El Silencio del Valle CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Las raíces de la montaña

A menos de cinco kilómetros del cuartel, el bosque no entendía de leyes humanas ni de despachos.

Allí arriba, entre las hayas centenarias y los helechos que se alzaban casi hasta la cintura, el aire tenía una densidad distinta. Olía a tierra mojada, a musgo, a hojas en lenta descomposición y a la madera húmeda que llevaba décadas alimentando el bosque.

Era un aroma profundo, dulce y mineral al mismo tiempo, imposible de encontrar en ningún otro lugar. Para Valeria, aquel era el verdadero olor del hogar.

Había crecido respirándolo desde niña. Su abuelo le había enseñado que un bosque no se conocía por los caminos que lo atravesaban, sino por los sonidos que escondía, por la textura de la corteza de los árboles y por el perfume que desprendía la tierra después de la lluvia.

Con los años comprendió que aquel olor no era otra cosa que el ciclo inagotable de la vida: lo que moría alimentaba lo que estaba por nacer.

Aquel rincón del valle nunca le había parecido un lugar salvaje. Era un organismo vivo, inmenso y paciente, donde cada hongo, cada insecto, cada raíz y cada piedra desempeñaban una función que el ser humano apenas empezaba a comprender.

Se ajustó la correa de la mochila impermeable y se agachó junto a la poderosa raíz de un viejo roble. Sus movimientos eran pausados, casi ceremoniales.

Introdujo una pequeña espátula de titanio bajo la capa de humus con la delicadeza de quien sabe que incluso el suelo guarda memoria.

Levantó una fina porción de tierra oscura, rica en materia orgánica, observando cómo las diminutas raíces y los filamentos blanquecinos de los hongos permanecían entrelazados formando una red invisible, el auténtico corazón del bosque.

Depositó la muestra de tierra en un tubo estéril, lo etiquetó con rapidez y anotó las coordenadas en una libreta ya deformada por la humedad.

Como bióloga, se ganaba la vida realizando estudios de impacto ambiental para la consejería, pero su verdadera pasión era el monte en sí mismo. Su abuela siempre le decía que «la montaña habla», solo que los humanos modernos han olvidado cómo escucharla.

Sin embargo, esa tarde, el bosque no hablaba. Callaba de una forma incómoda.

Valeria se puso en pie, limpiándose los pantalones embarrados, y miró al cielo. La bruma estaba bajando con demasiada rapidez desde las cumbres, borrando los perfiles de los picos calcáreos y tiñendo el paisaje de un blanco fantasmal.

Decidió que ya era hora de regresar al pueblo antes de que la niebla cerrara la pista forestal por completo.

Fue entonces cuando el zumbido del teléfono móvil rompió el silencio del bosque.

La vibración resonó con insistencia dentro de la mochila, tan ajena a aquel lugar que Valeria dio un ligero respingo. Se quitó un guante, apartó con cuidado la espátula y rebuscó entre el material de muestreo hasta encontrar el teléfono.

La pantalla iluminó fugazmente su rostro.

Carmen.

Frunció el ceño de inmediato. La mujer que ayudaba a su tío Julián con las tareas de la casa apenas la llamaba. Prefería resolver cualquier asunto en persona, y si recurría al teléfono era porque algo no marchaba bien.

Valeria sintió un nudo en el estómago antes incluso de descolgar.

—¿Carmen?

—¿Valeria? Menos mal que das señal —la voz de Carmen sonaba entrecortada, al borde del ataque de nervios—. Tienes que venir a la casa. Tu tío... Julián no ha vuelto.

Una punzada de inquietud le atravesó el pecho.

Julián Castro, ebanista de profesión y arqueólogo por vocación, no era solo su tío.

Desde la muerte de sus padres había sido quien la había criado, quien le enseñó a amar aquellas montañas y quien se convirtió, con los años, en la única familia que siempre había permanecido a su lado.

Su tío conocía el valle mejor que nadie, pero en los últimos meses se había obsesionado con unos mapas antiguos del siglo XVIII que detallaban la red de cavernas y pasos subterráneos que horadaban el subsuelo de la región.

—Cálmate, Carmen. A lo mejor se ha quedado sin cobertura o se ha entretenido en el taller del pueblo —intentó razonar Valeria, aunque una punzada de frío le recorrió la espalda.

—No, no es eso. Ayer por la tarde dijo que iba a revisar una oquedad cerca de la pista alta de San Roque. —Que había encontrado «algo importante». No ha pasado la noche en casa, Valeria. Y su teléfono da apagado—.

