El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) El Acercamiento #2
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El Acercamiento #2

El lago se extendía como una lámina gris bajo el cielo cubierto, apenas roto por el movimiento ocasional de alguna ola corta, golpeando con suavidad las orillas llenas de restos metálicos.

A su alrededor, se alzaban estructuras improvisadas, ensambladas con placas oxidadas, vigas torcidas y fragmentos de antiguas máquinas.

No eran hogares, no ofrecían refugio real: eran la réplica torpe y persistente de un concepto que los robots ya no necesitaban, pero que su memoria se negaba a abandonar.

Puertas que no se abrían, ventanas que daban a ninguna parte, techos curvados por el peso del tiempo.

A través de los huecos de estas construcciones, se filtraba el viento del lago, emitiendo un silbido que resonaba como un lamento prolongado. El olor a óxido se mezclaba con el del agua estancada, y a ratos, con un vago aroma a combustible viejo.

En la orilla, un robot enorme estaba medio sumergido en el barro, sus piernas cubiertas hasta la mitad, inmovilizadas.

La superficie de su torso había sido colonizada por musgo y raíces delgadas que, como dedos vegetales, trepaban lentamente hacia sus hombros.

Su cabeza, apenas girada hacia la orilla, mantenía una luz constante en un único sensor ocular, parpadeando a intervalos regulares.

A su lado, un perro de pelaje blanco y manchado permanecía echado, la cabeza sobre las patas, vigilando sin descanso.

Nadie sabía si el perro protegía al robot o si el robot, de alguna manera, protegía al perro.

Lo único claro era que ninguno se movía sin el otro.

Más cerca del agua, otro robot, delgado y con articulaciones expuestas, lanzaba una red al lago.

El movimiento era mecánico, repetitivo, como un eco de un recuerdo demasiado viejo para pertenecerle del todo.

La red caía sobre la superficie tranquila, se hundía unos segundos…

y volvía vacía. Aun así, el robot recogía, revisaba el contenido inexistente, y lanzaba de nuevo.

Nadie le había dicho que el lago llevaba décadas muerto, que ningún pez nadaba ya en sus aguas.

O tal vez sí lo sabía, pero el gesto en sí, la repetición, era lo que importaba.

Un ritual sin propósito, salvo el de no olvidar lo que alguna vez fue vida.

En la distancia, se veían figuras inmóviles: robots que no habían cambiado de posición en años, sus siluetas tan fundidas con el paisaje que parecían parte de la misma chatarra que los rodeaba.

Algunos tenían los brazos caídos, otros miraban eternamente hacia el horizonte, como si esperaran algo que nunca llegaría.

El reflejo de los titanes en el agua —Samvarg, con su silueta imponente y pelaje claro, Valgor, pesado como una montaña viva y Lume con un brillo casi apagado— se deformaba en la superficie agitada por el viento.

Los robots no los temían. Ni siquiera parecían asombrados.

Era como si, en su resignación, ya nada pudiera alterarles…

salvo quizá ese leve, casi invisible destello en algunos de ellos cuando sus sensores pasaban por Lira.

Thoren, en silencio, observaba todo. Sus manos se cerraban lentamente en puños, como si le costara aceptar la magnitud de lo que veía.

Kael no decía nada, pero sus ojos recorrían cada detalle, grabando en su memoria aquel escenario como una advertencia muda: esto era lo que ocurría cuando la humanidad decidía olvidar a su propia gente.

Desde que habían puesto un pie en aquel lugar, el cielo había permanecido encapotado, como si el mundo hubiera olvidado cómo lucía el azul.

Las nubes eran pesadas, casi inmóviles, aplastando el horizonte con un gris enfermo.

El aire olía a humedad rancia y a hierro viejo, una mezcla que se metía en la piel.

No había viento real, solo una brisa irregular que movía el agua estancada del lago, arrastrando pequeñas láminas de aceite que flotaban sobre la superficie como un espejo sucio. Cada gota parecía añadir un gramo más a la tristeza de aquel sitio.

Samvarg alzó el hocico, olfateando el aire, y dejó que la lluvia se mezclara con su pelaje. Valgor avanzó con pasos lentos, y el agua que caía sobre su coraza resonaba como un tambor apagado. Ni siquiera la naturaleza aquí tenía energía para enfurecerse; todo estaba gastado, agotado… roto.

Lira, con los ojos entrecerrados, dejó que el agua le cayera sobre el rostro.

Cada gota, fría y pesada, parecía devolverle un recuerdo vago, como si el ambiente entero quisiera contarle algo que no podía decir con palabras.

Kael caminaba junto a ella, pero no la miraba; sus ojos recorrían el lago y sus habitantes con una mezcla de desconcierto y rabia contenida.

—Todo lo que no sirviera para el engranaje perfecto de la Ciudadela, era arrojado aquí… entre el óxido, el agua estancada y el cielo olvidado. Como si el mundo debajo no fuera más que un vertedero para sus errores. —

Las palabras salieron de Thoren, graves y lentas, pero nadie las contradijo.

En ese instante, todos lo sabían: aquellos robots no eran simples máquinas abandonadas.

Habían sido obreros, padres, madres, niños.

