El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Entre Murmullos y Viento
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Entre Murmullos y Viento

La carretera que nacía al otro lado de las ruinas parecía un hilo de piedra partida que se deslizaba entre las montañas.

No era lisa; tenía grietas profundas donde habían crecido plantas pálidas, como si incluso la vegetación temiera absorber demasiada luz.

El polvo oscuro se quedaba atrás poco a poco, y un aire más frío, cargado de humedad, empezó a acariciarles el rostro.

La luna seguía alta, acompañada por la luz que venia del sol, la luz que ahora se reflejaban en las paredes de roca, tiñéndolas de verde y violeta.

Samvarg y Valgor iban a la vanguardia, sus pasos firmes sobre la carretera resquebrajada. Lume cerraba la formación, sus ojos brillando suavemente, como una linterna viva que proyectaba sombras alargadas en las paredes.

A medida que se adentraban más, la carretera comenzaba a inclinarse, serpenteando hacia arriba.

En un punto estrecho, el suelo estaba marcado: profundos surcos que no correspondían a huellas humanas ni animales comunes.

Eran cortes en diagonal, como si algo afilado y gigantesco hubiera rozado la piedra al pasar.

Kael se detuvo y pasó la mano por una de esas marcas. —No es roca rota por accidente. Esto… esto fue el viento. Lira frunció el ceño. —¿El viento puede cortar así? Samvarg respondió sin girar la cabeza: —Cuando lo lleva Veylith, sí.

Caminaron un trecho más y el sendero se abrió de pronto en un balcón natural que dominaba un pequeño valle.

Allí, la evidencia era aún más clara: árboles enteros estaban tumbados en una sola dirección, como si un vendaval imparable los hubiera arrancado de raíz.

El suelo mostraba huellas circulares profundas, demasiado grandes para cualquier criatura terrestre…

huellas que encajaban con la envergadura de las patas de Veylith.

Thoren se agachó para examinarlas y notó algo más: huellas aún mayores, más difusas, como si hubieran sido dejadas por un ser de pasos pesados y forma imprecisa. Kael lo vio también, y no necesitó decir en voz alta lo que ambos pensaban.

Lira miró hacia el horizonte, siguiendo la línea de destrucción que se adentraba más en las montañas. —Parece que… pelearon aquí.

El grupo intercambió miradas. Seguir esas huellas podría llevarlos a respuestas… o a un encuentro para el que quizá no estuvieran preparados. Pero ignorarlas significaba perder la pista.

La decisión no se tomó de inmediato. Sabían que se dirigirán justo al lugar que querían evitar.

El silencio fue roto por un aleteo leve: sobre sus cabezas, un grupo de criaturas translúcidas, parecidas a murciélagos con alas de cristal, atravesaron la luz de la luna y se internaron en una grieta alta de la montaña.

El sonido de sus alas era como un suspiro colectivo, suave y melancólico.

Thoren respiró hondo. —Si seguimos este rastro, dejamos atrás nuestra ruta directa a la Ciudadela. Kael lo miró, serio. —Pero si no lo seguimos, podríamos no tener otra oportunidad.

Samvarg dio un paso adelante y apoyó una de sus garras en el suelo, justo sobre las huellas. “Tal vez sea el destino seguir estas marcas”

Eso fue suficiente para decidir. La carretera hacia la Ciudadela quedaría para después. El grupo giró hacia la senda rota que se adentraba en la montaña, siguiendo el rastro que unía a dos titanes en conflicto.