El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Bajo la Lumbre Suave #3
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Bajo la Lumbre Suave #3

Entonces, algo diferente surgió en el horizonte.

Al principio fue apenas una distorsión: una línea oscura donde el reflejo de la luna se quebraba.

Kael fue el primero en fruncir el ceño, sus ojos afinados por años de observación.

—¿Ven eso? —su voz rompió la serenidad. Thoren entrecerró los ojos—. No es sombra de nube…

Cuando se acercaron, el cambio se hizo evidente: grietas profundas, como cicatrices, del otro lado de las montañas. El terreno estaba levantado, como si algo colosal lo hubiera desgarrado. Samvarg se adelantó, olfateando el aire, y un gruñido grave salió de su garganta.

Kael bajó la mirada hacia una de las hendiduras. Los bordes no estaban desgastados… eran recientes.

Thoren, agachándose, pasó la mano sobre el suelo y sintió la arena fina adherirse a sus dedos.

El grupo avanzó siguiendo el rastro, y pronto un segundo detalle apareció: entre las huellas irregulares y aplastadas del Errante, había otras más ligeras…

no menos gigantescas, pero distintas. Las marcas parecían dibujar remolinos en la superficie, como si el viento hubiera girado con furia sobre un mismo punto.

Kael habló en un tono bajo, como si nombrarlo pudiera invocar su presencia: —Veylith… el Cuervo Cortavientos.

Lira levantó la vista hacia el cielo nocturno, como esperando verlo. Pero no había rastro. Solo las marcas y la historia muda de una batalla fugaz.

A medida que avanzaban, la idea mágica del salar comenzó a desmoronarse bajo sus pies. El espejo se agrietaba, el agua clara se enturbiaba. Las criaturas de luz se habían ido; el horizonte, antes vivo, estaba vacío.

El terreno se elevó lentamente hasta convertirse en un suelo reseco, erosionado, salpicado de piedras negras.

A un costado, emergía la huella de una carretera ancha, ahora cuarteada y cubierta de polvo.

Las líneas que alguna vez guiaron a viajeros eran apenas sombras desvanecidas en el asfalto roto.

—Esto no es reciente —murmuró Thoren—. —No —respondió Kael—. Esto lleva aquí generaciones.

Samvarg y Valgor intercambiaron un silencio mental con sus portadores. Ellos también sentían algo… un eco antiguo, un recuerdo que no era suyo.

La carretera serpenteaba hacia las montañas, y en las paredes erosionadas que flanqueaban el camino, se adivinaban símbolos grabados: espirales, figuras humanas cubiertas por capuchas, y la silueta enorme de un ser sin rostro, apenas distinguible.

La luz de la luna tocaba esas tallas y parecía que se movían en la piedra.

Más adelante, las ruinas aparecieron como un fantasma: muros bajos, derrumbados; arcos partidos; torres huecas como huesos abandonados. Todo estaba cubierto de un polvo negro que se metía en cada grieta.

Lira sintió un escalofrío. No había viento, no había insectos, no había vida. Era un silencio distinto al del salar: aquí, el silencio pesaba, como si alguien lo hubiera tejido para que no escapara.

Entre las piedras, todavía quedaban fragmentos de telas oscuras, deshechas por el tiempo, y utensilios oxidados cubiertos de esa pátina negra.

Kael tocó una de las paredes, y una fina capa de polvo cayó, revelando otra pintura: figuras humanas con vendas en los ojos, arrodilladas ante una silueta colosal con una máscara blanca.

Thoren se apartó, incómodo. —Este lugar… no debería existir… aquí. Esta fue la tribu Umbralith.

Nadie respondió. Los titanes, en silencio, permanecían cerca. Incluso Lume había detenido su paso, su luz parpadeando levemente, como si reconociera algo… o como si desaprobara la presencia allí.

El grupo sabía que este era un lugar que había sido sagrado para alguien, pero cuyas vidas ya no estaban.

Las huellas de Veylith desaparecían en la entrada de las montañas, y el rastro del Errante se desvanecía como si hubiera saltado a otro camino.

La pregunta, sin embargo, quedaba flotando en todos: ¿Por qué habían estado aquí… juntos?

Voces que ya no están

El grupo cruzó el arco derrumbado que marcaba la entrada principal. El polvo negro cubría todo, como una nieve oscura que no derretía nunca. A cada paso, el sonido era amortiguado, como si el suelo absorbiera sus pisadas para que nadie más pudiera escucharlas.

La luz de la luna se filtraba por las grietas de los muros caídos, y en ese brillo pálido, podían verse formas extrañas: círculos perfectos dibujados en el suelo, hileras de piedras talladas con símbolos que no se parecían a ningún alfabeto conocido.

Lira se inclinó sobre uno de ellos. —No es escritura…

es un mapa. —Sus dedos siguieron la línea de una espiral que conducía al centro, donde un punto estaba rodeado por trazos ondulantes.

Thoren observó en silencio, y al alzar la vista notó que, en el muro opuesto, había la misma figura… pero invertida.

—Podría ser un lugar —dijo Thoren—. O… un ritual para su titán Noctyros. La voz de Samvarg resonó en su mente, grave, como un trueno contenido: “Esto fue un lugar de juramentos. No todos fueron cumplidos.”

Avanzaron más. Los restos de viviendas eran apenas esqueletos de piedra.

Algunas tenían altares pequeños, cubiertos de ese polvo oscuro, y en ellos quedaban vasijas rotas con lo que parecía ser arena brillante atrapada en su interior.

Lume se acercó a una y, al iluminarla, las partículas reflejaron destellos como si fueran fragmentos de estrellas.

Kael estiró la mano para tocarlas, pero Valgor se interpuso, su sombra imponente cubriendo la vasija. —¿Qué pasa? —preguntó Kael en voz baja. El titán no respondió con palabras, pero la sensación que transmitió era clara: “No alteres lo que aquí descansa.”

Más adelante, una estructura destacaba entre las ruinas.

No era un edificio alto, sino una especie de sala circular, con paredes bajas, y en su centro, un pilar de piedra pulida que aún conservaba un brillo suave, como si hubiera sido aceitado o cuidado hasta el último día de la tribu.

En ese pilar, tallada con precisión, estaba la silueta del mismo ser sin rostro que habían visto en las paredes exteriores, la máscara blanca con la línea vertical.

Solo que aquí, en lugar de estar erguido, la figura parecía inclinada hacia adelante, como si escuchara algo… o como si se retirara.

Lira sintió un nudo en el pecho al verlo. No sabía por qué, pero esa postura transmitía una tristeza tan profunda que le resultaba incómodo mirarlo demasiado tiempo.

Un leve murmullo interrumpió el silencio. Thoren giró de inmediato… pero no había nadie. Las voces eran débiles, como si vinieran de muy lejos, filtrándose entre las piedras. No decían palabras claras, sino un susurro que se disolvía antes de tomar forma.

Kael cerró los ojos, tratando de escucharlo mejor, pero cuanto más se concentraba, más se alejaba el sonido, hasta desaparecer.

Samvarg habló, esta vez en voz alta, con ese tono que no admitía réplica: —“No nos quedaremos aquí”

No hubo objeción. Todos sentían la presión invisible de ese lugar, como si el aire pesara más de lo normal. Mientras salían por la otra punta de las ruinas, la carretera se internaba entre montañas oscuras.

La última visión que tuvieron al mirar atrás fue la del pilar con el ser sin rostro, iluminado por la luna. Por un instante —o tal vez fue un engaño de la luz—, la línea vertical de la máscara pareció brillar como si respirara.

Sin decir nada, apretaron el paso.