Bajo la Lumbre Suave
La fogata crepitaba bajo un cielo limpio. No había luna, pero las estrellas llenaban el firmamento como un mar invertido. El olor a carne asada de un animal que habían cazado durante el día, se mezclaba con el de las hierbas que Lira había creado durante el día.
Kael se acomodó sobre una roca plana, con un trozo de pan en una mano y una sonrisa en la cara. —No sé ustedes, pero creo que no había probado algo tan bueno en semanas. —Mordió con exageración, como si fuera un banquete real.
—Porque en semanas no hemos tenido algo tan bueno —respondió Thoren, con una media risa, mientras removía la carne sobre las brasas.
Lira, sentada con las piernas cruzadas, inclinó un poco la cabeza. —Tienen razón… —dudó un segundo—, pero las comidas que preparaban también fueron deliciosas.
Kael la miró un momento y luego sonrió. —Así deben ser las cenas de campo de los portadores. Saben mejor cuando te has ganado el hambre.
—Eso sí —dijo Thoren, pasando un trozo de carne a Lira—. Y ahora, con un poco de calma, podemos hablar de lo que sigue.
Lume estaba a unos pasos, echado sobre la hierba. Su luz pulsaba lentamente, como si acompañara el ritmo de la conversación. Samvarg y Valgor se mantenían cerca, en silencio, vigilando la noche.
Lira mordió un trozo de pan antes de responder. —Kirelya me dijo que había dos rutas hacia la Ciudadela. Una es más corta, pero… pasa por el Desfiladero de Huesos.
Kael arqueó una ceja. —Ese nombre no inspira confianza.
—No es para inspirar confianza —replicó ella—. Es peligroso, pero rápido. El otro camino es más largo, bordeando el Bosque Plateado pasando antes por el Salar del Alba. Más seguro, en teoría.
Thoren bebió un sorbo de agua y suspiró. —Yo digo que más largo no siempre significa más seguro. En el Bosque Plateado hay historias… cosas que no siempre son hostiles, pero tampoco amistosas.
—Como tú —bromeó Kael, ganándose una mirada afilada de Thoren.
Lira sonrió sin darse cuenta. Fue una sonrisa pequeña, pero sincera, y los dos la notaron. —Podemos decidir mañana. Hoy… comamos tranquilos.
Hubo un silencio breve, no incómodo, sino de descanso. El viento movió las ramas de los árboles cercanos, y unas criaturas aladas, con alas de cristal translúcido, revolotearon alrededor de la luz de la fogata, lanzando destellos como fragmentos de aurora.
Kael rompió el silencio. —¿Saben qué recuerdo ahora? Cuando Valgor casi se cae al río helado y Thoren intentó sujetarlo… —Se echó a reír—. Terminó Thoren empapado hasta la cintura.
—Fue por tu culpa —acusó Thoren—. Dijiste “saltemos todos juntos” y tú saltaste antes de que contara hasta tres.
Lira cubrió la boca para contener una risa, pero no lo logró. —Supongo que no fue gracioso en el momento…
—Oh, lo fue —dijo Kael, mirando a Thoren con diversión—. Para mí, mucho.
La conversación siguió, ligera, con recuerdos que ya no dolían tanto y planes que todavía podían cambiar. Por primera vez en días, el peso sobre sus hombros parecía menos insoportable.
Cuando las brasas se fueron apagando, Lira miró hacia la oscuridad. El bosque se mantenía tranquilo, casi protector, pero ella sabía —todos lo sabían— que eso podía cambiar en cualquier momento.
La noche había caído como un manto oscuro sobre el bosque. Las hojas susurraban al viento tenue, y entre las ramas, los destellos plateados de las estrellas apenas lograban penetrar la densa bóveda verde.
Lira estaba sentada junto a la fogata que aún lanzaba chispas dormidas, mientras Samvarg y Valgor, echados a su alrededor, vigilaban con ojos atentos, sus cuerpos enormes y quietos en la penumbra.
Kael reposaba junto a un árbol, con la espalda apoyada en la corteza rugosa, cerrando los ojos para intentar olvidar la fatiga que le oprimía el pecho.
Lume permanecía cerca de Lira, su luz baja y constante como un faro, proyectando sombras largas y suaves.
Por un momento, la calma pareció absoluta.
Pero entonces, Samvarg tensó el cuello, sus ojos de hielo brillaron intensamente. Una señal mental, profunda y urgente, atravesó la mente de Kael y Thoren.
—Están aquí —susurró Kael, poniéndose de pie sin romper el silencio.
Desde el follaje cercano, un movimiento rápido y calculado irrumpió en la oscuridad. No una sombra, ni un titán, sino una manada.
Eran criaturas corpulentas, de pelaje negro con motas de bioluminiscencia azul, que parpadeaban como estrellas en la noche.
Su tamaño oscilaba entre los cuatro y siete metros, con cuerpos ágiles y musculosos, garras afiladas capaces de desgarrar cortezas y ojos grandes, reflectantes, que parecían espejos líquidos bajo la luna.
Avanzaban en silencio, con una coordinación instintiva, divididos en grupos: algunos se acercaban directamente, otros flanqueaban, mientras un par más se escondían en las copas bajas, esperando el momento justo.
—No buscan pelea, sino presas —murmuró Thoren, mientras Valgor se levantaba con un gruñido bajo.
