La Voz Ahogada de la Hermandad
Varios días habían pasado desde que cruzaron el claro donde el bosque se abrió para recibirlos. El aire se había vuelto más templado, como si las raíces y hojas que los rodeaban hubieran aceptado su presencia.
Esa mañana, caminaron en fila corta, sin montarse en sus titanes. Lira al centro, con Lume avanzando a su lado, proyectando un brillo suave que iluminaba los troncos cercanos. Samvarg y Valgor los seguían con pasos lentos y firmes, como guardianes que medían cada sombra.
El sendero los llevó junto a otro lago cristalino, tan quieto que reflejaba el cielo como un espejo perfecto.
Sobre la superficie, flotaban flores gigantes de pétalos transparentes, y entre ellas nadaban peces con cuerpos alargados y alas diminutas que saltaban fuera del agua como si volaran de una flor a otra.
Nadie habló. Kael se agachó junto a la orilla y dejó que el agua pasara entre sus dedos.
Sus ojos siguieron a uno de esos peces hasta que se perdió bajo un nenúfar.
Thoren, sentado sobre una roca, observaba el horizonte con la mirada baja, como si la quietud del paisaje le hubiera robado las ganas de moverse.
Lira, en cambio, se quedó de pie, respirando hondo. El viento jugaba con mechones sueltos de su cabello, y un par de aves de plumaje verde y dorado descendieron para posarse en una rama cercana. No cantaban: solo miraban, inclinando la cabeza, como si reconocieran algo en ella.
El silencio no era incómodo. Había una extraña comprensión en la forma en que se movían juntos: cuando Kael se levantaba, los demás también lo hacían; cuando Thoren ajustaba el paso, todos lo igualaban sin necesidad de pedirlo.
El bosque, sin embargo, nunca dejaba que olvidaran su naturaleza.
En un momento, a lo lejos, entre la neblina baja, se movió algo grande: un jabalí negro con colmillos retorcidos que parecían hechos de piedra volcánica.
Sus ojos rojos se clavaron en ellos un instante…
y luego desapareció entre los árboles. Nadie lo persiguió.
Cuando el sol comenzó a caer, encontraron un lugar para acampar bajo un roble hueco cuyas ramas se extendían como brazos protectores.
El fuego apenas se encendió, más para espantar el frío que para iluminar.
No intercambiaron palabras esa noche. El calor del fuego y el sonido constante del viento entre las hojas bastaron para que, por primera vez en días, todos durmieran sin sobresaltos.