CAPÍTULO 1
El destierro del asfalto
El limpiaparabrisas del viejo Nissan Patrol raspaba el parabrisas con un chirrido rítmico, seco e irregular que terminaba por taladrarle los tímpanos. Marcos llevaba más de cuatro horas al volante desde Madrid, y el paisaje se había transformado por completo.
El hormigón de las autopistas y el cielo gris de la capital habían quedado atrás.
Ahora la carretera serpenteaba entre desfiladeros de roca caliza y prados de un verde tan intenso que, para un hombre acostumbrado al asfalto, resultaba casi irreal.
A lo lejos, jirones de niebla se deslizaban entre las laderas como si el valle respirara lentamente.
Marcos nunca había entendido por qué la gente idealizaba el campo. Para él solo eran carreteras estrechas, cobertura intermitente y demasiados lugares donde alguien podía desaparecer sin dejar rastro.
Se detuvo en el arcén, justo al pasar el cartel que daba la bienvenida al valle.
VALLE DEL SAJA
Apagó el motor y el silencio del norte lo golpeó como una bofetada.
Solo se oía el chirrido del metal caliente enfriándose y el repiqueteo de un «chirimiri» pertinaz, esa lluvia fina y traicionera que no parece gran cosa, pero cala hasta los huesos.
Marcos se miró en el espejo retrovisor. Las ojeras que arrastraba desde hacía tres meses se habían instalado en su rostro como dos sombras permanentes. Apenas se reconocía.
El insomnio era un precio justo.
Cada vez que cerraba los ojos, el callejón volvía a aparecer.
Las luces de neón reflejadas sobre el asfalto empapado.
El estallido de los cristales.
Las detonaciones.
Y, por último, la imagen que jamás lograría olvidar: el inspector jefe Santiago «Santi» Ortega desplomándose frente a él, con la mirada aún clavada en la suya mientras la vida se le escapaba entre los dedos.
El operativo contra una red de tráfico de armas había terminado en una masacre.
Aquella noche Marcos no perdió solo a su mejor amigo.
Perdió al compañero con el que había compartido media vida, la confianza en su propio instinto y la convicción de que siempre llegaría a tiempo para salvar a los suyos.
Cuando abandonó la Brigada de Estupefacientes de Madrid para aceptar un destino en Cantabria, no estaba huyendo únicamente de una ciudad.
Intentaba escapar de un recuerdo que lo perseguía a todas partes, aunque en el fondo sabía que no existía ninguna distancia capaz de alejarlo de aquella madrugada.
Desde la muerte de Santi, los días habían perdido su significado. Se levantaba, trabajaba, hablaba con la gente y cumplía con su deber por pura inercia, pero una parte de él había quedado detenida para siempre en aquel callejón de Madrid.
Quienes nunca habían vestido un uniforme difícilmente podían comprenderlo.
Después de años compartiendo patrullas, operaciones, guardias interminables y situaciones en las que la vida dependía del compañero que caminaba a tu lado, los lazos dejaban de ser una simple amistad.
Eran una familia elegida. Un hermano que conocía tus silencios, que adivinaba tus miedos sin necesidad de palabras y en quien confiabas más que en nadie cuando todo se venía abajo.
Santi había sido todo eso para Marcos. Habían reído juntos, discutido, celebrado cada operación resuelta y regresado con vida de otras en las que cualquiera de los dos pudo no volver.
Fuera del servicio, la relación conservaba una cordialidad sincera. Compartían un café antes de comenzar la jornada, alguna comida improvisada tras un operativo complicado y conversaciones en las que rara vez hablaban del trabajo, aunque ambos entendían el peso que el uniforme imponía.
No eran solo compañeros; eran dos profesionales que se habían convertido en un apoyo indispensable el uno para el otro.
En más de una ocasión se habían salvado mutuamente. Por eso, cuando «lo vio caer frente a él», no sintió únicamente la muerte de un compañero.
Sintió cómo se rompía una parte de su propia vida, una herida invisible que ningún traslado, ningún paisaje nuevo y ningún paso del tiempo parecían capaces de cerrar.
