Desfiladero de Huesos
La primera hora siguiendo las huellas fue silenciosa.
No era un silencio cómodo, sino uno expectante, como si las rocas mismas estuvieran escuchando.
El sendero se estrechaba, y a cada curva, el aire parecía más denso.
El reflejo plateado del salar todavía quedaba a lo lejos, visible entre los picos, pero ya era un recuerdo frágil, un espejo roto por las sombras de las montañas.
Lira miraba hacia arriba cada tanto. Sobre ellos, las nubes boreales seguían trazando caminos de luz en el cielo, pero ahora parecían más tenues.
Pequeños destellos azules, de origen desconocido, se movían entre las rocas: criaturas insectoides de seis patas y caparazones traslúcidos que almacenaban luz dentro, como faroles ambulantes.
Cada vez que el grupo se acercaba, esas criaturas se enterraban en la tierra o se deslizaban bajo las grietas, huyendo en silencio.
Las huellas de Veylith eran claras: profundas, con fragmentos de roca levantados como cuchillas cortadas por el viento.
Pero las del Errante… esas eran más desconcertantes.
No eran simples marcas: a veces se alargaban de manera imposible, como si su forma hubiera cambiado mientras avanzaba; otras, parecían solo un hundimiento en el aire, una presión invisible que había deformado la superficie de la tierra.
El rastro los llevó a un desfiladero estrecho.
Allí, la carretera destruida terminaba abruptamente, devorada por un derrumbe masivo.
Entre los restos había vigas oxidadas, trozos de piedra tallada y lo que parecía un viejo arco de entrada, ahora partido a la mitad.
Sobre una de esas piedras, Kael encontró un símbolo grabado: un círculo rodeado de líneas ondulantes, ennegrecido por el tiempo.
—Es de la tribu de Umbralith —susurró—. Pero está viejo… muy viejo.
Samvarg olfateó el aire, sus orejas girando hacia adelante. “No estamos solos”
Apenas dijo eso, algo se movió en la cima de la ladera.
Pequeñas figuras, como felinos de sombra, se deslizaban entre las piedras, casi invisibles salvo por el brillo intermitente de sus ojos.
No atacaban, pero seguían al grupo a distancia, manteniéndose siempre en los puntos donde la luz de la luna no alcanzaba.
Más adelante, el desfiladero se abrió en una cuenca profunda.
Allí, el suelo estaba marcado por la devastación: piedras partidas por impacto, surcos circulares gigantescos, árboles arrancados y lanzados contra las paredes de la montaña.
El aire olía a ozono, como después de una tormenta.
Kael lo reconoció al instante: el aroma del viento supersónico de Veylith.
Pero había algo más. En el centro de la cuenca, sobre un terreno ennegrecido, se encontraba una sola huella, enorme, que no pertenecía a Veylith ni al Errante.
Era profunda, tanto que parecía una herida en la tierra.
Thoren se acercó y posó la mano sobre su borde.
Un escalofrío le recorrió el brazo. —No hay vida aquí. Ni en la piedra. Ni debajo de ella.
Lira levantó la vista y notó que incluso las criaturas luminosas que habían visto antes no habían entrado en esa cuenca. Era como si toda forma de existencia evitara ese lugar.
Samvarg bajó la cabeza, sus ojos fijos en la huella. “Alguien ha pasado por aquí … y no hace mucho”
Un viento repentino barrió el valle, levantando polvo y hojas secas. Por un instante, todos sintieron que algo los observaba desde muy cerca… pero cuando miraron, solo encontraron el vacío y las montañas negras.
Kael se incorporó, mirando la dirección que seguían las huellas. —Si seguimos, no habrá vuelta fácil. Valgor habló por primera vez desde que entraron en el desfiladero: “El camino ya quedó atrás. El viento y la sombra nos han elegido”
Nadie discutió. Avanzaron, sabiendo que cada paso los alejaba de la seguridad de cualquier mapa, y que la montaña ocultaba mucho más que simples rastros de titanes.
Lume iluminaba el camino con su luz natural, sin el, aquel lugar se tornaría en oscuridad casi absoluta.
La cuenca quedaba atrás, pero la sensación de ser observados no.
El camino que seguían no estaba marcado en ningún mapa; era una franja rota de tierra que serpenteaba entre riscos afilados, con paredes tan altas que la luna apenas se colaba en hilos de luz.
A cada paso, la temperatura bajaba un poco más.
Samvarg iba al frente, olfateando. Sus patas se movían con cautela, pero sin frenar el avance.
Detrás, Valgor caminaba tan cerca de Thoren que el suelo vibraba suavemente con cada pisada.
Kael y Lira se mantenían en medio, atentos a los sonidos que llegaban y se apagaban como si fueran tragados por las paredes de piedra.
A medida que ascendían, empezaron a aparecer restos de estructuras.
Primero, solo piedras talladas entre la maleza.
Luego, columnas rotas que emergían de la roca como huesos gigantes.
