan empezando en el mismo sitio.
La taberna de Julián «La Taberna del Valle».