Desfiladero de Huesos #2
Samvarg emitió un gruñido bajo, confirmando que era la única dirección posible.
El paso norte no era un camino… era una cicatriz.
Lo que alguna vez pudo ser una carretera secundaria se extendía ante ellos como un puente roto entre dos mundos: grietas profundas que devoraban el pavimento, tramos hundidos donde el agua de las lluvias se había acumulado en pozas negras, y columnas de roca inclinadas como si un gigante hubiera intentado arrancarlas de cuajo.
La luz de la luna se filtraba por entre los bordes quebrados de las montañas, iluminando la senda con reflejos plateados que parecían guiarles, pero también advertirles de que cruzaban un territorio marcado por una historia no contada aún.
Samvarg avanzaba al frente, su lomo tensándose a cada paso. Cada tanto, olfateaba el aire y gruñía, como si aún pudiera sentir el rastro de aquel ser colosal. Valgor, más atrás, vigilaba los flancos. Sus ojos anaranjados brillaban en la penumbra, atentos a cualquier movimiento.
Lira caminaba junto a Kael y Thoren, la voz baja, casi un susurro. Lume los seguía muy de cerca. —¿Lo sienten? —preguntó. No hablaba del frío, ni del silencio. Hablaba de esa presión invisible que parecía aplastar el aire, como si el espacio mismo recordara lo que allí había ocurrido.
Entre las rocas, aparecieron las primeras señales más claras: Surcos gigantes en diagonal, huellas tan profundas que el agua que caía de las montañas las llenaba formando estanques diminutos.
En algunas, flotaban organismos bioluminiscentes, pequeñas criaturas gelatinosas que destellaban al contacto con el viento.
Eran como medusas adaptadas a la tierra, pulsando suavemente con luz azulada antes de hundirse en la oscuridad del agua.
Kael se detuvo para observarlas. —Si estas criaturas están aquí… significa que las grietas han estado abiertas desde hace tiempo. Lira asintió.
Más adelante, el sendero se estrechó. El suelo se inclinaba, obligándolos a bajar por una pendiente de roca resbaladiza, donde cada paso hacía que las piedras rodaran hacia el vacío.
Y allí, a mitad del descenso, se encontraron con lo que ya no dejaba lugar a dudas: una huella inconfundible, profunda, con bordes desgarrados: Noctyros.
Y junto a ella, una depresión aplastada, mucho más ancha y pesada: el Errante.
Thoren se inclinó sobre la marca, pasando la mano por el surco. —No se detuvieron. No hubo descanso. Esto fue una persecución.
El frío se intensificó, y al fondo, la montaña se abría como una boca oscura. Era un paso estrecho, flanqueado por pilares naturales… y más allá, la oscuridad absoluta.
Samvarg dio un rugido bajo, no de amenaza, sino de advertencia. El viento que salía de esa garganta montañosa no era normal: era irregular, cortante, como si algo invisible aún se moviera allí dentro.
Kael ajustó su capa y miró a los demás.
Avanzaron. Y con cada paso, el eco de sus pisadas parecía resonar no solo en las paredes de roca… sino en algo más profundo, como si una presencia estuviera escuchando.
El estrecho paso entre las montañas se abría ante ellos como una boca oscura, un portal hacia un mundo donde la luz parecía ser un huésped extraño y fugaz.
Las paredes rocosas, ennegrecidas por el tiempo y el silencio, se alzaban imponentes a ambos lados, cortando el viento en un susurro casi inaudible.
El aire era denso, cargado con un aroma metálico y a tierra mojada que parecía abrazar cada respiro.
La sombra de la tribu perdida de Umbralith no solo pesaba en la atmósfera, sino que parecía latir en cada piedra, en cada fragmento de ese terreno olvidado.
Aquí, la naturaleza se había retirado, dejando un paisaje casi lunar, donde solo los vestigios de la arquitectura antigua recordaban que alguna vez hubo vida.
Kael avanzó con cautela, sus ojos recorriendo cada grabado, cada símbolo tallado en las columnas derrumbadas y en las ruinas dispersas.
Samvarg permanecía alerta, sus sentidos más allá de lo visible, detectando cualquier vibración o presencia oculta. Valgor, firme y silencioso, era un ancla para Thoren, quien a su vez mantenía la mirada fija en el oscuro sendero que se perdía en las profundidades.
Lume no se apartaba de Lira.
A lo lejos, el eco de un leve murmullo, casi imperceptible, recorría las ruinas. Era como si la tribu de Umbralith aún susurrara entre las sombras, guardianes silenciosos de secretos demasiado antiguos para ser nombrados.
Lira se detuvo ante un círculo de piedra, tallado con símbolos que no lograba descifrar. Con un gesto suave, su mano tocó la superficie, y una corriente fría recorrió su brazo. —Aquí… —musitó—. Aquí algo no quiere ser olvidado.
Kael asintió, comprendiendo que ese lugar guardaba más que simples ruinas. Era un umbral entre el pasado y un presente amenazado por fuerzas que escapaban a su comprensión.
El viento se levantó de nuevo, esta vez con un tono cortante y agudo, un recordatorio punzante de que la presencia del Errante estuvo ahí.
