El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Bajo la Lumbre Suave #2
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Bajo la Lumbre Suave #2

El suelo bajo sus pies dejó de ser mullido y se volvió firme, cubierto por una capa fina de polvo blanco que crujía suavemente a cada paso. La luz del sol golpeaba sin filtros, desplegando un cielo inmenso y despejado que parecía no tener fin.

Samvarg y Valgor, alzando la cabeza, olfatearon el viento, percibiendo el cambio en el entorno. Lume extendió su resplandor tenue, como explorando la vastedad abierta.

Ante ellos se extendía un paisaje deslumbrante: un vasto salar, plano como un espejo roto en miles de fragmentos, que reflejaba el cielo y las nubes con tal nitidez que parecía un mundo suspendido entre tierra y aire.

El silencio era absoluto, roto solo por el crujido del polvo bajo sus pies y el lejano eco de algún ave invisible planeando en el horizonte.

Kael alzó la mirada y sintió una mezcla de maravilla y desasosiego, consciente de que, aunque el paisaje parecía tranquilo, ese lugar guardaba secretos que aún debían descubrir.

Lira susurró, como hablando para sí misma: —Es como caminar sobre un sueño… o sobre un espejo que podría romperse en cualquier instante.

Thoren asintió, ajustando su capa, y añadió: —Aquí la naturaleza no solo es hermosa, también es implacable.

Con pasos firmes pero cautelosos, el grupo avanzó hacia ese nuevo mundo, sabiendo que su viaje apenas comenzaba a desplegar su verdadera magnitud.

El vasto cielo azul se extendía infinito sobre ellos, tan claro y nítido que parecía desvanecerse en el horizonte, fundiéndose con el reflejo inmaculado del suelo.

Thoren caminaba al lado de Lira, sus pasos lentos, como si no quisieran romper la perfección del silencio que los rodeaba.

No necesitaban palabras, pero sus miradas se encontraban en pequeños gestos: una sonrisa apenas perceptible, la mano que rozaba la suya por la cercanía, el suspiro compartido al sentir el aire seco y frío que recorría el salar.

El paisaje era un lienzo blanco salpicado de pequeñas nubes dispersas, que flotaban cerca del suelo, casi tocándolo.

Al acercarse, esas nubes comenzaron a elevarse lentamente, revelando su verdadera forma: criaturas etéreas, una mezcla asombrosa de nubes vaporosas y medusas flotantes, cuyos tentáculos brillaban con destellos iridiscentes que danzaban en el aire.

No emitían sonido, sólo se desplazaban con una gracia hipnótica, alejándose suavemente sin mostrar ni una pizca de agresividad.

Lira se detuvo para observarlas, fascinada. —Nunca imaginé que pudiera existir algo tan… delicado y poderoso a la vez.

Thoren asintió, contemplando también las criaturas. —Este lugar… parece un sueño.

Más adelante, el paisaje se abrió aún más, revelando manadas de animales fantásticos que descansaban o se movían en grupos compactos.

Algunos tenían cuerpos alargados como zorros, cubiertos de escamas perladas que reflejaban la luz del sol; otros, con alas translúcidas, volaban en bandadas que brillaban como fragmentos de cristal.

El suelo vibraba apenas bajo sus pies, y entre las grietas de sal, pequeños lagos espejados reflejaban criaturas que emergían y se sumergían en un juego silencioso: peces con aletas que parecían remolinos de agua pura, y seres pequeños con cuernos de luz que se asomaban curiosos antes de desaparecer.

Thoren volvió la vista hacia Lira, quien estaba absorta en una figura que se movía lentamente a lo lejos: un ser tan grande, parecido a un ciempiés, pero cubierto de líquenes y flores, con ojos que parecían contener siglos de sabiduría.

Ella susurró: —Debe ser un guardián del salar… como Lume en el bosque.

En ese instante, sus manos se encontraron. Un contacto breve, pero lleno de significado, que les recordó que no estaban solos en esa inmensidad.

Avanzaron por zonas donde no había más vida que el viento y el crujir del suelo, un espacio para que sus pensamientos y sus almas vagaran libres, lejos del ruido de los recuerdos.

La luz del sol se intensificaba y el aire parecía vibrar con una energía que les erizaba la piel.

El reflejo en aquel espejo natural daba una imagen increíblemente hermosa. Tres inmensos Titanes uno de piedra, otro de hielo y uno más de un brillo permanente, se movían sin prisas. Un poco más adelante tres portadores que marcaban su destino con cada paso.

Thoren habló: —¿Crees que este lugar tiene algo que ver con lo que debemos encontrar?

Lira miró hacia el horizonte, donde el salar se extendía sin fin. —Siento que aquí todo está suspendido entre el tiempo y el espacio. Que lo que buscamos puede estar escondido en la calma misma, o en el reflejo de lo que somos.

Kael, Samvarg y Valgor los seguían a distancia, atentos, pero en paz. Lume caminaba cerca de Lira, su luz tintineando suavemente.

El día avanzó y las sombras se alargaron sobre el espejo blanco. Mientras el sol comenzaba a descender, las criaturas que habían visto se retiraban hacia rincones ocultos, y la vasta soledad los envolvía nuevamente.