Desde entonces convivía con una pregunta que lo perseguía cada noche, una pregunta tan silenciosa como cruel: —si hubiera reaccionado un segundo antes, ¿seguiría Santi con vida? Mientras no encontrara una respuesta, dudaba que alguna vez pudiera perdonarse.
Lo peor no había sido ver morir a Santi. Lo peor había llegado tres días después, —cuando llamó al timbre de su casa y su hija pequeña abrió la puerta creyendo que su padre volvía del trabajo—.
Había asistido al funeral con el uniforme de gala. Después llegaron las condecoraciones, los discursos y las palabras de consuelo. Pero nada de aquello llenó «el vacío que dejaron unos ojos infantiles preguntando cuándo volvería su padre».
—«Vete al norte, Marcos. Respira. Desconecta seis meses. Allí no pasa nada más grave que un hurto de leña o una vaca que se salta un vallado. Te vendrá bien»—, le había dicho el comisario mientras le firmaba el traslado forzoso, camuflado de comisión de servicio voluntaria.
«Un destierro elegante para un policía agotado».
Marcos arrancó de nuevo y engranó la primera con más brusquedad de la necesaria. El motor respondió con un gruñido grave mientras el vehículo recorría los últimos metros hasta el cuartel de la Guardia Civil, donde iba a prestar servicio de apoyo debido a la escasez de personal.
El cuartel se alzaba a la entrada del pueblo, sobrio y silencioso, como una prolongación natural de las viejas casas de piedra que salpicaban el valle.
Sus gruesos muros, oscurecidos por décadas de lluvia y humedad, resistían con la misma firmeza que las montañas que lo rodeaban.
Sobre la fachada, el escudo de armas mostraba las cicatrices del tiempo, mientras la bandera de España ondeaba apenas unos centímetros, demasiado empapada para enfrentarse al viento.
Dos todoterrenos oficiales permanecían aparcados bajo el alero, cubiertos por una fina película de barro seco.
En el patio interior, un guardia civil con el impermeable abrochado hasta el cuello terminaba de revisar un Nissan Patrol verde, ajeno a la lluvia que seguía cayendo con una obstinación casi cantábrica.
Marcos detuvo el motor y permaneció unos segundos con las manos apoyadas sobre el volante.
Aquel no era el destino que había imaginado cuando ingresó en la Policía.
Pero quizá era exactamente el lugar al que necesitaba llegar.
Marcos permaneció unos segundos al volante sin apagar el motor.
Aquello no se parecía en nada a Madrid.
No había sirenas, tráfico ni el murmullo constante de una ciudad que nunca descansaba. Solo el rumor del agua cayendo sobre los tejados de pizarra y el viento descendiendo desde las montañas.
Por primera vez en muchos años, el silencio le resultó más incómodo que el ruido.
Inspiró hondo, apagó el contacto y bajó del coche.
No sabía si había llegado al lugar donde volvería a encontrarse a sí mismo... o al sitio donde terminaría de perderse.
Al entrar, el aroma a café recalentado y a papel envejecido le resultó extrañamente familiar. Era el mismo olor que había impregnado comisarías y cuarteles durante toda su carrera: una mezcla de rutina, expedientes y noches demasiado largas.
Detrás del mostrador de atención al ciudadano, un sargento veterano, de bigote canoso y manos curtidas por años de trabajo, levantó la vista del informe que estaba leyendo.
Lo observó en silencio unos segundos, como quien mide a un desconocido antes de decidir si puede confiar en él.
—Usted debe de ser el inspector Marcos Vega dijo el sargento mientras se incorporaba con una calma casi exasperante—.
—Soy el sargento Ceballos. Le estábamos esperando. Aunque ya habrá visto que por aquí no solemos correr. Las prisas siempre llegan de fuera—.
Marcos estrechó la mano con firmeza.
—Buenas tardes, sargento. El viaje ha sido largo, pero estoy listo para incorporarme. ¿Hay algún asunto urgente?
Ceballos dibujó una sonrisa apenas perceptible, mezcla de cortesía y resignación.