En una de ellas, Lira pasó los dedos por un relieve apenas visible: una figura envuelta en un manto, sin rostro, sosteniendo lo que parecía un fragmento de luna.
—Esto… —murmuró, pero no terminó la frase.
Kael se acercó y observó el tallado. —No son simples grabados. Este estilo es antiguo. Muy antiguo. Sus palabras fueron casi un susurro.
Unos metros más adelante, el sendero se ensanchó de golpe y reveló lo que quedaba de una carretera de piedra negra, partida en múltiples secciones.
Los bloques estaban desplazados, como si un terremoto hubiera retorcido la superficie y dejado cicatrices imposibles de reparar.
A cada lado, muros derrumbados y torres huecas formaban un pasillo irregular que llevaba hacia un arco monumental derruido.
Samvarg se detuvo antes de cruzarlo. No gruñó, pero su mirada fija en la oscuridad más allá fue suficiente para tensar a todos.
Thoren dio un paso adelante y observó bajo el arco.
El suelo estaba cubierto por un polvo gris que no era ceniza ni arena…
sino algo más fino, casi como piedra pulverizada.
—Aquí no ha habido vida en siglos —dijo.
Avanzaron con cautela. Dentro, el aire tenía un peso extraño. No había insectos, ni rastros de vegetación; ni siquiera el eco de sus pasos parecía comportarse de forma natural. El sonido se deformaba, se apagaba antes de rebotar en las paredes.
Lira fue la primera en verlos: símbolos pintados en la piedra, algunos descoloridos, otros tan nítidos que parecía que alguien los hubiera hecho ayer. Círculos concéntricos, líneas quebradas, figuras humanoides sin rasgos, y en algunas, un enorme halo rodeando la cabeza.
Caminaron más profundo en la zona, y la carretera comenzó a inclinarse hacia abajo, como si descendiera hacia el corazón de la montaña. Al fondo, se intuía la silueta de un enorme portón, cerrado y cubierto de cadenas oxidadas. Pero antes de que pudieran acercarse, el viento cambió.
Fue un soplo frío, tan repentino que les heló la piel. Lira levantó la vista, y entre los muros rotos, creyó ver una figura alta y delgada, envuelta en sombras. Parpadeó… y ya no estaba.
Samvarg soltó un gruñido bajo, apenas audible. “No estamos solos”
Thoren se giró hacia él. —No vinimos a retroceder.
Y así, cruzaron la última sección de la carretera rota, internándose en el lugar donde la tribu de Umbralith había dejado de existir… o donde quizá todavía sus sombras aguardaban.
El portón se alzaba ante ellos como una herida cerrada a la fuerza. No era de metal común, sino de una aleación tan negra que reflejaba la luz de la luna como un espejo deformado. Las cadenas que lo mantenían cerrado eran gruesas como troncos.
Lira dio un paso hacia adelante. Una ráfaga bajó por el pasillo, levantando polvo antiguo que olía a mineral y óxido. En ese mismo instante, un sonido sordo retumbó en el suelo: thoom… thoom… thoom. Era lento, profundo, como si viniera de muy lejos.
Kael frunció el ceño. —Eso no es viento.
Samvarg giró la cabeza hacia la derecha, hacia un derrumbe cercano.
La piedra estaba partida en múltiples direcciones, y entre los fragmentos, se veían surcos enormes en el suelo, tan anchos que un hombre podría tumbarse dentro.
Kael se agachó para inspeccionarlos. —Estas huellas…
—su voz se endureció—. No son del Errante.
Thoren se inclinó junto a él, tocando la piedra rota.
—No. Aquí hay más. Mira estas marcas cortadas, como si algo hubiera desgarrado la roca.
Kael siguió las líneas: eran rectas, afiladas, y recorrían los escombros como cicatrices.
Su mirada se cruzó con la de Thoren, y ambos llegaron a la misma conclusión.
—¿Noctyros?… —susurró.
Las marcas eran muy antiguas. Juzgando por el patrón de destrucción, no fue un encuentro amistoso: grandes bloques desplazados, muros arrancados de raíz, y un corte perfecto que atravesaba una torre caída.
Samvarg se acercó al centro del derrumbe y olfateó con fuerza, su respiración visible en el aire frío. Valgor se mantuvo un poco más atrás, observando las grietas profundas que descendían hacia un abismo lateral. “Pelearon aquí” —dijo con voz grave—, “uno de ellos huyó por el paso norte”
Lira siguió el surco con la mirada hasta perderlo en la oscuridad. La dirección coincidía con una carretera secundaria, aún más rota, que se internaba en una zona de llanuras hundidas.
El cielo, mientras tanto, comenzaba a teñirse con la luz pálida de la luna, filtrada por velos de auroras que se estiraban sobre las montañas.
La neblina se levantaba en espirales lentas, y entre ellas, pequeñas criaturas de luz danzaban antes de ocultarse en las grietas de la roca, como si temieran que algo las viera.
Kael hablo. —Si el Errante pasó por aquí y Noctyros también… —…porque estas otras marcas no son recientes—terminó Lira, con la mirada fija en el paso norte.