Thoren apretó suavemente la mano de Lira, en un gesto silencioso que prometía fuerza para lo que vendría.

En el corazón del salar, rodeados por la belleza y el misterio, los protagonistas se preparaban para seguir adelante. El viaje que habían comenzado juntos se sentía ahora más real, más urgente.

La tarde había comenzado a apagarse, y el salar, que durante el día había sido un océano blanco y ardiente, se transformaba en un espejo líquido que capturaba cada color del cielo.

La luna, enorme y nívea, ascendía por el horizonte, bañando la vasta planicie en un resplandor plateado.

Sobre ellos, un velo de nubes luminosas danzaba con lentitud, dibujando franjas verdes y violetas que se retorcían como olas en un mar invisible.

El grupo avanzaba en silencio. Cada paso levantaba un leve crujido sobre la sal sólida, el único sonido que rompía la quietud.

Aquí y allá, criaturas translúcidas cruzaban el paisaje: aves de alas alargadas que brillaban como vidrio al reflejar la luna; pequeños cuadrúpedos con cuerpos cubiertos de líquenes bioluminiscentes que parecían correr en cámara lenta antes de desaparecer tras ondulaciones mínimas del terreno.

Más adelante, flotando apenas sobre la superficie espejada, se deslizaba una bandada de medusas-nube.

Sus campanas algodonadas reflejaban la luz lunar mientras filamentos finos, como hilos de plata, colgaban y se mecían con la brisa suave.

Al sentir la presencia de los titanes, seguían elevándose sin prisa, ondulando hacia el cielo hasta fundirse con la neblina que nacía de la noche.

Lira caminaba ligeramente adelantada, con Lume a su lado. Thoren y Kael venían detrás, intercambiando pocas palabras, sus voces amortiguadas por la inmensidad del lugar. Todo tenía un tono de sagrada calma. La naturaleza, aquí, no era hostil ni amistosa: era un testigo.

Pero a medida que las horas pasaban, algo empezó a dibujarse en el horizonte.

Al principio, apenas una sombra distinta entre las montañas que marcaban el final del salar.

Una mancha oscura que rompía la perfección de las líneas.

Thoren fue el primero en notar que una de las cumbres no parecía entera, como si estuviera… partida.

—Eso no parece un derrumbe —murmuró, frunciendo el ceño.

Kael ladeó la cabeza, intentando medir la distancia. —Podría ser un deslizamiento de rocas. Ha pasado tiempo desde que alguien vivió por aquí.

Pero Lira no apartó la vista. Había una vibración extraña en el aire, un leve peso que no estaba allí antes. —No… eso no es natural —dijo, apenas audible.

El grupo siguió avanzando. Poco a poco, la “mancha” reveló más detalles.

No era sólo que la montaña estuviera rota: había sido atravesada.

Rocas desgarradas, polvo petrificado por el tiempo, fragmentos tan grandes como casas que yacían esparcidos como si una fuerza imposible los hubiera arrancado y lanzado lejos.

La luna iluminaba grietas que bajaban en forma de espiral, como cicatrices que no correspondían a la forma del terreno. Samvarg, desde el fondo, dejó que su voz mental resonara entre ellos: “Esto no lo ha hecho un salvaje… ni siquiera uno de nosotros.”

Fue entonces cuando vieron las huellas. Al principio, sólo hundimientos dispersos en la sal, demasiado amplios para ser marcas de roca caída.

Pero al acercarse, se hicieron evidentes: gigantescas depresiones ovaladas, alineadas en un patrón de marcha.

Cada paso medía más de lo que Valgor podía cubrir con todo su cuerpo.

Se detuvieron. El silencio del salar se volvió otro, más denso, como si incluso las criaturas luminosas que antes revoloteaban hubieran decidido mantener su distancia. Kael tragó saliva. —No hay otro que pueda hacer esto… —susurró.

Thoren asintió lentamente. —El Errante.

La palabra quedó suspendida en el aire, como si al nombrarlo hubieran permitido que algo invisible se acercara. Lira bajó la mirada a las huellas, midiendo su profundidad. No eran frescas… pero tampoco viejas. El errante había pasado por ahí no hacía tanto.

Un silencio incómodo se prolongó antes de que Thoren lo rompiera: —Si seguimos hacia la ciudadela, perderemos este rastro.

Kael miró la línea de huellas que se alejaba hacia las montañas fracturadas. —Y si lo seguimos… entramos en su territorio.

Thoren, sin apartar la vista del horizonte, habló con voz firme: —Si está cerca, debemos saberlo.

No hubo más debate. Con un leve cambio de dirección, los tres desviaron el rumbo, dejando atrás el centro del salar y avanzando hacia las sombras de la montaña rota.

A sus espaldas, el espejo de sal seguía reflejando la luna y las nubes iluminadas, ajeno a la amenaza que se escondía en la oscuridad que tenían por delante.

Lira caminaba unos pasos por delante, el manto de Lume extendiendo su luz suave sobre el espejo natural. Thoren, algo más atrás.