—Urgente... —repitió, saboreando la palabra—. En Madrid, quizá. Aquí las cosas llevan su tiempo. Incluso los problemas.
Con un gesto de la cabeza le indicó una mesa al fondo del pasillo, abarrotada de carpetas azules.
—Ése será su sitio, al menos de momento.
—Póngase cómodo, Vega. Mire, aquí los lunes resolvemos lindes de fincas mal medidas y los miércoles tramitamos licencias de caza.
—No se estrese.
—Esto no es Madrid. Aquí el mayor peligro es que la niebla te pille desprevenido en mitad de la braña.
Marcos asintió en silencio. Dejó la cazadora de cuero sobre el respaldo de la silla y tomó asiento frente a la mesa.
Abrió la primera carpeta.
Un gallinero destrozado. El propietario aseguraba que había sido un zorro.
Resopló, cerró los ojos un instante y se frotó el rostro con ambas manos.
Después de años persiguiendo redes de narcotráfico y tráfico de armas, aquello «parecía una broma de mal gusto».
El comisario había acertado.
Aquel destino «era el purgatorio» perfecto para un hombre que solo buscaba olvidar.
Marcos desvió la mirada hacia el ventanal. La niebla comenzaba a deslizarse por las laderas, envolviendo lentamente las cumbres hasta desdibujar sus perfiles.
Durante unos segundos tuvo la extraña sensación de que el valle se cerraba sobre sí mismo, como si quisiera proteger para siempre los secretos ocultos bajo su tierra.
Sacudió la cabeza… Solo era niebla.
Aún no podía imaginar que, entre aquellas montañas, había secretos capaces de poner en duda todo aquello en lo que siempre había creído.
Marcos llevaba apenas media hora revisando expedientes cuando el silencio del cuartel se rompió con el timbre estridente del teléfono.
Nadie se apresuró a contestar.
El sargento Ceballos dejó la taza de café sobre la mesa con una tranquilidad desconcertante y descolgó el auricular.
—Cuartel de la Guardia Civil.
Al otro lado hablaron deprisa.
La expresión del sargento cambió poco a poco. La calma desapareció de su rostro.
—¿Está seguro?... ¿Dónde?
Un silencio.
—No toque nada. Vamos para allá.
Colgó despacio.
Durante unos segundos nadie dijo una palabra.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó Marcos.
El sargento Ceballos lo miró con seriedad.
—Han encontrado el todoterreno del doctor Julián Castro.
Marcos esperó el resto de la frase.
—Nunca llegó.
—¿Y él?
El sargento negó lentamente con la cabeza.
—Ése es el problema.
—No está.
Fuera, la niebla había terminado de cubrir el valle.
Y, por primera vez desde su llegada, Marcos tuvo la extraña sensación de que aquel lugar escondía algo que no figuraba en ningún atestado.
En el Valle del Saja, las desapariciones nunca empezaban donde terminaban las huellas.
—Hay algo que no encaja —murmuró al fin.
Ceballos volvió ligeramente la cabeza.
—¿El qué?
—Todo.
El inspector iluminó el suelo unos metros por delante antes de continuar.
—Un hombre con la experiencia de Julián no abandona su vehículo sin motivo —dijo Ceballos—. Si decidió internarse en el bosque, tuvo que ser porque vio algo… o porque alguien consiguió sacarlo de él.
Hizo una pausa, observando el informe extendido sobre la mesa.
—Pero no apareció ni una sola huella clara, ni señales de forcejeo, ni restos que indiquen un accidente. Es como si hubiera desaparecido entre un paso y el siguiente.
—Julián conocía estas montañas mejor que nadie —dijo al cabo de unos segundos—. Si seguía un rastro, era porque estaba convencido de que merecía la pena. Nunca habría abandonado todo por un impulso.
Marcos asintió sin apartar la vista del estrecho corredor de roca.
—Eso es precisamente lo que me preocupa. Los casos difíciles siempre empiezan con una pregunta sin respuesta. «Este empieza con demasiadas».