Sus huellas estaban aquí, mezcladas con las marcas de Noctyros, como una señal de que aquella batalla no había terminado, sino que aún resonaba en el corazón de la montaña.
Kael se agachó para inspeccionar un fragmento de muro donde tallados complejos narraban historias ancestrales.
Imágenes de figuras encapuchadas que alzaban sus brazos hacia un cielo oscuro, símbolos de sombra y viento entrelazados, y un círculo que parecía brillar con una luz tenue, a pesar de los siglos.
—Esto habla de alguien —murmuró—. Algo que no comprendemos del todo.
Lira recorrió con la mirada los muros restantes, tratando de conectar esos símbolos con lo que recordaba fragmentariamente. De pronto, una sensación fría la recorrió, como un escalofrío que partía de sus entrañas. —No estamos solos —dijo en voz baja—. Algo más está aquí.
Samvarg levantó la cabeza, mostrando los dientes en una mueca contenida, mientras sus ojos brillaban con un fulgor azul helado. De entre las sombras, un destello fugaz llamó su atención: una figura cuadrúpeda, apenas visible, que se desplazaba con sigilo entre los escombros.
—¡Alerta! —exclamó Thoren, preparándose para la defensa.
Pero la figura desapareció tan rápido como apareció, dejando tras de sí un leve suspiro que parecía más un lamento que una amenaza.
Kael intercambió una mirada con Lira. —No parece ser un enemigo… quizás un guardián.
Un sonido sordo resonó a lo lejos, un eco profundo que hizo vibrar las piedras. Era el latido persistente de un recordatorio de que el peligro no estaba solo en las sombras, sino también en el pasado y en lo que todavía no comprendían.
Avanzaron con cautela, hasta llegar a una cámara subterránea semi enterrada.
Las paredes internas estaban cubiertas de símbolos más recientes, algunos grabados con fuerza, otros con urgencia.
Entre ellos, una figura humana que luchaba contra otra sombra humanoide, y cerca, un símbolo que parecía representar a Noctyros, el Titán de la sombra.
—La pelea fue aquí, o al menos comenzó aquí. —dijo Kael
Un aire frío emergió de la cámara, envolviendo a Lira, que cerró los ojos por un instante, sintiendo la energía residual. —Hay más… algo que no quieren que encontremos.
Antes de que pudieran reaccionar, un temblor sacudió la tierra. Piedras y polvo cayeron desde arriba, y un rugido lejano resonó por las montañas.
Samvarg, Valgor y Lume se pusieron en guardia, alertas y listos para proteger a sus portadores.
El temblor se sintió como un rugido lejano que reverberaba en cada piedra y en los huesos. El polvo comenzó a caer en cascada, cerrando parcialmente la entrada de la cámara. Kael, sin perder la calma, se colocó al frente, protegiendo a Lira y Thoren con un gesto firme.
Samvarg y Valgor respondieron con un instinto sincronizado, plantándose como muros vivientes, sus cuerpos titánicos bloqueando el paso del derrumbe.
Las grietas en el techo se abrieron con un crujido, y un aire gélido bajó con fuerza, apagando momentáneamente la tenue luz de las bioluminiscencias que iluminaban las paredes.
De entre las ruinas emergió un perro colosal, de cuerpo alargado y musculoso, cubierto por un pelaje tan oscuro que parecía absorber la luz. Medía unos diez metros de largo, pero no había en él torpeza: cada paso era silencioso, firme, casi ritual.
Sus ojos brillaban como brasas vivas, incandescentes y serenos, observando con una mezcla de juicio y eternidad. El aire a su alrededor se tornó denso, como si el tiempo mismo respetara su presencia.
No era un titán, ni una bestia salvaje.
Era un Xoloitzcuintle ancestral, un guardián espiritual nacido del mito, custodio de los caminos entre la vida y la muerte.
No mostraba hostilidad, pero su mera figura imponía respeto: un centinela que no permitiría el paso de intrusos sin antes medir el peso de sus almas.
Este guardián se alzaba sobre una aldea destruida, custodiando lo que quedaba, como si aquel lugar fuera una puerta sagrada que nadie debía profanar sin enfrentar las consecuencias.
Lira dio un paso adelante, con cautela, y sintió una oleada de energía que conectaba a la criatura con el terreno, con las piedras y las sombras. —¿Quién eres? —preguntó con voz baja pero firme.
El ser emitió un gruñido profundo que reverberó en el aire, y entonces, con un movimiento lento, levantó una garra etérea señalando hacia el fondo de la cámara, donde un relieve antiguo mostraba una batalla entre dos sombras oscuras sin rostro.
Kael comprendió de inmediato. —Es el recuerdo… el eco de la tribu. El guardián de Umbralith.
La criatura lo escucho, dio un paso atrás y con un gesto invitó a seguirla, marcando un sendero entre las ruinas que se abría hacia una cámara aún más profunda, oculta a ojos profanos.
Kael intercambió una mirada con Lira y Thoren, sabiendo que lo que descubrirían cambiaría para siempre la percepción de la guerra entre los titanes… y el destino del Errante.