Diez minutos después, Valeria conducía su todoterreno a toda velocidad por la pista forestal. Las ruedas levantaban una mezcla de barro y grava mientras el motor rugía al afrontar cada curva del camino.

La niebla comenzaba a descender desde las laderas, deslizándose entre los árboles hasta envolver la pista en un velo blanquecino que el parabrisas apenas conseguía atravesar.

Apretó con fuerza el volante. Las palabras de Carmen no dejaban de resonar en su cabeza. Julián no había regresado a casa, no contestaba al teléfono y nadie en el pueblo lo había visto desde el día anterior.

Por primera vez desde que tenía memoria, una idea comenzó a abrirse paso entre su incredulidad.

«Algo le había ocurrido a su tío».

Conocía de memoria los puntos exactos donde su tío solía dejar el coche cuando salía a explorar. Al llegar a la curva del Haya Dorada, los faros de su coche iluminaron una silueta familiar.

«Era el todoterreno de Julián».

Valeria frenó en seco, se bajó del coche sin importarle la lluvia fina que empezaba a arreciar y corrió hacia el vehículo de su tío. El todoterreno seguía donde lo habían encontrado, con la puerta del conductor abierta de par en par.

Los faros permanecían aún encendidos, aunque su luz, cada vez más débil, delataba que la batería estaba a punto de agotarse.

Al acercarse, Valeria vio la chaqueta de montaña de Julián sobre el asiento del copiloto.

Frunció el ceño.

Julián jamás se habría internado en el bosque sin ella.

—¡Tío Julián! —gritó Valeria hacia la espesura del bosque.

Su voz se abrió paso entre las hayas y se perdió ladera arriba, rebotando débilmente entre los troncos hasta deshacerse en la niebla. Después llegó el silencio.

Un silencio espeso, casi material, roto únicamente por el lento goteo del agua desde las ramas y el lejano rumor del viento meciendo las copas de los árboles.

«Nadie respondió».

Ni un paso. Ni una voz. Ni el crujido de una rama.

Solo el bosque, inmóvil, guardando un secreto que se negaba a revelar.

Conteniendo la creciente angustia, Valeria se agachó para examinar el terreno alrededor del todoterreno.

La lluvia había reblandecido el barro, conservando aún las huellas más profundas. No tardó en reconocer las botas de montaña de su tío.

Las marcas se alejaban del vehículo con un paso firme, sin señales de vacilación, internándose en la parte más cerrada del hayedo, donde las copas de los árboles apenas dejaban pasar la luz.

Siguió el rastro unos metros con la mirada. No había huellas de regreso.

Sintió un vuelco en el estómago.

Julián había entrado en el bosque por su propia voluntad.

Pero, por algún motivo, nunca había vuelto al coche.

Pero un destello metálico entre el lodo llamó su atención. Se arrodilló y recogió un objeto pequeño y pesado. Al limpiarlo con la manga de su jersey, el corazón le dio un vuelco.

Era un broche de plata antigua con la forma de un «triskel celta» que su tío siempre llevaba prendido en el cuello de su camisa como amuleto. La aguja trasera estaba doblada, rota por la fuerza, como si alguien —o algo— se lo hubiera arrancado de un tirón.

Valeria recorrió el claro con la mirada una vez más. No había señales de una caída, ni ramas partidas, ni el desorden que deja alguien que lucha por abrirse paso entre la maleza.

El bosque seguía intacto, como si nada hubiera ocurrido allí durante la noche.

Se agachó despacio y pasó la yema de los dedos sobre una de las huellas marcadas en el barro. La lluvia había borrado casi todos los rastros, pero aún quedaba algo que no encajaba.

Julián había salido del vehículo… y no había regresado. Sin embargo, tampoco había seguido ninguno de los senderos que él mismo conocía mejor que nadie.

Se incorporó lentamente. La brisa agitó las copas de las hayas y un murmullo recorrió el bosque, tan tenue que durante un instante le resultó extrañamente familiar. No supo por qué, pero le erizó la piel.

Por primera vez desde que había llegado al valle, sintió que el bosque no estaba vacío.

Cerró los ojos apenas un instante y, al volver a abrirlos, la visión seguía allí. No era momento para dejarse arrastrar por las leyendas.

Volvió la vista hacia el todoterreno: la puerta permanecía abierta, los faros agonizaban entre la niebla y la chaqueta de Julián seguía abandonada sobre el asiento.

Un escalofrío le recorrió la espalda. No. Julián Castro no se había perdido. «Se lo habían llevado».