El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) La Carretera de Niebla
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La Carretera de Niebla

La lluvia no se detuvo cuando dejaron atrás el lago.

No era una tormenta, sino una llovizna constante que parecía suspendida en el aire, mezclándose con una neblina espesa que difuminaba el horizonte.

Cada paso sobre el asfalto agrietado producía un eco apagado, como si el sonido también estuviera preso dentro de ese velo blanco.

Samvarg y Valgor avanzaban en silencio, sus pisadas resonando graves, marcando el ritmo del grupo.

Kael miraba hacia atrás cada cierto tiempo, como si temiera que las figuras del lago —los robots, los perros, las naves errantes— pudieran seguirlos.

Pero lo que más lo inquietaba era que, aunque no los veía, sentía que esa mirada metálica aún lo acompañaba.

Lira no dijo una sola palabra en todo el tramo inicial. El nombre que había escuchado —Ara— todavía flotaba en su mente, como una campana lejana. No quiso preguntar, no quiso explicar… y nadie se atrevió a romper ese silencio.

Lume volvió a caminar a su lado, su luz volvió a su brillo natural.

A lo lejos, la carretera se curvaba y se perdía en una masa de niebla más densa, donde incluso los titanes parecían sombras deformes.

El asfalto estaba cubierto de grietas y hierba húmeda, como si la naturaleza hubiera intentado reclamarlo, pero sin fuerza suficiente para borrar la huella de lo humano.

Fue Lira quien habló primero: —Más allá de este tramo… está el sendero de los cinco soles.

Kael frunció el ceño. —¿Cómo lo sabes?

—No lo sé —respondió Lira, con un tono más bajo—. Algo paso ahí… y yo estuve ahí.

Samvarg soltó un gruñido bajo, como si reconociera que ese lugar fuera prohibido. Lira alzó la vista, fijando la mirada en la neblina y continuo. —Este lugar esta atrapado entre el pasado y el presente —dijo—. Es algo que no debió pasar… pero no recuerdo el motivo.

El viento arreció, trayendo consigo un olor metálico y un eco distante, como si algo muy pesado se arrastrara al otro lado de la niebla.

A cada paso, el aire parecía más frío. La Ciudadela aún no se veía, pero su presencia se sentía…

como si estuviera observándolos desde arriba, a través de la niebla, calculando cada uno de sus movimientos.

La llovizna persistía, suspendida en el aire como una cortina fina que, junto con la neblina, borraba el mundo más allá de unos pocos metros. No era lluvia de tormenta: no limpiaba, no refrescaba… solo empapaba lentamente, impregnando ropa, piel y metal por igual.

El lago había quedado atrás, pero la sensación de vigilancia seguía pegada a sus espaldas. No había forma de saber si eran recuerdos, paranoia… o si, en algún lugar dentro de la niebla, ojos invisibles seguían cada uno de sus pasos.

Los titanes caminaban con un paso más lento, olfateando el aire.

Sus cabezas colosales giraban de un lado a otro, rastreando sonidos que los humanos no podían oír.

A veces, un leve chasquido metálico se filtraba desde la bruma, como engranajes intentando encajar, pero fallando una y otra vez.

Kael se tensaba cada vez que lo escuchaba.

A un costado de la carretera, las ruinas de antiguos postes eléctricos se alzaban como huesos torcidos.

Algunos todavía emitían destellos esporádicos, relámpagos sin trueno que iluminaban fugazmente figuras en la niebla: —Una silueta encorvada, que al moverse revelaba un brazo mecánico oxidado.

—El destello de lo que parecía una mira telescópica, pero apagada, inerte.

—Restos de drones flotando, chocando suavemente contra un muro derrumbado.

En una curva particularmente cerrada, divisaron un bulto sobre el asfalto.

Era un robot militar, de más de tres metros, caído sobre un costado.

La insignia de la Ciudadela seguía marcada en su blindaje, pero cubierta de moho y barro.

De vez en cuando, su sistema de armas se activaba, elevando un cañón hacia el cielo…

para luego quedarse inmóvil, sin disparar.

Intentaba ponerse en pie, pero las piernas, corroídas por el óxido, se negaban a responder.