Sus cuerpos mortales habían desaparecido hace décadas, sustituidos por envoltorios mecánicos para que siguieran siendo útiles… hasta que dejaron de serlo.

El peor castigo no era el abandono, sino la condena a seguir existiendo sin propósito.

Sus sistemas nunca fallaban del todo; no tenían una muerte natural.

La esencia humana —lo poco que quedaba de ella— seguía atrapada, repitiendo gestos que ya no servían para nada, aferrándose a costumbres que no entendían, como si la memoria se negara a dejarles ir.

Un robot viejo, con la mitad de su rostro corroído, estaba sentado en una estructura metálica como si fuera un banco.

La lluvia caía sobre él sin que se moviera, y entre sus manos sostenía una taza de cerámica resquebrajada.

No bebía. Solo la mantenía cerca del pecho, como si el calor que alguna vez contuvo aún estuviera ahí.

Unos metros más allá, un grupo de robots más pequeños —cuerpos ligeros, manos finas, cabezas desproporcionadas— se acercaba despacio.

Sus sensores oculares emitían una luz tenue, parpadeando cada pocos segundos.

No hablaban, pero uno de ellos estiró un brazo hacia Kael, con un movimiento tan frágil que el joven se quedó quieto, sin atreverse a retroceder.

Cuando la mano metálica rozó la suya, sintió un leve temblor: no era miedo, era como si buscara algo perdido.

Un perro, empapado, trotó hacia Lira. Olió su ropa, luego sus manos, y finalmente la siguió, pegado a su lado como si hubiera encontrado a alguien que llevaba toda la vida esperando.

El robot que lo acompañaba, con placas desalineadas y una pierna oxidada, no se movió, pero sus sensores brillaron con un resplandor más vivo.

De su voz, oxidada y casi rota, surgió un susurro: —Ara…

El nombre se deshizo en el aire, arrastrado por la lluvia. Lira no respondió, pero su respiración cambió. Thoren, al verla, entendió que este lugar no solo estaba lleno de despojos de la Ciudadela… sino también de heridas que no cerraban.

El lago, el cielo y los habitantes inmóviles parecían un solo cuerpo enfermo.

Un recordatorio brutal de lo que quedaba cuando el poder decidía mirar hacia otro lado.

Y, mientras la llovizna seguía cayendo, el rencor en el pecho de Kael y Thoren creció como una raíz que se adentra en la tierra, buscando algo a lo que aferrarse… quizá venganza.

Desde una de las estructuras oxidadas emergió un robot alto, delgado, cubierto por placas desalineadas.

Cada paso que daba parecía costarle años, y sin embargo, sus sensores —dos círculos amarillentos y apagados— se encendieron con un brillo tenue en cuanto sus ojos se posaron en Lira.

No dijo nada al principio; simplemente se acercó, sorteando charcos y trozos de maquinaria rota.

Lume se colocó enfrente de Lira, pero sin parecer una defensa real, algo dentro de él decía que no le haría daño. Lira acaricio su costado, haciéndolo entender que todo estaría bien, Lume se apartó un par de pasos.

Lira sintió que algo en su interior se contraía. Lo conocía. No por su apariencia —que el tiempo y el óxido habían borrado—, sino por algo más profundo, un eco que resonaba en su memoria y que había tratado de enterrar.

El robot se detuvo frente a ella, levantó una mano temblorosa y, con un zumbido bajo en su voz dañada, pronunció: —No pases por el sendero de los cinco soles, Ara.

El sonido se apagó en la lluvia. Nadie más entendió el significado de aquellas palabras, pero Lira cerró los ojos un instante, apretando los labios como si aquello hubiera despertado un dolor que no estaba lista para mostrar. Kael la miró, intentando leer su rostro, pero no se atrevió a preguntar.

Un silencio espeso se instaló entre ellos, roto solo por el golpe irregular de las gotas sobre metal y agua.

El robot mantuvo la mano en alto unos segundos más, luego la dejó caer lentamente y dio un paso atrás, como si supiera que su papel había terminado.

Sus sensores se apagaron otra vez, pero no se movió; se quedó ahí, observándolos con la quietud de una estatua.

Samvarg soltó un rugido bajo, grave, que reverberó en el aire. Valgor lo imitó, más profundo, como si juntos quisieran sacudir el peso invisible que se había posado sobre todos. El sonido resonó en las estructuras oxidadas, en el agua del lago, y se perdió en el horizonte cubierto de nubes.

Los protagonistas se alejaron. Las pisadas de los titanes hacían vibrar el barro, y sus sombras se estiraban y deformaban con cada paso. El agua del lago reflejó sus figuras colosales, pero la imagen se distorsionaba con cada ola, como si el mismo paisaje quisiera borrar el recuerdo de su paso.

En la orilla, el perro dejo de seguirlos, se quedó inmóvil junto a otro robot hundido en el barro, observando hasta que las siluetas de los viajeros se convirtieron en manchas oscuras que se perdieron en la neblina.

Ninguno de los dos se movió. El perro mantuvo sus orejas erguidas; el robot, con sus sistemas en un hilo de energía, sostuvo la mirada hacia el lugar por donde Ara había desaparecido…

como si esperara volver a verla en otro amanecer.

La llovizna continuó cayendo, lavando nada, cambiando nada.