Lira cerró los ojos, inhalando profundamente. El viento comenzó a arremolinarse a su alrededor, y la luz de Lume subió un poco, proyectando un halo cálido.
Kael extendió las manos y un muro de hielo cristalino emergió entre ellos y la manada, bloqueando el avance directo. Thoren golpeó el suelo con sus pies, y de la tierra brotaron columnas que aprisionaron las patas delanteras de varios salvajes, deteniéndolos sin causarles daño mortal.
Los ataques comenzaron. Un salto explosivo hacia Lira, dos corrían a rodear a Kael, y otro grupo se abalanzaba hacia Valgor.
Lira agitó las manos, levantando ráfagas de viento que empujaron a varias criaturas hacia atrás, mientras con movimientos ágiles esquivaba garras y mordidas.
Samvarg, con una rapidez sorprendente para su tamaño, se interpuso entre un salvaje y Kael, lanzando un aullido que resonó como un trueno. Una zarpada bien dirigida cortó el pelaje, dejando una herida superficial, pero el salvaje apenas se retiró, dominado por el respeto y el miedo.
Valgor embistió a un grupo con un movimiento lento pero devastador, derribando arbustos, árboles y levantando polvo. Uno de los salvajes, en un intento desesperado, consiguió sujetar una pata del bisonte, que con un movimiento poderoso lo lanzó por los aires.
La batalla era feroz, pero los protagonistas se mantenían firmes en no causar muertes innecesarias. Sin embargo, el instinto es implacable.
En un momento crítico, uno de los salvajes, un macho viejo con cicatrices y ojos color ámbar, lanzó un salto hacia Lira cuando ésta se adelantaba para levantar a Kael tras un empujón. Samvarg reaccionó justo a tiempo, interceptando con un golpe fuerte que derribó al salvaje.
Pero el impacto fue suficiente para herirlo de gravedad. Caído en el suelo, sus ojos reflejaban el dolor y la sorpresa, sin rencor.
El resto de la manada retrocedió inmediatamente, emitiendo un coro bajo, como una mezcla de protesta y reconocimiento. La batalla terminó tan rápido como había comenzado.
Los protagonistas, respirando con dificultad, se reunieron. Kael sostuvo su brazo adolorido, pero intacto. Lira se agachó junto a Samvarg, tocando suavemente su lomo mientras el lobo dejaba escapar un suspiro casi humano.
El eco de los últimos gruñidos de la manada se desvaneció lentamente, fundiéndose con el murmullo del bosque. El aire, antes vibrante de tensión, parecía ahora más pesado, como si cada respiración pesara más.
Kael respiraba con dificultad, su pecho subía y bajaba al ritmo lento y forzado de sus pulmones. Miró a su alrededor y vio a Lira, todavía erguida, con la mirada fija en el suelo donde el salvaje había caído. Sus dedos temblaban apenas, como si quisiera tocar algo intangible que ya no estaba.
Thoren se acercó en silencio, cerca de Kael, sin decir palabra, compartiendo el peso invisible del momento. Samvarg y Valgor emitieron suaves gruñidos bajos, sus ojos reflejando una mezcla de alerta y respeto, aún atentos a cualquier movimiento en la penumbra.
Lume, con su luz oscilante, se acercó a Lira y frotó suavemente su hocico contra su mano, un gesto tenue que parecía querer transmitir calma y compañía.
El bosque guardaba silencio, como si también lo sintiera.
Nadie se atrevía a romper la quietud. Cada uno se sentía pequeño y a la vez parte de algo inmenso y antiguo, conscientes de que la línea entre la vida y la muerte, entre depredador y protegido, había quedado trazada esa noche con un respeto difícil de explicar.
Poco a poco, Lira alzó la cabeza, sus ojos encontrando los de Kael y Thoren. Una expresión que mezclaba tristeza y determinación se dibujó en su rostro.
Entonces, sin prisa, comenzaron a prepararse para honrar lo que había sucedido.
En círculo, comenzaron la despedida.
Lira entonó un canto bajo, una melodía antigua que había aprendido de los susurros del bosque. Sus palabras agradecían la vida, la oportunidad de seguir caminando, y pedían perdón por la violencia forzada.
Kael clavó la punta de sus dedos en la tierra, símbolo de respeto y pacto. Thoren recogió ramas secas y hojas, y con cuidado las colocó sobre el cuerpo del salvaje caído, cubriéndolo como un manto que lo devolvería a la tierra.
Lume pulsaba su luz en sincronía con el canto, y el viento llevó la melodía a las copas de los árboles, donde se perdió entre las estrellas.
El bosque volvió a quedarse en calma, pero ninguno de ellos olvidaría esa noche. Sabían que en ese mundo, la vida era un delicado equilibrio entre depredadores y guardianes.
Y que ellos, aunque portadores de poderes colosales, eran solo una parte más de ese ciclo ancestral.
Al día siguiente, el bosque comenzó a abrirse lentamente, las copas densas dieron paso a ramas más dispersas y árboles más bajos, hasta que finalmente la última sombra se desvaneció detrás de ellos.
El aire cambió también, tornándose más seco y fresco, con un toque metálico que hizo que Lira entrecerrara los ojos. La humedad del bosque quedó atrás, y con ella, el aroma a tierra húmeda y savia.