Repetía el intento una y otra vez, sin emitir palabra.

Más adelante, naves de reconocimiento sobrevolaban a baja altura.

Sus motores sonaban irregulares, como si les faltara combustible o piezas enteras.

Daban vueltas en círculos, subiendo y bajando, sin propósito, sin tripulación aparente.

Algunas aterrizaban torpemente en terrenos lodosos para volver a despegar minutos después, como si obedecieran una orden fantasma que nadie recordaba haber dado.

Thoren fue el primero en romper el silencio: —No me gusta este tramo… es como caminar por un cementerio que todavía respira. Son los robots que aún no han ido aquel lago.

Lira no respondió. Sus ojos estaban fijos en la niebla densa al final del camino.

Allí, donde las siluetas se volvían sombras más oscuras, estaba la entrada a lo que habían llamado la puerta del quinto amanecer.

Un umbral invisible que, según la leyenda, no te llevaba a otro lugar… sino a otra versión de ti mismo.

Samvarg emitió un rugido bajo, no de amenaza sino de advertencia.

El viento cambió, trayendo un olor metálico mezclado con algo que recordaba al ozono después de una descarga eléctrica.

Los titanes miraban hacia adelante, tensos, mientras la carretera desaparecía poco a poco bajo el peso de la niebla.

La Ciudadela aún estaba lejos… pero ya había extendido su sombra.

La carretera se extendía como una cinta agrietada, bordeada por torres de vigilancia oxidadas que ya no vigilaban nada…

o tal vez lo hacían, pero sin ojos. De pronto, un murmullo eléctrico comenzó a filtrarse en el aire, como si alguien estuviera girando el dial de una radio en busca de una frecuencia perdida.

El sonido vino acompañado de imágenes, proyectadas al azar sobre la niebla: —Fragmentos de propaganda de la Ciudadela, con colores lavados y voces distorsionadas.

—Soldados marchando en perfecta formación, pero las filas se desvanecían antes de completarse.

—Mensajes en letras titilantes: “El mañana es para los que obedecen”… “El orden es vida”.

Thoren se detuvo un instante, mirando cómo una de las proyecciones mostraba un grupo de niños corriendo en un parque, hasta que el video se congeló y las figuras comenzaron a parpadear, deformándose hasta desaparecer. —Esto no es natural… —susurró.

Más adelante, una señal fantasma se convirtió en voz: —Ara… —dijo, casi en un susurro, antes de romperse en un chirrido metálico.

Lira se tensó, pero no contestó.

Lume no se apartó ni un centímetro de ella. Samvarg, como si hubiera percibido algo en esa voz, levantó la cabeza y olfateó el aire, sus ojos brillando con un destello breve. Valgor gruñó, y el sonido reverberó entre las ruinas a los costados de la carretera.

La niebla se volvió más espesa, y entre ella comenzaron a surgir sombras de máquinas.

No eran las figuras pasivas del lago: estas caminaban lentamente, cargando armas que alguna vez habían sido letales.

Las insignias de la Ciudadela aún colgaban de sus chasis, desgarradas, cubiertas de barro.

Ninguna atacó. Simplemente los siguieron con la mirada, como si la programación de vigilancia estuviera rota pero el instinto de patrullar persistiera.

En un punto, un dron de combate descendió en medio de la carretera.

Su carcasa estaba abollada, y de uno de sus propulsores salía humo.

El arma principal se encendió por un instante, apuntando a Kael…

para luego apagarse como si la energía se hubiera agotado.

El dron emitió un pitido bajo, casi como un suspiro, antes de elevarse torpemente y perderse en la neblina.

—No me gusta… —murmuró Kael—. Es como si estuvieran esperando algo… o a alguien.

Lira volvió a mirar al frente. Al final del tramo, allí donde la carretera desaparecía bajo una bruma más espesa que el resto, se intuía una silueta monumental: dos pilares torcidos, unidos por un arco incompleto, como restos de una puerta colosal. La puerta de los cinco soles

Los titanes se tensaron. No rugieron. No avanzaron. Solo miraron ese umbral como si, detrás de él, esperara algo que incluso ellos temían.